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Le Consort | Crítica

Le Consort en el Espacio Turina / Micaela Galván

La ficha

LE CONSORT

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Música antigua en Turina. Le Consort: Théotime Langlois de Swarte y Sophie de Bardonnèche, violines; Hanna Salzenstein, violonchelo; Béatrice Martin, clave.

Programa: Philarmonica

Henry Purcell (1659-1695): Queen’s Dolour Z 670 [versión para 2 violines]

Nicola Matteis (c.1650-1699): Maniera italiana / Suite en sol menor: III. Andante malinconico

Henry Purcell: Sonata en sol menor Z 807 [Ten Sonates in four parts, 1697]

Mrs Philarmonica (fl.1715): Sonata 3 en sol menor [Sonate a due violini…, 1715]

Nicola Matteis Jr. (c.1670-1737): Fantasia

Nicola Matteis : Suite en la menor: I. Sarabanda amorosa / Diverse Bizarrie sopra la vecchia Sarabanda o pur Ciaccona

Henry Purcell: Trumpet Tune ZT 698

Nicola Matteis: Borre

Henry Purcell: Ground ZD 221 / Two in one upon a Ground de Dioclesian Z 627 [1691]

Mrs Philarmonica: Sonata 5 en do menor [Divertimenti…, 1715]

Nicola Matteis: Suite

Mrs Philarmonica: Sonata 6 en sol mayor [Divertimenti…, 1715]

Antonio Vivaldi (1678-1741): Sonata para dos violines y continuo en re menor Op.1 nº12 RV 63 La Follia [1705]

Lugar: Espacio Turina. Fecha: Martes 17 de febrero. Aforo: Un tercio de entrada.

Volvió Le Consort al Espacio Turina, esta vez en formato camerístico, de cuarteto, con un programa titulado Philarmonica, pues presentaba hasta tres sonatas de Mrs. Philarmonica, una enigmática dama inglesa que publicó en 1715 dos colecciones de sonatas en trío (doce obras en total) en un indiscutible estilo corelliano. En concreto dos de las obras interpretadas seguían la forma característica de la sonata da chiesa del maestro boloñés: cuatro tiempos en alternancia de lentos y rápidos, con los rápidos de carácter imitativo y los lentos líricos y expresivos, con algunos giros melancólicos que parecían salidos de la tradición británica. Pero con Corelli a la postre en el punto de mira, no en vano se trataba del compositor más admirado de la Europa del tiempo, muy especialmente en las islas.

El recital había empezado de manera soberbia, con el Queen's Dolour, pieza original para tecla supuestamente de Purcell, en una versión para dos violines, que marcó desde el principio el sonido naturalísimo y la elegancia de unas interpretaciones frescas y espontáneas, con el violín de Sophie de Bardonnèche convertido casi en una sombra del de Théotime Langlois de Swarte, en un unísono de empaste espectacular, enriquecido por pequeños retardos que iniciaron los juegos de imitaciones, característicos de todo un recital concebido en su mayor parte en torno a la sonata en trío. El Andante malinconico de Nicola Matteis –un napolitano asentado en Londres, adonde llevó los ecos del stylus phantasticus– y una Sonata en Adagio de Purcell extendieron el tono entre doliente y nostálgico de ese arranque, con el bajo continuo aún en muy segundo plano. Fue empezar el Largo de la primera de las tres sonatas de Mrs. Philarmonica y presentarse en sociedad el violonchelo de Hanna Salzenstein, con una calidez vibrante, que llenó toda la sala.

Con un virtuosismo de asombrosa naturalidad, los dos violinistas (sonido un punto más poderoso y dramático, él; algo más liviano, ella) recorrieron las extravagancias del estilo de Nicola Matteis (impresionante chacona) o una Fantasia de su hijo, que Langlois de Swarte tocó en solitario desde uno de los palcos laterales del escenario, mostrando una facilidad increíble para el bariolage, las dobles cuerdas y los efectos de eco. Muy sutil fue igualmente su tratamiento dinámico, con extrema delicadeza en los pasajes en p y pp. No faltaron otro tipo de efectos, pizzicati sugerentes o gestos de arco para imitar las trompetas ausentes en la Trumpet tune de Purcell. Llamativo fue el célebre Ground de Purcell que Beatrice Martin tocó en solitario al comienzo de la segunda parte con una libertad rítmica extrema, pero muy sugerente.

Los cuatro miembros de Le Consort parecen disfrutar en escena, y lo hacen con tanta sencillez y franqueza que terminan contagiando su gozo al público, finalmente embriagado por los destellos exuberantes de La Follia de Vivaldi –con la sombra de Corelli también cercana–, pura luz de Venecia en Londres.

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