Una orquesta deslumbrante y un Chopin de otro mundo
Orquesta Sinfónica de Londres | Crítica
La ficha
ORQUESTA SINFÓNICA DE LONDRES
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Gran Selección. Solista: Seong-Jin Cho, piano. Orquesta Sinfónica de Londres. Director: Gianandrea Noseda.
Programa:
Ígor Stravinski (1882-1971): Divertimento de El beso del hada [1934]
Frédéric Chopin (1810-1849): Concierto para piano y orquesta n°2 en fa menor Op.21 [1830]
Aleksandr Borodín (1833-1887): Sinfonía n°2 en si menor Op.5 [1877]
Lugar: Teatro de la Maestranza. Fecha: Sábado, 21 de febrero. Aforo: Tres cuartos de entrada.
La pérdida durante tantos años de un ciclo de orquestas ha sido uno de los grandes hándicaps de la vida musical sevillana. Impedía ver dónde estábamos. Hay por ello que agradecer a Javier Menéndez y su equipo que en las últimas temporadas haya corregido esa anomalía estructural y devuelto al Teatro de la Maestranza un termómetro fiable, un necesario punto de referencia externo con el que contrastar, sin autoengaños, el nivel que ofrece de manera sostenida la programación de abono de la ROSS, que es de la que se alimenta cotidianamente el melómano hispalense. Porque cuando comparece una formación del nivel de esta Orquesta Sinfónica de Londres, el contraste deja al descubierto diferencias no meramente coyunturales, sino de estructura, que tienen que ver por supuesto con los recursos, pero también con la ambición artística y seguramente con la profundidad del trabajo interno, lo que obliga a replantearse inercias asumidas como inevitables. Es cierto que el conjunto londinense está de gira y ha debido trabajar con intensidad este programa, pero la gira de la LSO es muy singular: dos programas completamente diferentes, con dos grandes solistas internacionales distintos (el otro incluye los dos primeros Nocturnos de Debussy, el Concierto para violín de Berg con Patricia Kopatchinskaja de solista y la 1ª sinfonía de Rajmáninov). Se daba la circunstancia de que Sevilla era la primera plaza de la gira con este segundo programa (Stravinski, Chopin con Seong-Jin Cho y Borodín): como primicia no estuvo mal. Y no se trata de establecer comparaciones imposibles (por medios, por tradición) ni de incurrir en derrotismos sin sentido, sino de aceptar que solo midiéndonos frente a estos altos estándares puede evaluarse con honestidad dónde estamos y, sobre todo, hasta dónde deberíamos aspirar.
La vida concertística en Londres puede ser un poco caótica, con un alto número de músicos freelance cambiando continuamente de conjuntos pero en la London Symphony se adivinó un nivel de compromiso y disciplina formidable. Si no, me parece imposible conseguir ese resultado sonoro: una orquesta compacta, sin fisuras, con una sincronización milimétrica y una sensación de conjunción hasta en los detalles más nimios que se percibía ya desde el arranque del Divertimento de El beso del hada de Stravinski. La cuerda, de una tersura sencillamente gloriosa, mostró un empaste interno impecable y una capacidad de fundirse con las maderas –excepcionales en color y flexibilidad– hasta hacer parecer que todo debía estar movido por un único cerebro, unas manos. Esa es la misión sin duda del director, un expresivo pero sin aspavientos Gianandrea Noseda, que mostró desde el podio una autoridad natural, asentada más en la claridad del gesto que en cualquier tentación teatral. En esa ecuación resultaron también decisivos los metales: poderosos cuando la escritura lo exige, pero siempre integrados en el tejido general, sin aristas ni estridencias. La claridad de la articulación en Stravinski, puro neoclasicismo, sin una sola veleidad de énfasis sentimental, permitió la emergencia de unos primeros atriles soberbios, y cuando el trío de violonchelo, arpa y clarinete abrió el Pas de deux, la sensación de embriaguez se apoderó del teatro.
Luego tocó el turno a Seong-Jin Cho(Seúl, 1994), un artista de culto en su país. Ganador del codiciado Premio Chopin de Varsovia a los 21 años, y con un contrato en exclusiva con la discográfica Deustche Grammophon desde los 19, su cercanía al universo del compositor polaco lo demostró con una actuación portentosa. Ya la introducción orquestal de Noseda (¡una cuerda de exquisita finura!) preparaba para una interpretación como esa: belleza apolínea, sonido perlado, pero ni la más mínima afectación. Virtuosismo sin tacha, con una articulación impecable, que permitía apreciar cada nota, su duración, su apagamiento, un juego de dinámicas sin excesos, con pianissimi estremecedores y firmes. Fue un Chopin claro, elegante, de línea belcantista, con un Larghetto en el que ese canto se hizo flexible, la respiración pareció ensancharse, pero el lirismo nunca derivó en sensiblería. El piano parecía decirlo todo en voz baja, con una intensidad interior que no necesitaba exhibirse. Y en el Finale, control absoluto: limpieza en la digitación, acentos medidos con inteligencia, un sutil relieve de la mano izquierda que aportó densidad al tejido sin romper el equilibrio. Por las atronadoras ovaciones, todo el mundo pareció quedar encantado con el trabajo del coreano y de la orquesta londinense. Yo también, pero reconozco que no estaba preparado para lo que nos vino en la propina. El Vals en do sostenido menor que tocó Seong-Jin Cho no es de este mundo, no puede serlo. Era la misma claridad, el mismo control en la digitación, la misma belleza puramente física, con una flexibilidad rítmica acaso más acentuada, pero ahora con una penetración expresiva arrasadora, por completo emocionante. Inolvidable.
Casi que costó sumergirse en el universo de Borodín, que Noseda abrió con un primer acorde que definió a la orquesta: potencia controlada, relieve, profundidad, color. El metal, muy exigido aquí, mostró su redondez (¡qué sonoridad de las trompas, qué trombones!) y en el Andante la calidez del sonido se hizo acariciante en las dinámicas más leves. La Sinfónica de Londres mostró su capacidad para el sonido más lujuriante y refulgente posible (el Finale), pero además tener la plasticidad precisa para apaciguarse en ese juego de maderas del trío del frenético Scherzo o mostrar un empaste casi milagroso en ese lírico movimiento lento, en el que el primer trompa se extasía. Un símbolo.
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