Víctimas del imperialismo
Contra las telarañas de la costumbre
Opinión
NO debemos juzgar a los escritores por motivos ajenos a su literatura, pero hay ocasiones en las que episodios asociados a su itinerario personal -porque la vida cuenta, digan lo que digan los enemigos de Sainte-Beuve- trascienden el dato o la anécdota para hacerse indisociables tanto de la persona como de la obra. Hijo de judíos ucranianos asentados en la Argentina, el porteño Juan Gelman, un grande de la poesía en lengua española, padeció como otros muchos compatriotas la vesania de los milicos, pero su ejemplo moral derivaba no tanto de su condición de víctima, pues hubo miles de hombres y de mujeres que perdieron a sus familiares o amigos en aquellos años aciagos, como de la dignidad y la nobleza con las que sobrellevó -se le notaba en los ojos doloridos, pero nunca airados- todo ese sufrimiento. Algunos escritores de los llamados comprometidos se hacen fastidiosos e incluso antipáticos, sea por su oportunismo -hay causas más populares que otras- o por su falta de ecuanimidad a la hora de denunciar la injusticia. No era el caso de Gelman, que se movió toda su vida en la órbita de la izquierda pero no para servirse de ella, porque su partido, más que el comunista en el que había militado, era sin duda el de la humanidad y por supuesto el de la poesía.
No merece ese nombre la insurgencia que no se proyecta en todas las direcciones ni pierde de vista que es la compasión, no la sed de venganza, lo que mueve o debe mover a los insumisos. Los lectores de este lado del océano, donde los libros del argentino son bien conocidos, disponemos de un volumen reciente donde Gelman reunió su poesía completa, más de medio siglo de trayectoria que fructificó en casi una treintena de títulos que lo definen como a un creador genuino y familiarizado con las tradiciones de la lengua, dado a servirse de ellas para construir un discurso nada consabido en el que destacan la libertad y la musicalidad de los versos -a menudo desprovistos de puntuación- y el gusto por una forma de experimentación que jamás pierde el contacto con la realidad, enfrentada a su memoria personal y al tiempo o los tiempos -ese exilio donde "los muertos y los odios se amontonan"- que le tocó vivir, siempre con la ética por bandera pero sin ignorar lo que la poesía tiene de arte. Porque como decía Cortázar en una famosa nota, Contra las telarañas de la costumbre, incluida en la edición mencionada, a Gelman hay que leerlo "abierto", dado que su obra -y en ello se cifra su gran logro- no sigue las rutinas habituales de la "poesía de combate" ni tampoco los "cánones del pensamiento estereotipado". Más recientemente, Gimferrer lo ha expresado de otro modo, al destacar que la propuesta moral del autor -no distinta en lo esencial a la de otros poetas bastante más limitados- es inseparable de su comercio con el lenguaje. No es verdad, en fin, que toda poesía sea "hostil al capitalismo", como escribió Gelman alguna vez, pero sí que la suya lo fue de una manera exigente y profundamente conmovedora.
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