Análisis

FRANCISCO JOSÉ CONTRERAS

Catedrático de Derecho y diputado de Vox

Trump's last stand

En febrero, la situación preveía la reelección, pero llegó el virus y la revuelta "antirracista"

Como uno ya tiene una edad, sabe que la llegada a la Casa Blanca de republicanos de acusada personalidad se acompaña siempre de unánime clamor mediático-apocalíptico: en 1980, Reagan nos iba a arrastrar a la guerra con la URSS (en realidad, la derrotó sin disparar un tiro); en 2016, Trump iba a arrebatar derechos a negros y mujeres, expulsar a los hispanos y destruir los lazos comerciales y militares de EEUU con el resto del mundo.

Pero el supuesto aislacionismo en política exterior ha consistido de hecho en una diplomacia bilateral que ha alcanzado éxitos espectaculares como los acuerdos de paz de Israel con varios países islámicos, la contención de Irán y la detención de la guerra Armenia-Azerbaiyán. Su audaz bajada de impuestos relanzó la economía, y su renegociación de acuerdos comerciales como el NAFTA detuvo la sangría de deslocalizaciones que llevaban las fábricas a países con sueldos miserables y nulas regulaciones medioambientales o laborales, en perjuicio de los trabajadores americanos. Su determinación ha permitido el nombramiento de tres jueces "originalistas" (es decir, consideran que la Constitución dice lo que dice, y no lo que los activistas judiciales "progresistas" la obliguen a decir mediante un "uso alternativo del Derecho") en el Tribunal Supremo, abriendo la esperanza de una revisión de la sentencia de 1973 que obligó a los estados a legalizar el aborto. La situación socioeconómica de febrero de 2020 le auguraba la reelección: el desempleo había descendido un 25% bajo su mandato (de 4,7% de la población activa en enero 2017 a 3,5% tres años después: cinco veces menos paro que en España). La creación de empleo había beneficiado especialmente a negros (de 7,7% a 5,1%), hispanos (de 5,8% a 4,1%) y mujeres (4,8% a 3,6%). Pero entonces llegó el Covid.

La gestión de la crisis sanitaria por parte de Trump -que ha cultivado un voluntarismo optimista rayano en el negacionismo- no ha sido la mejor. También le perjudica su petulancia y chusquero estilo personal. Ambos factores explican su mala situación en las encuestas, aunque no es peor que la de hace cuatro años. El otro trauma preelectoral ha sido la revuelta "antirracista" orquestada por la extrema izquierda tras la muerte de George Floyd (en su libro The War On Cops, Heather MacDonald demostró que la probabilidad de ser abatido por la Policía es superior en los blancos que en los negros, en proporción a los respectivos porcentajes de delincuentes), con barrios enteros devastados y 19 muertos, policías negros entre ellos. La apenas disimulada simpatía por Black Lives Matter de Biden y, sobre todo, una Kamala Harris que ostenta el historial de votación más izquierdista del Congreso, demuestra que el Partido Demócrata apuesta definitivamente por la identity politics, es decir, el delirio victimista que divide a la sociedad en colectivos cainitas de opresores y oprimidos: los varones anglos heterosexuales gozarían de "privilegios" sobre mujeres, homosexuales y las otras etnias. La izquierda, fracasada la lucha de clases -sobre todo, ahora que los obreros votan a un Trump que promete protegerlos de la inmigración ilegal y la competencia de los productos chinos- la ha reemplazado por la de sexos y razas. El resultado es el odio étnico, el rencor entre hombres y mujeres y la consiguiente dificultad para la formación de familias.

Todos estaremos en vilo mañana. En Europa, donde el Partido Demócrata le marca el rumbo a la progresía, incluido Sánchez. En Hispanoamérica, donde sólo un triunfo de Trump podría frenar la contraofensiva del Grupo de Puebla que, tras haber arruinado Venezuela y Nicaragua, podría hacerlo pronto con Chile, México y la recién recuperada Bolivia. En China, donde ansían la victoria de Biden. En Google, Facebook y demás big tech, que se han quitado la careta de neutralidad y censuran información sobre los manejos corruptos de Hunter Biden. En Hollywood, en las universidades tomadas por el marxismo cultural y en una prensa occidental que repite -con honrosas excepciones- lo que diga The New York Times. En los campos de cereal del Medio Oeste, amenazados en caso de victoria demócrata por una "transición energética" (Green New Deal) que, allí como aquí, encarecerá la electricidad y los combustibles, destruyendo la competitividad de la agricultura y la industria.

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