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Bloguero de arrabal

Pablo Alcázar

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Hiroshima, teología de la destrucción

Los días seis y nueve de este mes, Japón ha vuelto a recordar a sus muertos, en Hiroshima y Nagasaki

A los nazis les sobró protocolo e impedimenta a la hora de exterminar a judíos, polacos, comunistas y disidentes políticos. Lo que dieron en llamar la "solución final" fue minuciosamente planeada en reuniones; se conservan documentos con las aportaciones de los participantes. Y siempre se encontraron con la pequeña dificultad de eliminar a tanta gente en tan poco tiempo. La tecnología del exterminio, aunque muy avanzada, dejaba huellas. Dentaduras de oro, joyas, monturas de gafas, esqueletos, botones de metal.... Stalin, amparado en la utopía comunista, exterminó a millones de rusos, sin esconderse; más bien, publicitándolo para infundir miedo a la población. Lo que teóricamente puede ser un propósito noble -la abolición de las clases sociales y la instauración de la igualdad-, se convirtió en una mera excusa para que Mao y Pol Pot mantuvieran el poder, asentados sobre los cadáveres de millones de compatriotas. A los americanos les sobró tecnología y teología de la aniquilación: todo se hacía en nombre de la sacrosanta democracia, y para acortar la guerra. En agosto de 1945, cientos de miles de civiles japoneses fueron inmolados en dos gigantescas hogueras atómicas. Los 3000 grados generados por la explosión convirtieron en pavesas hasta el último empaste. Ni fosas ni trajes de rayas ni barracones ni organización ni ordenanzas. Las bombas atómicas calcinaron todo, hasta la mala conciencia de los ejecutores materiales que habían sido preparados por expertos psicólogos tan minuciosamente para no sentir remordimientos, que el piloto que lanzó la bomba sobre Hiroshima sostuvo hasta el final de sus días que volvería a repetir la "hazaña" si fuera necesario. La doctrina cristiana blindó la conciencia de los verdugos de la Inquisición, y de militares tan piadosos como el mismo Franco, de cualquier conflicto ético por las muertes que provocaron; y la psicología de la exculpación, el cine bélico de los Estados Unidos y la armadura democrática inmunizaron al piloto de cualquier sentimiento de culpa. Como todos nosotros, tenía madre, no era un hijo del infierno, sino un hijo cariñoso que tuvo el detalle de bautizar el aparato que transportó la bomba -el Enola Gay- con el nombre de soltera de su madre. Ni los exterminadores más eficaces están libres de sentimientos tiernos cuando activan la brutal aritmética del exterminio.

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