Acción de gracias

El Oso Amoroso

Nuestro hombre no puede dejar de pensar en todos los abrazos que no ha dado, en los que dará cuando se pueda

Trasládense al recreo de un colegio a principios de los 80. No hace tanto de aquello, dirán, pero piensen que estábamos en otro siglo y manejábamos, quiero pensar, códigos muy diferentes a los de ahora. Un chaval temía como el estigma de la letra escarlata que lo catalogaran como nenaza o blandito. Los matones molaban. Los críos sensibles, reconozcámoslo, no tenían muy buena prensa. Un mensaje calaba en el ambiente: los varones no debían optar por la caricia, su lenguaje tenía que ser más fiero. Nuestro protagonista no sabe en qué momento el tacto empezó a estar vetado, pero recuerda albergar cierto miedo o prevención ante la perspectiva de tocar a los otros, como si en aquella práctica uno pudiera quemarse, como si fuera a convertirse en estatua de sal por la osadía, como si la masculinidad consistiera en un extraño ejercicio de contención.

Demos ahora un salto en el tiempo y vayamos a los últimos años de la mili -ya les advertí que estábamos en otro siglo-. Nuestro personaje, aquel niño reprimido, es ahora un jovencito igualmente reprimido. Hará la prestación social en un centro de personas con deficiencia mental, y se asombrará al encontrar en ellas una inteligencia para expresar afectos que él desconocía. Esos hombres y mujeres le hacen ver que él merecería más, sin duda, esa odiosa etiqueta de discapacitado que le han colocado a los otros. Joder, dice nuestro protagonista -con perdón-, ¡qué liberador puede ser un abrazo! ¡Qué maravilla poder manifestar sus emociones sin guardárselas!

Me habría gustado contarles que nuestro hombre volcó ese aprendizaje y su transformación personal en libros de autoayuda, y que empezó a divulgar mensajes esperanzados en tazas y en cuadernos, y que levantó un imperio con todo ello. No fue así, pero nuestro protagonista sí atesoró otro patrimonio estupendo gracias al tacto. No olvida, por ejemplo, aquella tarde que agarró la mano de un ser querido y pudo despedirse de él. También da las gracias cada vez que duerme junto a su pareja, y siente su calor.

Volvamos ahora a 2020, aunque el año no haya hecho muchos méritos para que deseemos el regreso. Nuestro protagonista está descolocado. Una pandemia mundial ha impuesto una cosa llamada distancia de seguridad, que él cumple escrupulosamente. Sabe que de esto va a salir trastornado: se sobresalta cuando, en una película, los personajes se tocan y se acercan sin precaución ninguna. En una circunstancia como ésta, nuestro hombre entiende que ahora sí, y no como en la infancia, debe guardarse para sí las muestras de afecto. Pero ese creador de tazas cursilonas que hay dentro de él no puede dejar de pensar en todos los abrazos que no ha dado, en los que dará cuando se pueda. Va a ser un maldito Oso Amoroso.

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