La aldaba
Carlos Navarro Antolín
Qué buena vasalla si tuviese buen señor
Abombo de ministros y platillo de personalidades homologadas RTVE presentó la serie La conquista de la democracia. Dice el comunicado: “La premisa sobre la que se construye esta producción es categórica: Franco murió en la cama, pero la dictadura murió en la calle. Es aquello que se desprende en cada uno de sus episodios. Todos ellos están cimentados sobre historias de gente corriente, gente que ha sufrido, callado y cuyos recuerdos se sumergen en heridas y sangre: Los movimientos lucharon de una manera unida y fueron los que trajeron la democracia. A nosotros, la democracia no nos la ha dado nadie, ni dioses ni reyes ni tribunos”.
Es justo poner en valor lo que la resistencia interna hizo por erosionar la dictadura y su contribución a la Transición. Es injusto y falso afirmar que fueron solo estos movimientos los que trajeron la democracia, y no dioses, reyes, ni tribunos. Se le ven las orejas al lobo que quiere reescribir la verdadera y compleja historia de la Transición para imponer su relato. Fue obra de todos, desde el rey a quienes habían pagado con su vida o la cárcel la oposición interna a la dictadura pasando por las clases medias que querían “libertad sin ira”, los políticos franquistas reciclados con mayor o menor entusiasmo en demócratas, el PSOE homologado con la socialdemocracia europea tras los congresos de 1974, 1976 y 1979 o el PCE girado al eurocomunismo entre 1968 y 1975.
No fue obra de dioses, desde luego, aunque la Iglesia –recuérdese a Tarancón y su provicario general José María Martín Patino– tuvo su papel, pero sí de tribunos –los políticos citados– y de un rey puente entre la dictadura y la democracia. Ellos supieron gestionar el deseo mayoritario de transición pacífica en una gigantesca obra colectiva. El franquismo no solo murió en la calle, como si lo hubiera derrocado una revuelta ciudadana. Murió también en las cortes que se auto disolvieron, en las sedes de los partidos legalizados, en las reuniones públicas o clandestinas entre políticos de tendencias opuestas, en el despacho de un presidente ex falangista que legalizó un PCE ex estalinista que aceptó la Constitución y la monarquía parlamentaria o de un rey designado por Franco que se sometió a los referéndums de la Ley para la Reforma Política de 1976 y el constitucional de 1978, con un 77,72 y un 67,11 % de participación y un 97,36 y un 91,81 % de votos a favor. Esto es historia, no relato.
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