¡Oh, Fabio!
Luis Sánchez-Moliní
Los turistas y el ágora
EN mis elucubraciones de los últimos días, tanto en las patéticas como en las peripatéticas, no dejo de darle vueltas al titular de la entrevista que le hice el pasado domingo a Juan Cartaya y Manuel Jesús Roldán: “El acceso al Patio de los Naranjos debería volver a ser libre y gratuito”. Uno recuerda aquella vez que, después de dar buena cuenta de unas quijadas de corvina en el tristemente difunto Becerra, Manuel Rosal y servidor acompañamos a Caballero Bonald a coger un taxi rumbo a Sanlúcar de Barrameda. El escritor, al pasar por la Puerta del Perdón, se detuvo nostálgico recordando sus años de estudiante en Sevilla y, al ver que el acceso era de pago, exclamó con esa suave y seseante teatralidad que le caracterizaba: “¡Esto era un ágora!”
Es inevitable que los sevillanos que pasamos de la cincuentena echemos de menos el acceso público, sin tornos ni billetes, al que fue el patio de abluciones de la mezquita aljama almohade. Nos recuerda una Sevilla más pobre y provinciana, pero también más abierta y asequible a sus propios ciudadanos. La reivindicación de los dos historiadores está, pues, más que justificada. Pero si pensamos un poco detenidamente pronto comprendemos que, aunque el Cabildo Catedralicio decidiese hacernos caso (cosa que dudo), comprobaríamos cómo el espacio se llenaría inmediatamente de turistas que harían imposible que los niños jugasen a la pelota, los ancianos tomasen el sol y los novios pelasen la pava (si es que eso se lleva hoy). Es una nueva ley de la termodinámica: espacio urbano con valor patrimonial vacío tiende a abarrotarse de turistas automáticamente. Si hoy se escribiesen los Evangelios, Jesús no se vería obligado a echar a los mercaderes del templo (esos han montado todos tiendas de bocadillos de jamón y pizzas en los alrededores), sino a los turistas. Sinceramente, ya que estamos condenados a sufrir los excesos del turismo, mejor es que el Cabildo haga caja para mantener la Montaña Hueca y todo el riquísimo patrimonio mueble que alberga. Solo hay que leerse la estupenda guía de Cartaya y Roldán sobre la Catedral, publicada por Almuzara, para comprobar de lo que hablamos
Recientemente, estuve en Barcelona como un agente más de la turistificación que sufre la ciudad. Y puedo prometer que los catalanes no tienen piedad con la cartera del viajero. Solo para entrar en el Parque Güel casi hay que pedir una hipoteca. Así que, me temo, habrá que esperar mejores tiempos para recuperar el ágora griega que Bonald vio en el patio moruno de la Catedral.
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