La Quinta en la sangre
Mis personajes · Luis Manuel Halcón de la Lastra
Teniente de la Real Maestranza en los grandes años del 92 y presidente de la Sacramental del Sagrario. Hijo de hermano mayor de la Quinta Angustia, hermano del Museo por su madre y macareno por devoción personal.
UNA cofradía, la Quinta Angustia. Una familia de seis hermanos. Y una casa, la del número 23 de la calle Zaragoza. Luis Manuel Halcón de la Lastra (Sevilla, 1939), conde de Peñaflor, ha manuscrito los recuerdos de su infancia cofradiera para que no falte un detalle en la entrevista. Rigor, se llama. Es el tercero de seis hermanos, hijo de Luis Halcón Lasso de la Vega, teniente de alcalde, dos veces hermano mayor de la Quinta Angustia y vicepresidente del Consejo de Cofradías en la etapa que la institución estaba presidida por un sacerdote. Halcón Lasso de la Vega falleció a los 66 años siendo hermano mayor de la Caridad y presidente de la Asamblea de la Cruz Roja. Su madre, Dolores de la Lastra, fue camarera del Niño Jesús de la Quinta Angustia (cuyos trajes se guardaban en casa), una sevillana que vivió su infancia en la Plaza del Museo, donde eran frecuentes grandes cofrades del momento como José Gentil y Francisco Santos. Dolores de la Lastra fue presidenta de la asociación de mujeres cofrades de Sevilla y era gran aficionada a la mantilla, que puso a muchísimas sevillanas y visitantes ilustres de la ciudad. Su abuelo, Manuel de la Lastra, marqués de Benamejí, hizo el precioso retablo de la Virgen del Amargura que da hacia la calle Regina.
Fue un niño con formación académica en los jesuitas y posterior licenciatura en Ingeniería Química. Y un nazareno prematuro. Con sólo siete años, el Viernes Santo de 1946, con ocasión del Santo Entierro Grande, vistió por primera vez la túnica de la hermandad familiar portando un canastillo junto a la insignia del lábaro de San Juan: "Salí con una túnica que no era del morado exacto de la hermandad, lo que causaba verdadera preocupación en la familia". Cuando el cortejo se dirigía hacia la Campana por la calle General Moscardó, un aguacero sorprendió a la hermandad. La comitiva dio marcha atrás: "Un hermano de mi madre trató de protegerme con su capa".
También fue un niño que conoció las visitas matutinas a los siete sagrarios en la mañana del Jueves Santo (la Magdalena, San Buenaventura, la Catedral, Santa Rosalía...), como era preceptivo antes de la reforma del Concilio Vaticano II. Su madre iba de mantilla y sus hermanas con velo. Los oficios, en San Lorenzo, donde entonces estaba el Gran Poder. Las primeras cofradías las vio en la planta alta del Ayuntamiento, cuando su tío Miguel Ybarra Lasso de la Vega era alcalde de Sevilla y su padre el teniente de alcalde. Años después, en las sillas de la calle Sierpes junto a sus hermanos al cargo de las tatas. "En aquella época los padres estaban más despegados de los hijos". Ya de adolescente, las primeras escapadas para ver pasos fueron con su amigo Javier Sánchez-Dalp, que tenía casa en la calle Sierpes, en el que fue comercio de Idígoras: "Entonces se podían ver completas todas las cofradías, porque todas tenían pocos nazarenos en comparación con la actualidad". De hecho, la Quinta Angustia de su niñez difícilmente llegaba a los cien nazarenos. Era una hermandad mantenida por familias muy concretas: los García de Pesquera, Conradi, Lasso de la Vega, Halcón, Marañón, Soto, Rodríguez-Caso, Ternero, Galnares, Ramos Paul, Losada... "Recuerdo de nazareno a Daniel Bilbao, hermano del escultor Gonzalo Bilbao. Éramos muy pocos. No es que fuera un círculo elitista ni muchos menos. Es que no había más gente". Y, cómo no, el refrigerio que los nazarenos de la Quinta Angustia tomaban tras entrar la cofradía en el vestíbulo de la entonces Delegación de Hacienda, en el edificio que estaba en el espacio que hoy ocupa la calle Cristo del Calvario. "Había que tomar algo porque a las doce de la noche comenzaba el ayuno".
El primer recuerdo de la Madrugada, la noche mágica cuya primera toma de contacto no se suele olvidar, ocurrió con ocasión del tránsito del Calvario por la casa familiar de la calle Zaragoza: "No se me olvida nunca aquel rachear de los costaleros. Pensé que estaban entrando ladrones en casa". Los Viernes Santos eran cita obligada en la casa de su bisabuela, la viuda de Carlos de la Lastra Romero de Tejada, marqués de Torrenueva: "En su casa de la calle San Pablo veíamos tres cofradías: la O, el Cachorro y Montserrat. En los balcones no se tomaba absolutamente nada. Se veían las cofradías y punto".
Casado con María Luisa Guardiola, es padre de siete hijos: seis mujeres y un varón. De la casa de la calle Zaragoza salen entre diez y quince nazarenos para la Magdalena la tarde del Jueves Santo, que después comentan la estación en los suntuosos salones altos.
¿Una ilusión no cumplida? "Salir en la Macarena. Hace poco he cumplido los 25 años de hermano, me hice por devoción a la Virgen. Pero cualquiera le decía a mi padre que dejaba de salir en la Quinta Angustia para irme a la Macarena..." Su padre, por cierto, quiso tanto a la cofradía que un año sufrió cuando se marchitaron los lirios del paso antes de tiempo: "Eran silvestres, no de vivero. Se metieron en agua en los baños de casa, pero no aguantaron".
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