La Bocamanga
Jesús Rodríguez de Moya
El espóiler imposible
Desde que las plataformas de entretenimiento de televisión existen con su oferta de películas y series hay una palabra que se ha instalado en nuestro vocabulario habitual que es espóiler, un anglicismo que deriva del verbo “to spoil” y que significa más o menos “destripar” en el sentido de su uso en este contexto porque es referido a la labor de descubrir el desarrollo o final de una serie o película despojándola del interés o emoción del que ansía verla.
Se estará preguntando la relación de ese término con la Semana Santa para que lo haya traído a colación en este primer artículo de la Cuaresma. Pues lo traigo porque pensando en estos días de lluvia que nos han recogido en casa algo más de lo habitual llegué a la conclusión de que el espóiler de cada Semana Santa es imposible. Nadie puede desvelarnos el desarrollo ni de la Cuaresma ni de la Semana Sana misma. Nuestra celebración está tan viva, tan influida por el sentir que la inspira y tan condicionada por la meteorología que no hay manera de adivinar qué va a pasar este año. Por supuesto que nada de lo que pase es improbable que no haya pasado antes, pero es que las posibles combinaciones son tantísimas y son tan diferentes nuestros estados de ánimo para contemplarla que no puede haber dos ediciones iguales.
Sin tener que recurrir a los imponderables, que siempre los hay, ya solamente los ajustes, cambios y pruebas en el orden de las cofradías de cada día suponen una seria barrera a lo repetitivo o previsible. Los horarios y recorridos, esos que en cada Cabildo de Toma de Horas generan la misma expectación que las acostumbradas respuestas de más de una hermandad, ya son suficientemente poderosos y diversos como para condicionar cualquier posible desenlace, incluso cumpliéndolos. El número de nazarenos con su tendencia al alza y su crecimiento dispar según cada cofradía harán de las variables temporales y de itinerancia un arte de conjunción en caso de cumplimiento y dispararán factores tan condicionantes como la tasa de sillitas por metro cuadrado o la cantidad de personas presentes en la entrada de una cofradía. Porque claro, a mayor tiempo de paso habrá más sillitas y con más sillitas los cruces se colapsarán más y con más colapso habrá mayor riesgo de altercados públicos entre los que lleven allí una hora para ver pasar una cofradía y el que tenga que cruzar para poder llegar a ver otra diferente. Y qué decir de lo rápidas que son las entradas cuando el retraso acumulado de un día vacía de público las calles a altas horas de la madrugada y las puertas de las capillas, iglesias o parroquias parecen agrandarse para que los pasos se recojan.
Y la música, que no se me puede olvidar, claro. Desde los cambios de bandas a los de repertorios, de la cantidad de saetas o sus emplazamientos al paso de tambor por determinados lugares para cabreo del personal que no entiende que lo que acompaña al paso no es un reproductor sino un grupo de personas que necesitan algún alivio a fuerza de tocar hasta una marcha por cada chicotá en recorridos de varias horas. A eso le añadimos la decisión de eliminar totalmente la música en algún tramo del recorrido para que las personas con TEA puedan disfrutar también la Semana Santa, que también es de ellos nuestra Semana Santa y aunque a algunos de ellos que bien conozco les gusten tanto las marchas que se pasen el año entero escuchándolas con sus auriculares.
¿Y las flores de los pasos? Pues claro, igual que las vestimentas de los cristos y vírgenes. Una conjunción que multiplicada por el número de pasos y hermandades da ya una cantidad millonaria de posibilidades. Cada procesión con sus estrenos, la alternancia de mantos en las poderosas cofradías que tienen para elegir y hasta alguna que tiene palios completos diferentes con los que salir a la calle.
Y que no llueva, porque si llueve es cuando suceden las cosas menos probables y que marcan recuerdos difíciles de borrar. Los cambios de horarios y recorridos, los refugios urgentes en mitad del camino, las suspensiones de las estaciones de penitencia bien antes de salir o donde haya pillado refugiada de la lluvia a la hermandad, los regresos en distintos días y horarios. Porque los excesos de calor, que también afectan al llamado patrimonio humano, no tienen tanto efecto como la lluvia pero sí aceleran los pasos por las soleadas calles de las cofradías hasta llegar a las sombras de las céntricas calles encaladas y cambiar asfaltos por adoquines.
Pero antes está la Cuaresma, con sus azahares tempraneros o tardíos, que no suelen llegar al Domingo de Ramos, pero que tanto predisponen nuestro espíritu, y su relación de cultos de reglas y via-crucis, sus pregones y exaltaciones, sus tertulias con o sin pescaíto frito y sus repartos de papeletas.
No hay dos años iguales, hasta los hemos tenido sin ninguna procesión por culpa del dichoso Covid. Dígame si no hay variedad suficiente para que el espóiler sea posible.
También te puede interesar
La Bocamanga
Jesús Rodríguez de Moya
El espóiler imposible
Con la venia
Manuel García Fernández
Decíamos ayer...
El Cayado
Francis Segura
Un ensayo
Por libre
Ignacio Valduérteles
¿Información o comunicación?
Lo último