Opinión

José Antonio Fernández Cabrero

El Señor de los tristes

No hay mayor fracaso para la humanidad que una generación de niños y adolescentes que no deseen vivir.

El Señor de la Sentencia.
El Señor de la Sentencia. / D. S.

09 de marzo 2025 - 05:32

“Me muero de tristeza” sea quizás la frase más terrible que pueda pronunciar un ser humano. Evidencia la más extrema devastación de aquello que nos mueve, la esperanza, semilla imprescindible para la alegría. ¿Cuántos hombres y mujeres hoy se siguen muriendo de tristeza? Estrés, angustia, ansiedad, depresión, soledad, tristeza… son males de nuestro tiempo. Dejamos que se instalen en el fondo de nosotros mismos mientras vivimos en una sociedad cada vez más acelerada, utilitarista e inhumana. Nos sentimos tan solos y desesperanzados que, aún si quererlo, nos adentramos en la vivencia de la nada, en la caída libre del sinsentido de la existencia. Los males de nuestro tiempo son los nuevos jinetes del apocalipsis, que cabalgan arrasando las vidas no sólo de ejcutivos atareados o de ancianos, sino de personas de todos los estratos de la población y, sobre todo, de niños y adolescentes.

No hay mayor fracaso para la humanidad que una generación de niños y adolescentes que no deseen vivir. Ahí están los aterradores datos de jóvenes que intentan quitarse de en medio, o que desgracidamente lo consiguen. Posiblemente nos estemos olvidando de reflexionar con profundidad sobre nosotros mismos más allá de volcar nuestra vidas en las redes sociales buscando la aprobación de los demás a través de sus likes. No tenemos tiempo de conocernos ni de conocer a los demás, mucho menos de conocer qué queremos verdaderamente y cuál es nuestro proyecto de vida, ese que, a pesar de los tropiezos, nos prermita ser felices. Nos ocupamos de lo material y lo externo descuidando lo espiritual y lo íntimo, precisamente el ámbito donde crecemos como seres humanos y alimentamos nuestra capacidad para abrirnos a los demás, es decir, al amor.

Aquel Jesús, que en ocasiones los cristianos idealizamos tanto que lo empobrecemos, fue un hombre con todos sus avíos; también con desavíos en su bienestar emocional y en su salud mental: “Ahora mi alma está agitada”, “se entristeció y se angustió”, “sudó sangre”… En mi Cristo de la Sentencia veo a la humanidad que se muere de tristeza; me veo a mí mismo en las noches oscuras de mi alma. Pero en Él también reconozco al hijo de la que es Esperanza de los macarenos cuando, maniatado y coronado de las espinas de los dolores del alma, nos dice a cada instante “No estéis agobiados, ansiosos, deprimidos ni tristes, que yo os aliviaré”. Admiro a ese Hombre bueno y angustiado, pero fuerte y resiliente, que me exige que, como macareno e hijo de la Esperanza, no confunda estar deprimido (= desesperanzado) con la falta de voluntad y de un proyecto de vida. “Caminad mientras tenéis luz”, nos dice este Jesús Sentenciado.

Claro que entiende que solos no podemos discernir, y para eso nos alienta a mantenernos de pie como Él y a buscar, en comunión con Él y nuestros hermanos, la esperanza y la alegría. Este mandato no sólo es personal, también puede ser acogido por las hermandades como instituciones. De hecho, la mía lo ha hecho recientemente con la creación del área de bienestar emocional y salud mental, un proyecto pionero que busca, a través de la formación en aspectos clave del bienestar cognitivo y emocional, mejorar el bienestar general de nuestros hermanos, previniendo el riesgo de sufrir algún trastorno mental. En acciones como esta distingo la impronta del Señor de la Sentencia, Aquel que tras entristecerse, angustiarse, sudar sangre y reconocer morirse de pena, dijo: “La paz os dejo, mi paz os doy”.

Busquemos esa paz del alma, y construyámonos como nuevos hombres, esperanzados y alegres, abiertos al amor y a Dios.

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