A punta de bisturí
El Dios de la Epifanía
Nuestros días navegan por tiempos convulsos, con la población sumergida en la crispación y la polaridad, con la resignación sedante de la falta de oportunidades, desarrollo o incluso la capacidad de participar de las decisiones, y con una resultante sociedad apática y anestesiada a merced de unos dirigentes autócratas que imponen sus designios sin apenas oposición. Somos como aquellos extraños personajes de serie futurista ochentera donde aparecen los ciudadanos vistiendo regios uniformes de cuello ceñido y que caminan por pasarelas de una única dirección hacia la computadora nodriza, sin más sentido crítico de la situación y por supuesto sin ningún mero planteamiento de lo que les depara el futuro.
A todo esto, quien nos gobierna no tiene ni el más mínimo pudor en perpetrar su plan de mantenerse en el sillón de su disparatada hegemonía, aunque para ello venda su alma al mismísimo Lucifer. Y su dialecto sea una continua contradicción con sus hechos. Y para ello ha sabido rodearse de su propio ejército de fieles, cual guardia judía de la Milagrosa en el palacio de Herodes, almas con sistemas digestivos agradecidos por favores que les son otorgados en pago de su lealtad, especias que no pertenecen al gobernador sino al pueblo, o bien por un minuto de gloria o unas reseñas en prensa, que todo el mundo tiene su ego en un rincón de su corazoncito.
Su estructura de poder está basada, además de en la concesión de gracias que no le pertenecen y que otorga a capricho según se le demuestre servidumbre, en el miedo apocalíptico a ser eliminado de la vida pública, puesto que el que no está en consonancia con el “pensamiento único” queda literalmente “fuera de la foto”, recluido al ostracismo del olvido, o siendo señalado como causante de todo mal para ser repudiado por la propia sociedad. Para ello sólo le basta tener a los elementos más relevantes de la prensa bebiendo del agua de su mano, para que incidan en sus medios o en las redes las bondades de su gestión, y el peligro que corremos todos si otras opciones u otros líderes ocuparan cargos de responsabilidad, pues vendrían a eliminar nuestras más profundas esencias y se comerían a nuestros hijos. Estarán conmigo, que han convertido nuestra cultura democrática en mero teatro de Tragedia Griega, y algo tan sagrado como es el proceso electoral en trámites desnatados llenos de eslóganes demagógicos que nunca se llevarán a cabo, pues total, el pueblo está tan hastío que ni siquiera reclamarán su veracidad ni censurarán su incumplimiento.
Y qué decir de aquellos que deberían ser o estar siendo jueces morales que fiscalicen los actos gubernamentales que impunemente se descargan desde el despacho presidencial absurdas normas que nunca favorecen a la población general para beneficiar sólo a unos cuantos que ejercen de palmeros, y que paradójicamente cuentan con la connivencia de los líderes éticos y espirituales de nuestro mundo, pues para ellos es más cómodo no contravenir el “established power” que garantizará sin duda sus desahogadas concesiones y privilegios, pues qué difícil es encontrar hoy día un líder moral que se implique en la injusticia social y se comprometa con su lucha, eso quedó para otros tiempos. A veces pienso que mientras más avanzamos socialmente en un mundo cada vez más desarrollado, somos menos libres de decidir nuestras vidas y pensar de otra forma que no sea la línea argumental oficial, y por supuesto a hablar.
Por eso, señor presidente, a pesar de la crítica recibida tal gracia del Gobierno, yo sí estoy de acuerdo con la amnistía, con el perdón total sin contraprestación, con la condonación de todas las culpas y de todos los culpables. Amnistía de todos los que han participado en callar la libertad de expresión a cambio del miedo, de todos los que han mirado hacia otro lado presenciando la injusticia sobre un hermano, de todos los que han colaborado con usted para enfrentarnos a cambio de concesiones de pasillos y de todos los que entran al juego de esas absurdas normas que nos hacen cada vez más diferentes, vecinos y hermanos en un mundo de primera o segunda.
Amnistía de todos los líderes locales que alguna vez alcanzaron alguna parcela de poder sin vocación de servicio, sino para servirse, y que contaron son su padrinazgo mientras les proporcionaran los votos para mantenerlo en el sillón presidencial, aunque en el fondo fueran conocedores que su gestión no favorecería el desarrollo, crecimiento y la paz social que su institución representa y a la que se le presupone persigue. Y amnistía para usted, que tenga el perdón de todos los que estamos a este lado, para que pueda marcharse en paz sin dudar que hizo lo que creía y por lo que creía, aunque fuera a espaldas del resto del universo, y pueda dejar las instituciones para gente que se preocupe de ellas con sentido de la equidad, responsabilidad y amor por los demás. Así que le haría un gran favor al mundo dejando la “Casa de Todos”… No piensen en San Gregorio, que les veo venir.
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