La aldaba
Carlos Navarro Antolín
¡Moción de censura en Los Remedios!
Mis personajes · Manuel Marvizón, músico
LA infancia es una casa del barrio de los Remedios con grandes fotografías de los titulares de la Hiniesta y del Cristo de Santa Cruz en el salón. Es un Domingo de Ramos, el de 1963. Una ojiva, la de San Julián. Una Virgen, la de la Hiniesta. Una marcha, Estrella Sublime. Y un niño con una varita yendo del bacalao a la presidencia, y de la presidencia al bacalao en un ir y venir hasta la Catedral, cuando el abuelo materno, José María, lo recogió en la Catedral y se lo llevó de vuelta a Los Remedios en un coche de caballos. La actualidad es esa misma casa la tarde del Domingo de Ramos, con más nazarenos que antes, nada menos que nueve; sin el padre, pero con la madre. Sin el flequillo, pero con hijos que son nietos. La misma casa, los mismos nervios, la misma ilusión. Hoy igual que ayer, con el valor añadido de una mujer integrada por derecho propio en el ambiente, una mujer de su tiempo, la periodista Charo Padilla, una de las voces que mejor narra la Semana Santa a pie de calle, la del pueblo, la de la bulla, la auténtica.
La memoria suple la ausencia del padre. "Por eso la Semana Santa es entrañable, porque se recuerda a los que no están. Seguimos vistiéndonos en casa de mi madre aunque ahora vivamos más cerca del templo. Es un rito muy hermoso, marcado por los nervios, por los preparativos y por los sustos de los olvidos de última hora. Nos apañamos todos en un espacio chico, somos muchos, pero lo bonito es estar todos juntos allí, en esa misma casa donde nos vestíamos con mi padre. Ahora soy yo el que le ajusta el cíngulo a mi hijo y le coloco la medalla como hacía mi padre conmigo. Eso es la Semana Santa". A Manuel Marvizón Carvallo (Sevilla, 1956), segundo de cinco hermanos, le gusta evocar su "alumbramiento como nazarenito de Sevilla" de la mano de su padre -que era un diputado mayor de gobierno que solía salir descalzo- y tras recibir la mil instrucciones de su madre: "Parecía que me iba a la Antártida en vez de a San Julián". Son los años sesenta, hay un intensísimo olor a incienso que se mezcla con la fragancia de las flores y las ráfagas intermitentes del sudor de los costaleros. Se oyen instrucciones precisas. "¡Vámonos, vámonos!". El cuerpo de nazarenos se repliega para dejar espacio al paso. El nazarenito está integrado en la bulla. La banda de la Cruz Roja arranca con la melodía por antonomasia de Farfán, la banda sonora de su infancia, que es su vida. Y en ese momento se produce un fundido en negro en la memoria de Marvizón: "Ahí está la imagen de la Semana Santa de mi infancia, ahí..." ¿Y por qué su padre era de la Hiniesta? La respuesta encierra una de las claves más hermosas de esta fiesta de fe, sentimiento y memoria: "Porque mi abuelo paterno ya lo era". O se entiende, o no se entiende.
La Semana Santa de la familia tiene arraigo en San Julián por la rama paterna y en Santa Cruz por la materna. Al abuelo materno dedicó la marcha Santa Cruz. Las túnicas azules y de capas blancas se siguen combinando con las de ruán en la casa familiar. Los Domingos de Ramos comienzan al alba, con un almuerzo muy temprano a base de ternera en salsa, y terminan a las cuatro de la madrugada con menestra de verduras. Siempre así. El Martes Santo se estrenó de nazareno a los 14 años: "Me colocaron con un cirio, delante de la Cruz de Guía, era el primero de todos".
El autor de la música de un sinfín de melodías que están en el imaginario colectivo de los sevillanos tiene claro que la banda sonora de su vida es la de su infancia, la de una tarde junto a un nazareno descalzo con el que tiene una cita cada Domingo de Ramos en la perfecta ojiva de la memoria.
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