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"Maquiavelo ha vuelto a triunfar cuatro siglos después"

Nacho Cardero, director de 'El Confidencial', publica 'Aquello que dábamos por bueno', surgido tras una serie de notas personales y reflexiones desde la pandemia

El periodista repasa la caída de los valores principales de la sociedad y la sensación de desasosiego tras una sucesión de crisis muy rápidas

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"Maquiavelo ha vuelto a triunfar cuatro siglos después" / Antonio Pizarro

A Nacho Cardero le arde el teléfono móvil. En una semana convulsa que cualquier periodista querría vivir en una redacción, más aún si se es director de un medio de comunicación como El Confidencial, a él le ha sorprendido toda esta actividad política derivada del pacto PSOE-Junts, la ley de amnistía y las protestas en la calle promocionando su libro. La obra lleva por título Aquello que dábamos por bueno y la edita Espasa.

-¿Tiene tiempo el director de un periódico para escribir un libro?

-La primera reseña que salió del libro empezaba de esta forma: "Dirigir El Confidencial no debe ser tan difícil cuando su director tiene tiempo para escribir un libro". Es la reseña de mi compañero y amigo Alberto Olmos. Y algo de razón debería llevar, porque efectivamente dirigir El Confidencial es una labor muy ardua. Pero es un libro atípico, que surgió casi sin querer de las notas que he ido tomando en los tres últimos años, a vuelapluma, sin intención alguna de que fueran publicadas. Fue con el paso del tiempo cuando estas notas fueron empujando, por una necesidad personal de contar lo que había ocurrido, como director del periódico y también como padre y como hijo. Tuve la necesidad y casi la obligación de que esas notas cobraran vida en forma de libro. Digo obligación porque era una catarsis, una forma de expulsar todo lo que llevaba dentro, los periodistas ejercemos de puente entre la realidad, lo que sucede, y nuestros lectores. Y yo, contando lo que a mí me ocurría, creía que los lectores se verían muy reflejados en mis vivencias profesionales y personales, y que de alguna forma les podía ayudar a entender también lo que ha ocurrido en estos años.

-Dice usted que no son unas memorias, ni un ensayo, ni un reportaje ni una novela, ¿qué es su libro entonces?

-Es un espejo, quería que reflejara la atmósfera en la que hemos vivido en los últimos años, ayudarles a entender sus sensaciones, y que sepan que ese desasosiego que han tenido no sólo lo han tenido ellos, sino que lo he tenido yo y lo ha tenido en general toda la sociedad, que no es ni malo ni bueno, obedece a un tiempo que es de incertidumbre y que es el que nos ha tocado vivir. En ese espejo nos vemos reflejados todos, en unos tiempos que son muy convulsos, no diría líquidos como Bauman, pero casi vaporosos. Es una especie de grito, de golpe sobre la mesa, de una generación que ha visto que todo aquello que daban por bueno se derrumbaba, y eso les produce una comezón.

-¿Que dimos por bueno y ahora se ha derrumbado?

-Ahí está la verdad, la moral, la convivencia. Ese mundo de las ideas lo traslado a la calle, a nuestro día a día, y nos damos cuenta de que nos movemos en terrenos movedizos, en los que la verdad, la moral y la convivencia desaparecen. Son las columnas, son muchas las que reflejo en el libro. La verdad ha muerto. Si este cuaderno es verde, te dicen que es azul, te intentan hacer ver que lo es y que has estado siempre equivocado, y hay unas personas de corte intelectual que te dicen que efectivamente has estado equivocado. Ya no sabes separar los hechos de las opiniones ni la realidad de la mentira. Ahora, por ejemplo, con el tema catalán y de la amnistía, ¿por qué lo que era ilegal hace cuatro meses es legal ahora? ¿cuál es la verdad, cuál es la mentira? En ese terreno movedizo nos movemos. El fin justifica los medios. Maquiavelo ha vuelto a triunfar cuatro siglos después.

-Habla usted de la crisis permanente, la permacrisis, ¿es un concepto nuevo o simplemente una forma nueva de llamar a algo que siempre ha existido?

-Siempre ha habido crisis, y peores que éstas, decir lo contrario sería obsceno. Pero éstas son nuestras crisis. Y aunque siempre las ha habido, sí es verdad que tenemos la sensación de que ahora son muchas que se suceden de forma muy rápida, que se van solapando unas a otras, que somos incapaces de asimilarlas y que son muy profundas. Es esto lo que nos produce la angustia, la incertidumbre, no es tanto el cambio sino la imposibilidad de asimilarlo en tan poco tiempo.

-Se muestra usted muy crítico con la sociedad, a la que califica de narcisista e individualista, ¿qué podemos hacer como ciudadanos por mejorarla?

-El libro tiene dos partes. Una más pesimista y más crítica y una segunda más optimista y esperanzadora. Ësta siempre responde a la pregunta de en qué etapa de la humanidad hemos vivido mejor. Y es esta. El mundo siempre va a mejor. Apostar al futuro es una apuesta ganadora. Lo que pasa es que hay que luchar y no hay que ser indolente. La parte pesimista no obedece a un criterio subjetivo mío, sino por estas crisis de las que hemos hablado antes. Ahora mismo nos preguntamos por primera vez si nuestros hijos vivirán peor que sus padres. Y no es algo subjetivo mío, sino que se puede acreditar por criterios macroeconómicos y de poder adquisitivo.

-El libro tiene una parte muy personal, sobre todo cuando se refiere al nacimiento de su hija y a la muerte de su padre, que coincidieron en el tiempo, ¿cómo se gestionan unos sentimientos tan encontrados?

-A la hora de traslucir toda esa atmósfera tenía que contarlo también desde el punto de vista personal. Me tenía que desnudar, trasladar una imagen más vulnerable y más frágil y más empática que la de un director de periódico rodeado de oropeles. La pandemia me sacudió, como a muchos lectores. La pérdida del padre convaleciente en un hospital, enfermo de covid, sin estar rodeado de los suyos y sin poder despedirse... Son cientos de miles de personas los que vieron cómo perdían un ser querido, esa sensación es compartida. Es lo que quería reflejar tratando los temas personales.

-Trata el tema del estrés y la salud mental, ¿es sano ser periodista en estos tiempos?

-Ser periodista es una profesión de riesgo, no sólo porque estamos siempre muy mal valorados, sino porque siempre estamos en primera línea. En una guerra, en una pandemia. Si los periodistas son personas, cuando tienen que sumergirse en el tema, lo somatizan mucho más que el resto. De ahí que los problemas mentales y los sentimientos suicidas son mucho mayores en los periodistas que en otras profesiones. Vivimos en una sociedad incapaz de tolerar la frustración, y esto ha hecho que se aumenten las tentativas de suicidios.

-Cita usted el caso de una encuesta que unos hackers le manipularon en el periódico para hablar de la polarización. Aquello fue en verano, antes de las elecciones del 23-J, ¿pero no hemos ido a peor desde entonces?

-Este libro explica el tiempo presente, pactos que jamás hubiéramos pensado, movilizaciones, polarización, incertidumbre, miedo al futuro, las portadas de los periódicos... En el apartado que tiene que ver más con la política, que es un elemento polarizador, hemos visto cómo se ha ido a los extremos. Pensamos que después de las elecciones habría una especie de pax romana y retorno a la convivencia, y es todo lo contrario. La polarización viene de arriba a abajo e intoxica a la clase política. Y los medios deberíamos entonar el mea culpa y no dejarnos llevar tanto por las banderas y las trincheras. Tenemos que ser críticos con el poder y contar lo que no quieren que contemos y ejercer de puente entre nuestros lectores y la realidad.

-¿Qué futuro le espera al periodismo?

-Pocas veces ha estado tan mal visto como ahora. Siempre lo ha estado, era peor ser periodista que ser pianista en un burdel. Ahora, con las redes sociales, la inteligencia artificial y la polarización, quizás es el momento más complicado. Jamás antes ha sido tan difícil ejercer este oficio, pero por la misma razón jamás ha sido tan necesario. Porque la gente necesita claves. Las columnas se han derribado y nos corresponde levantarlas de nuevo. Es verdad que hay muchos miedos y muchos temores, pero si ejercemos nuestra labor como tenemos que hacerla y ver las redes sociales y la inteligencia artificial como unos cómplices, nos permitirá llevar nuestro mensaje a más gente.

-¿Con qué mensaje concluimos?

-La conclusión es optimista. El libro trasluce cierto pesimismo. Es duro, es un duelo, tanto personal como colectivo. Pero al final, como conclusión. del duelo se sale. Y para trabajarse el futuro hay que luchar. Es una llamada a la lucha y a la acción de una sociedad que se queja mucho y hace bastante poco.

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