¿Dónde están los abuelos?
Diario de la pandemia / Día 6
FUERON muy pocos los que al principio de todo esto detectaron en seguida su ausencia en las plazas y alamedas, los bancos vacíos, el sol matinal calentando sólo la piedra o el hierro forjado, y fueron también muy pocos los que repararon al principio del ataque en que no había nadie tras las vallas amarillas escrutando el trajín de los operarios en las obras públicas, y menos aún los que cayeron en la cuenta de que los nietos que hasta hace días iban cogidos de la mano del abuelo o de la abuela a la vuelta del colegio –cuando todavía había clases– eran ahora hijos de padres atribulados. De un día para otro los yayos habían sido catalogados como un “grupo de riesgo”, el más expueso a la virulencia del bicho, pero los críos no sabían –puede que hoy ya sí lo sepan– qué era eso del “grupo de riesgo”. Para ellos la alteración de sus días y sus noches radicaba en algo tan inexplicable como no poder abrazar a los abuelos.
Han pasado los días y la pandemia los está crujiendo. Y de repente, ahora, nos hemos puesto a hablar y a escribir de los viejos. Yo lo estoy haciendo ahora. Que hay geriátricos y residencias en todas las ciudades y pueblos es un descubrimiento reciente, nos hemos enterado ahora. Hay de todo: unas están gestionadas por profesionales (y voluntarios) para los que no hay abrazos suficientes, y otras, bueno, otras salen de vez en cuando en las noticias de sucesos y de tribunales de los medios de comunicación por el trato que se dispensa a los ancianos.
Pero, ¿y nosotros? Ahora estamos hablando y escribiendo sobre los viejos. Un bicho, un asesino en serie para los más mayores, ha venido a echarnos en cara que estaban ahí, frágiles. Y cuando actúa siniestramente ya no hay lugar para nada más que no sea el recuerdo y la memoria. Demasiado tarde.
Así que de repente hemos caído en la cuenta de su existencia. Muchos somos los que en cualquier instante de la vida normal, antes del estado de alarma, nos quejábamos con un “joder con el monedero de la vieja” cuando se demoraba rebuscando los cupones de descuento ante la caja del supermercado, o con un “joder con la chapa que está dando el viejo” cuando conversaba con el boticario.
No saben la suerte que han tenido quienes han podido ver a sus padres envejecer, cogerse de la mano, besarse –sí, besarse– y disfrutar de sus nietos mientras los ven crecer e ir ocupando el espacio que ellos van dejando lentamente y sin estridencias.
Algunos ancianos, demasiados, han muerto solos, lejos de todo eso. No digo que no hayan estado amparados por el personal que les cuidaba. En absoluto. Pero no es lo mismo. Muchos niños y jóvenes de hoy tienen a sus abuelos grabados estos días hablándoles desde el móvil. Ahora tocan la pantalla táctil. Ojalá les acaricien pronto las arrugas de las mejillas y tomen nota en el futuro y para siempre se den cuenta de que, ni de lejos, ni por asomo, la sensación es la misma.
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