Medio siglo de historias de la Policía de Sevilla

Tres veteranos agentes publican el libro 'Policías al desnudo', que recopila investigaciones, anécdotas y entresijos de la lucha contra la delincuencia

Todo sobre la Policía Nacional

Exposición de vehículos antiguos de la Policía, junto con la portada del libro 'Policías al desnudo'. / José Ángel García

Medio siglo de historias de la Policía Nacional en Sevilla se recogen en el libro Policías al desnudo, una antología de textos recopilados por los agentes jubilados Juan Bernal, Diego Martínez y Alfonso Fernández, que acaba de salir de la imprenta. Estos tres policías son los que figuran como autores, pero en realidad el libro es un compendio en el que participan muchos otros compañeros suyos, que han vertido en él sus experiencias, ya sea en forma de relato basado en algún hecho real o de crónica en primera persona.

Lo valioso del libro es que se cuentan desde dentro asuntos como el caso Ollero, las investigaciones de varios asesinatos ocurridos en distintas épocas en la capital andaluza, el hallazgo de una persona desnutrida y en condiciones infrahumanas en un palomar de Dos Hermanas o la intoxicación de una familia por inhalar fosfina de unos tapones de plástico en Alcalá de Guadaíra, entre otros. Incluso algunas de las historias trascienden de la provincia de Sevilla y se incluyen casos como el de la secta de Mazagón o algún alijo en las costas del Campo de Gibraltar.

Es, además, una obra valiente y hace honor al título, pues los autores no rehúyen temas polémicos. Por ejemplo, tratan el caso del robo de 150 kilos de droga de la Jefatura Superior de Policía, que sacudió los cimientos del edificio de la avenida de Blas Infante en el año 2009. Es interesantísimo este capítulo, sobre todo porque los policías cuentan que sabían perfectamente quién era el autor del robo desde el minuto 1. Sus sospechas se confirmaron meses después, cuando los miembros de la Unidad de Asuntos Internos que investigaron el caso detuvieron a Lars Sepúlveda, un agente que llevaba un nivel de vida incompatible con el sueldo de un policía.

Sin embargo, entre que se destapó el escándalo y se terminó con la investigación, pasaron unos meses muy duros. Tanto que el jefe del grupo I, al que pertenecía el policía corrupto, murió de un infarto en aquellos días. Sus compañeros honran hoy la memoria de este inspector jefe, José Manuel Tirado, a quien dedican el capítulo y a quien rindieron un homenaje póstumo que no contó, desgraciadamente, con ninguno de los miembros de la cúpula de la Policía.

Bernal, Martínez y Fernández son tres nombres muy conocidos en la Policía de Sevilla. El primero es un comisario que fue jefe de Dos Hermanas y en su última época dirigió la Policía Científica. El segundo es un inspector jefe que fue la mano derecha de José Antonio Vidal, quien fue jefe histórico de la Policía Judicial e investigó grandes casos de corrupción como el de Juan Guerra o el de Manuel Ollero e incluso el crimen de los Galindos. Diego Martínez fue precisamente quien encontró el maletín del caso Ollero. El libro incluye textos de Vidal, fallecido en 2024.

El tercero, Alfonso Fernández, es un inspector jefe que dice en la solapa del libro que es hombre de pocas palabras pero que sin embargo firma el relato más extenso del libro, que lleva por título Memorias de un veterano policía sevillano, y en el que tantos agentes que patrullaron por Sevilla en las últimas décadas pueden verse reflejados.

Pero es que en el libro participan otros nombres legendarios de la Policía de Sevilla. Manuel Piedrabuena, el comisario de Policía Judicial durante muchos años, firma por ejemplo una historia curiosa de los años ochenta sobre un robo de joyas en Viena que resolvió su brigada en Sevilla.

Miguel Jiménez, histórico jefe del Grupo de Homicidios, relata en primera persona cómo fue la investigación de un crimen ocurrido a mediados de los años dos mil: el asesinato a tiros del dueño de un bar en un barrio del sur de Sevilla. Como en el resto de textos, destaca el punto de vista del policía, del investigador, que no es habitual conocer para un lector ajeno al mundo policial o judicial.

José Rodríguez se enfrentó a uno de los asuntos más complicados de su carrera cuando fue destinado al grupo de Policía Judicial de Alcalá de Guadaíra tras toda una vida al frente de uno de los grupos antidroga. Era el caso de la familia intoxicada por la fosfina de unos tapones de plástico que acumulaban en una zona de su vivienda con un fin solidario.

Resulta curiosísima una parte del libro dedicada a la jerga policial, unas cuantas páginas que son un paraíso para lingüistas y filólogos estudiosos del argot de la calle, si es que los hay. Un idioma propio en el que el corroi es el juez, el libanó el secretario y alivio el abogado, a los policías se les conoce como la bofia, los señores, los madalenos o la pestañí y los guardias civiles son los picoletos, los aceitunos o los jundonares. Y unas cuantas expresiones completamente desconocidas para la mayoría de la población.

Hay partes dedicadas a la lucha contra el terrorismo, que dejó marcado a tantos policías durante décadas, y hay páginas dedicadas a la detención de Henri Parot, que los policías agradecen "de corazón" a la Guardia Civil. Si no hubiera sido detenido en un control rutinario a la entrada de Sevilla, probablemente no existirían ni este libro ni sus autores, porque Parot pretendía volar con un coche bomba la antigua comisaría de la Gavidia, que por entonces era la sede de la Jefatura Superior de Policía.

No hay comentarios

Ver los Comentarios

También te puede interesar

Lo último

Mapa de Músicas | Centenario de Morton Feldman

Morton Feldman, el umbral de lo sagrado