Sevilla 'arriá': historia, causas y soluciones de una ciudad marcada por las riadas

El reto es combinar ingeniería clásica, soluciones basadas en la naturaleza y una gestión coordinada

Vista de Sevilla en 1898. / Colección privada de Marcos Pacheco Morales-Padrón
Marcos Pacheco Morales-Padrón
- Historiador

15 de febrero 2026 - 06:00

La relación entre Sevilla y el río siempre ha sido ambivalente. El Guadalquivir lleva siglos proporcionando riqueza, comercio y proyección exterior, pero también la convirtió en uno de los enclaves más vulnerables del sur peninsular frente a las inundaciones. Situada en una extensa llanura aluvial, prácticamente sin pendiente y atravesada históricamente por arroyos como el Tagarete o el Tamarguillo, la capital andaluza ha crecido sobre un territorio que la propia naturaleza concibió como espacio de expansión del agua.

Las riadas forman parte del ADN urbano sevillano. Los estudios históricos y geográficos constatan un aumento significativo de avenidas desde el siglo XVIII, con especial intensidad en la pasada centuria. Episodios como las inundaciones de 1917, 1947 y 1963, y sobre todo la devastadora riada del Tamarguillo de 1961, marcaron un antes y un después: miles de inmuebles afectados, barrios enteros anegados y una profunda herida social que aceleró la transformación urbana de la ciudad. A lo largo de las décadas, cada crecida obligó a replantear infraestructuras, viviendas y servicios básicos, dejando una huella persistente en la memoria colectiva.

Las causas de estas inundaciones son tanto naturales, como humanas. A las lluvias intensas concentradas en cortos periodos, se suma la escasa pendiente del cauce, la acción de las mareas, y la amplitud de la llanura de inundación. Pero el factor decisivo ha sido la acción del hombre. La ocupación progresiva de zonas inundables, la canalización de afluentes y la impermeabilización del suelo han reducido la capacidad natural del territorio para absorber y laminar el agua. Paradójicamente, muchas obras hidráulicas han fomentado una falsa sensación de seguridad que, a su vez, impulsaron nuevos desarrollos en áreas de riesgo.

Las consecuencias de cada riada iban más allá del impacto inmediato del agua en las calles y muelles. Se producían pérdidas humanas, derrumbes de viviendas precarias, daños en infraestructuras, interrupciones del tráfico portuario y crisis sanitarias. En el primer tercio del siglo XX, las inundaciones agravaron la escasez de alimentos y el problema de la vivienda; en los años cuarenta coincidieron con la miseria de la posguerra; y tras 1961 Sevilla llegó a ser conocida como "la ciudad de los refugios", por el número de damnificados realojados de forma provisional.

Durante buena parte del siglo XIX y comienzos del XX, la respuesta institucional fue básicamente reactiva: socorro tras la catástrofe, beneficencia y reparaciones de urgencia. Con el tiempo, y de la mano del Puerto y Confederación Hidrográfica, llegaron las grandes actuaciones estructurales: malecones, diques, desvíos de arroyos y las sucesivas cortas del Guadalquivir, como las de la vega de Triana, punta del Verde o La Cartuja, que modificaron profundamente el trazado del río y protegieron el casco urbano. Estas obras, culminadas en la segunda mitad del siglo XX, lograron por primera vez alejar las grandes riadas del centro histórico y permitieron consolidar el crecimiento de la ciudad.

A partir de entonces, la estrategia cambió. Junto a las infraestructuras físicas (esclusa y muros de defensa) se implantaron sistemas de vigilancia y alerta temprana aguas arriba, planes de emergencia y una gestión más técnica del riesgo. La red de alcantarillado se amplió, se desarrollaron protocolos de protección civil, y gracias a Emasesa recientemente se han construido grandes colectores y tanques de tormentas para evacuar lluvias intensas. Se ha avanzado hacia un modelo más preventivo que correctivo.

Sin embargo, el problema no ha desaparecido: se ha transformado. Hoy la ciudad está mejor defendida frente a las crecidas del río, pero resulta más vulnerable a las inundaciones urbanas provocadas por tormentas cada vez más concentradas, en un contexto de cambio climático. El sellado del suelo, la densidad edificatoria y la pérdida de espacios naturales de desagüe hacen que, con el mismo volumen de lluvia, el nivel del agua alcance cotas mayores que en el pasado. En los últimos años, el debate técnico se ha desplazado hacia soluciones híbridas. Ya no basta con construir más colectores o presas: se plantea renaturalizar tramos urbanos, crear parques inundables capaces de absorber excedentes de agua, introducir pavimentos permeables y aumentar el arbolado para reducir la escorrentía. La idea es devolver al agua parte del espacio que durante décadas le fue arrebatado, integrando la dinámica fluvial en el diseño urbano en lugar de combatirla exclusivamente con hormigón.

A esta realidad se suma un factor menos visible: la memoria del riesgo. Varias generaciones crecieron con la experiencia directa de las riadas, mientras que otras más jóvenes solo conocen el problema a través de episodios puntuales de lluvias torrenciales. Esa distancia temporal ha contribuido a rebajar la percepción del peligro y a normalizar la ocupación de espacios históricamente inundables; como se ha pretendido en la dehesa de Tablada. La resiliencia no depende solo de infraestructuras, sino también de cultura preventiva, educación ciudadana y planificación a largo plazo.

Las riadas demuestran, en definitiva, que el riesgo no es solo natural, sino también social. El reto actual pasa por combinar ingeniería clásica, soluciones basadas en la naturaleza y una gobernanza coordinada entre administraciones, evitando repetir errores del pasado. Porque Sevilla aprendió a protegerse del río. Ahora debe aprender a vivir con un clima más extremo, sin olvidar las lecciones que dejaron siglos de inundaciones.

No hay comentarios

Ver los Comentarios

También te puede interesar

Lo último