Final Sevilla - Inter Big Bang en Colonia: Koundé-Diego Carlos contra Lukaku-Lautaro

Lukaku y Lautaro Martínez, en la semifinal ante el Shakhtar Donetsk. Lukaku y Lautaro Martínez, en la semifinal ante el Shakhtar Donetsk.

Lukaku y Lautaro Martínez, en la semifinal ante el Shakhtar Donetsk. / Lars Baron (Efe)

Cuentan las lenguas antiguas que en la bellísima catedral de Colonia, dentro de un imponente sarcófago dorado, reposan los restos mortales de los Reyes Magos de Oriente. Dónde mejor, pues, para que el sueño de que el Sevilla alce su sexta Liga Europa, su décimo título en este siglo XXI, se haga realidad. Ocurre que su oponente no es un cualquiera. Es uno de los clubes más prestigiosos y potentados del Viejo Continente. El Inter. Casi nada. Y un gran Inter, que de la mano de Antonio Conte y un puñado de futbolistas realmente buenos se acerca a la grandeza que exige su historia.

Para certificar su vuelta a las estrellas, los nerazzurri necesitan ganar un título europeo ya. No lo hacen desde hace justo una década, en aquella Champions con Mourinho, ante el Bayern Múnich, en el Bernabéu.

El Inter marcha por la Europa League a paso de oca desde que cayó desde la Champions: cinco victorias de cinco. Pero enfrente está el equipo que mejor lucha por esta copa. El que más la quiere. Se viene un partidazo.

‘Respect’

Cuando el Inter visitó Sevilla para jugar un partido europeo, allá por 1998, el equipo de Nervión era aún un ninguno en Europa. Uno de tantos que festejaba el mero hecho de jugar la extinta Copa de la UEFA, hoy Europa League. De hecho, los nerazzurri aterrizaron en San Pablo para jugar ante el Real Madrid. En su lujosa plantilla figuraban Simeone y Zamorano, que les hablarían a los compañeros, en plan turistas, de lo bien que se vive y come en Sevilla.

Hoy, el Sevilla Fútbol Club es otro. Y tanto. Con sus seis títulos internacionales, con su condición de monarca absoluto del torneo que nos ocupa, acaso sea la entidad que más ha crecido en Europa. Incluso más que el piropeado Leipzig. Es por ello que se haya granjeado un sólido respeto internacional que no disfruta de las fronteras para dentro. Quiere ello decir que el Inter, un estirado aristócrata del balompié continental, va a saltar hoy a la hierba de Colonia mirando con celo cada paso que dé. Porque sabe que al otro lado del verde tapiz aguarda el Paul Newman de El color del dinero. Son demasiadas las bolas seguidas del Sevilla a las troneras.

Como el Inter también impone un mayúsculo respeto por su prosapia, su plantilla y su trayectoria reciente, se barrunta una final de cabos bien atados. Tanto Julen Lopetegui como Antonio Conte construyen sus mecanos desde atrás, que por algo uno fue portero y otro centrocampista matraca de los buenos. Y esa naturaleza pragmática queda reforzada por tan especial partido: una final continental, nada menos, donde los errores sueles ser definitivos.

‘Il tempo’

Y esa mutua cautela puede beneficiar al Sevilla, que no es equipo que se maneje con soltura bajo el frenesí. Se ve incómodo en una constante ida y vuelta. Entre otras cosas, porque el sol sobre el que orbita su juego, Éver Banega, teje su primoroso fútbol de forma cadenciosa. Sus piernas dejaron de ser un molinillo, aunque a veces cambie de marcha en sus arrancadas. Para paliar sus limitaciones físicas, Joan Jordán y Fernando se multiplican con su preclara lectura de las jugadas, pero si el rival arriesga y suma piezas ofensivas y vertiginosas, como hizo el Manchester United, los sevillistas pueden sufrir.

Ocurre que el Inter, un equipo de un nivel similar a los Diablos Rojos, hace daño por otros derroteros. Como el Sevilla, se pertrecha y madura el partido, aunque su punto fuerte, a diferencia de los blancos, radica en esa imponente y complementaria vanguardia que integran Lukaku y Lautaro Martínez. Los interistas no se hacen fuertes desde el toque constante y preciso, como el Sevilla. Aguardan con su defensa de tres centrales, otros tres medios por dentro, y con su presión explotan una debilidad del enemigo en su defensa para salir por fuera con sus laterales largos, D’Ambrosio y Ashley Young, o con la calidad en los pasillos interiores de Barella, el medio con más licencias ofensivas. Ambos equipos son duchos en el manejo de los tiempos, en no caer en la precipitación y mantener el orden para hacer buenos repliegues, lo que acentúa aún más el cariz táctico y especulativo que se anuncia para mañana.

Invencibles (o casi)

El Inter ha perdido sólo cuatro partidos en la Serie A, por ello ha acabado segundo con 82 puntos. Estamos ante una de las mejores versiones del reputado equipo del opulento norte de Italia, que cayó a la Europa League desde la Champions porque perdió sus dos partidos ante el Barcelona y también dobló las rodillas en Dortmund. Su grupo no era una bicoca, precisamente. Llega a la final impulsado por una racha de once partidos sin perder, desde que tropezó en casa ante el Bolonia (1-2) en la jornada 30ª de la Serie A, el pasado 5 de julio.

Pero en confianza no va a ganar a este Sevilla, que irrumpe en la final como un surfista encaramado a una ola de quince metros: no sucumbe desde aquel desgraciado partido de Liga en Vigo, el 9 de febrero (jornada 23ª), resuelto en el descuento con un gol de Pione Sisto con su zurda, una pierna que apenas usa para jugar. Desde entonces, encadena 20 partidos oficiales sin perder, embarcado en un récord histórico que refuerza el método que trajo Julen Lopetegui bajo el brazo entre las miradas de recelo de la mayoría del sevillismo. Hoy el vestuario es una piña, van todos a una, como se vio en el recibimiento a Gudelj tras recuperarse el serbio de su positivo por Covid-19. Por fortaleza mental, no va a quedar de una y otra parte.

Peligro de explosión

El manual del Inter de hoy apenas coincide con el de aquel, aún más competitivo que el actual, que hojeaba con brazo de hierro Trapattoni en los noventa. Sí, aquel que veíamos los domingos por la noche en la Tele 5 de Berlusconi recitando sus cantos a las viejas reglas del catenaccio de toda la vida, con Zenga, Bergomi, Ferri, Brehme, Mathaus. Acaso el equipo con más aire marcial que se recuerde. Si aquel equipo tenía su fórmula secreta en el corazón de la zaga, el de Conte la tiene en su pareja de delanteros, Lukaku y Lautaro Martínez. El belga ha cuajado una sobresaliente temporada, con 33 goles en 50 partidos, y el argentino se le acerca con sus 21 goles en 43 actuaciones.

Y como el Sevilla de Lopetegui se ha abierto paso entre la élite con su extraordinario forjado delante del portero, hoy colisionaran en un cuadrilátero las grandes virtudes de uno y otro. En que Koundé, Diego Carlos y Fernando neutralicen a Lukaku y Lautaro, con Barella llegando desde atrás, radica el éxito sevillista.

Y a partir de ahí, que Banega plante sus reales y Ocampos (a ver cómo ha superado el argentino sus molestias en una rodilla), Suso o De Jong cacen alguna.

La teoría dice que Diego Carlos se puede amoldar mejor a la morfología de Lukaku que a la de Martial, pero el belga no es ni mucho menos un ariete estático y también es demoledor cuando arranca. El brasileño tendrá que imponer su sentido de la anticipación. Lo mismo que Koundé su fuerza y dinamismo para sujetar a Lautaro antes de que maniobre.

La colisión de ambas parejas era la comidilla en los cenáculos de las redes sociales en cuanto se cerró el cartel de la final.

Su primera vez

Ni Antonio Conte ni Julen Lopetegui tienen experiencia previa en finales continentales. El preparador de Lecce ganó tres Scudettos con la Juventus, más dos Supercopas de Italia, y con el Chelsea alzó una Premier League (2017) y una FA Cup (2018), pero en la Champions lo más lejos que llegó fue a unos cuartos de final en 2013 con la Vecchia Signora, que se postró ante el futuro campeón, el Bayern. Hoy descubrirá la especial presión de una final europea, por lo que hay en juego y lo decisivo que será cualquier error táctico.

También Lopetegui perderá su virginidad en finales europeas. Su tope, unos cuartos de final de Champions con el Oporto en 2015. Eso sí, había ganado anteriormente las finales de los Europeos sub19 (Estonia) y sub 21 (Israel), en 2012 y 2013, respectivamente.

Conte, como Lopetegui, tiene una corta experiencia como seleccionador nacional. Le dio tiempo a ser verdugo de la ya decadente España en la Eurocopa 2016 (y propiciar, curiosamente, la llegada del de Asteasu al combinado nacional), antes de sucumbir con Alemania en los cuartos de final del torneo que acabaría alzando Portugal. Ya entonces, el italiano gustaba de disponer un 3-5-2, como hoy hará en Colonia, donde yacen, dicen, los Reyes Magos.

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