Olvidar el balón para empuñar un florete
Quién le iba a decir a José Peralta cuando era un muchacho que jugaba al fútbol en el San Juan, equipo que en aquel entonces militaba en Tercera División, que se convertiría en maestro de armas. Y es que la esgrima tenía guardado para él un proyecto de vida muy distinto al que imaginaba.
Recuerda José cómo Eusebio Ríos, creyendo que lo suyo era el balompié, se lo llevó al Betis a principios de los años 60, siendo Fernando Daucik el preparador de los heliopolitanos. Peralta estuvo seis meses entrenando como verdiblanco, pero nunca llegó a debutar con el primer equipo.
Para más inri, en una sesión de trabajo, el defensa Valderas, en un intento por arrebatarle el balón, lo lesionó. "Por poco me manda a la grada", comenta entre risas Peralta. No llegó a tanto la cosa, aunque su maltrecha pierna lo obligó a decir adiós prematuramente a aquellos rondos y así, a una hipotética titularidad en Primera.
Lo que en otro aspirante a futbolista habría significado casi el fin del mundo, en su caso se convirtió en la llave que abriría una puerta hasta entonces desconocida: "Un amigo me dijo que fuera a recuperarme de la lesión a una sala de gimnasia que había enfrente de la calle Muñoz Olivé, donde también se daban clases de esgrima. Un día, el maestro me dijo que probara. Yo no estaba muy convencido, pero empecé a entrenar y, para mi sorpresa, quedé campeón de España tres meses después. En ese momento me olvidé por completo del fútbol".
Así fue como este sevillano cambió el esférico por el florete. Después compitió con el sable y, finalmente, advirtió que lo suyo era la espada. Formó parte del equipo nacional durante cinco años, acudió a varios campeonatos internacionales y disputó la final por equipos de los Juegos Mediterráneos de Nápoles 1963. Incluso logró una plaza para la cita olímpica de Tokio 1964, "pero me pilló haciendo la mili y no me dejaron viajar", apunta.
La casualidad volvió a obrar en la vida del hispalense al presentársele una gran oportunidad para ganarse la vida gracias a su deporte: "Participé en un campeonato internacional en el Casino de la Exposición. Como el grupo de Sevilla ya estaba completo, me inscribí por Málaga. En la final Sevilla-Málaga hubo follón, y por uno de esos encontronazos me castigaron seis meses sin competir. El seleccionador nacional me propuso que, en lo que duraba la sanción, me fuera a Murcia, a la Academia Militar del Aire, y diera clases de esgrima". Lo que iba a ser una ocupación temporal se convirtió en el trabajo de toda una vida: "Fui para seis meses y me quedé 40 años".
Miles de cadetes recibieron aquella instrucción obligatoria, algunos con más interés que otros. "En Estados Unidos se introdujo la esgrima en las academias del aire porque se consideraba que guardaba relación con las habilidades propias del pilotaje: rapidez, agilidad, reflejos… Y así fue como llegó al ejército español", explica el maestro de armas, seleccionador nacional militar durante muchos años, que orgulloso reconoce haber instruido a jóvenes que cosecharon buenos resultados en distintas competiciones, como la Copa del Mundo Militar o los torneos de pentatlón moderno.
A sus 72 años, José Peralta es vicepresidente primero de la Federación Andaluza de Esgrima y, desde 2011, cofundador, junto a su amigo Manuel Conrado Blanca, del Club de Esgrima Híspalis. Ahora sus enseñanzas van dirigidas a pupilos más jóvenes y revoltosos que los cadetes. No obstante, "al grito de en guardia se ponen firmes", reconoce.
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