El cartel necesario, el cartel de la ternura
Puerta de los Palos
El autor ensalza valores fundamentales de la Semana Santa a las puertas de una cuaresma y en un contexto de evidente decadencia
La cuesta abajo
El que pueda hacer, que haga
La arquitectura de la Semana Santa descansa sobre tres pilares maestros: la fe, el sentimiento y la memoria. Es una suerte de gran catedral donde cabe casi de todo: la cultura, el folclore, la afición, la emoción, la sensiblería... Sufre el deterioro propio de la abundancia de factores que reducen, cosifican o espectacularizan su contenido. Siempre ha ocurrido, como demuestran los testimonios de libros célebres sobre la fiesta más importante de la ciudad. Ahora sucede como nunca. La atención se centra ya con descaro en verdaderas estulticias, probablemente es la consecuencia de haber oficializado una apuesta sin precedentes por las manifestaciones de la piedad popular en el contexto de una sociedad que viene de sufrir dos crisis, una económica y otra sanitaria, que han disparado las ganas de estar en la calle y vivir "experiencias". A las puertas de un Miércoles de Ceniza hemos conocido un cartel de las Fiestas Mayores que nos ha reencontrado con la Semana Santa de siempre. Un cartel que atesora un valor tan denostado en la actualidad como la ternura, pues equivocadamente se entiende como debilidad, cuando es justamente una fortaleza. Un niño que juega a ser nazareno en un patio familiar, el de casa de su abuela; un niño que se ha hecho una capa con la del disfraz de una hermana y al que han improvisado un capirote con la cartulina que ha encontrado. La imagen representa el puro blindaje de la inocencia, el de los días en que nada se teme ni nada preocupa. Solo a los niños está permitido jugar a los pasitos, el juego preferido de tantos adultos.
El autor de la obra es Daniel Franca, al que no tenemos el gusto de conocer, pero del que sí conocemos sus obras, una de ellas el espléndido cartel de la Semana Santa presidido por el paso de palio de la Estrella. Este nuevo cartel, encargado ahora por el Ayuntamiento, es más necesario que nunca. Es el cartel de la ternura perdida, el que nos recuerda cómo empezamos la gran mayoría, el que apunta a ese pilar tan importante como la memoria (la abuela que ya no está, nuestros propios recuerdos y evocaciones) que construye esa Semana Santa interior que hace que la Semana Santa sea la vida, y la vida una fusión de Semanas Santas. En el patio, el origen. En la inocencia, la base sobre la que todo se edifica. En la familia, la escuela donde se aprende a amar los días más hermosos. El cartel de Franca apaga por unos instantes el exceso de ruido y nos sitúa de alguna manera en la casilla de salida. No hace falta más, todo está en esta obra que tiene el poder de la ternura. Ahí está la Semana Santa digna de protección que se ha debilitado desde los años del boom (con origen a finales de los ochenta) hasta los de los excesos en muy diferentes direcciones, pasando por los serios problemas de seguridad.
Reflexionen por unos momentos si en este cartel se representa alguna de las inquietudes, problemas o debates de la actualidad. Nada. Cuando llega la hora de anunciar la Semana Santa, sobra todo el forraje que se le ha metido. Aparecen la familia y la inocencia, los días azules cuando todo estaba por ser descubierto. Los años en que sonaban los discos de marchas y se aguardaba con ilusión el especial de la Caja San Fernando, los conciertos del Soria 9 y la revista de Gelán. Una procesión extraordinaria era verdaderamente extraordinaria, la guía más completa era el libro del padre Federico Gutiérrez, la caja de ahorros El Monte editaba un álbum de Semana Santa con la Borriquita en la portada y sobres de cromos que había que buscar en las sucursales de la entidad, las vísperas se vivían, sobre todo, en los traslados de la Quinta Angustia y el Valle, y los abonos de las sillas se sacaban cómodamente en la Semana de Pasión. Todo eso ha cambiado sustancialmente, pero no uno de los pilares sobre los que carga la autenticidad de la fiesta, la que hará que perviva pese a influencias indeseables y modas fatuas.
Bienvenido sea el cartel de Daniel Franca que ensalza la ternura y la inocencia, la base desde la que se aprende a amar y comprender la Semana Santa. No sabemos si la técnica es la mejor, ni si la perspectiva es la adecuada, ni si los colores son perfectos. Poco nos importa todo eso, materias de las que habrá, como de costumbre, una legión de expertos para sentar cátedra. Solo nos importa el mensaje central en los tiempos actuales: un niño que quiere ser nazareno en el patio de la casa de su abuela. Era el cartel oportuno en el momento necesario. Quien ya nos deleitó con la Estrella, lo hace ahora con el corazón. Podía haber hecho un cartel similar, con la Feria representada en algún detalle, pero ha elegido el niño que a todos nos une, el mensaje blanco y sincero de la infancia. Cuando nadie nos faltaba y solo había excesos por las torrijas. Dan ganas de oír el pregón por la radio y decir lo que ya nunca se oye: "Ya huele a Semana Santa". Porque ahora tosemos por el incienso todo el año. Demasiado carbón.
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