Feria a oscuras
El tren de la bruja
La Feria a oscuras es la que ni se mira, ni se ve, pero hace posible la Feria o la busca sin encontrarla
-Dime si conoces, bruja escrutadora, la Feria a oscuras, pero olvídate, de momento, del apagón.
-Qué te gusta preguntar lo que sabes, gacetillero, aunque no te valga ni para hacerte el interesante.
-No me respondes, diablesa, como acostumbras para que insista y me aturullas.
-Poco hace falta para eso, mequetrefe, porque es fácil turbarte las entendederas, sin necesidad de aplicarme mucho, ni siquiera de acudir a un hechizo de pacotilla. Sí sé que es la Feria a oscuras, seguro que mejor que tú, ya que solo miras, pero no ves.
-Solo falta que me digas que oigo, pero no escucho, para completar tu malévola consideración.
-Pues mira, me has sorprendido con tu raciocinio sagaz. Debes estar aprendiendo conmigo y no me he percatado de ello, pues no tenía altas expectativas sobre la desenvoltura de tu sesera.
-Entonces eres mala maestra, ya que deberías conocer el efecto y la influencia de las expectativas en el aprender, de manera que esas expectativas se confirman, como profecías autocumplidas, para estimular o, en buena parte de los casos, aminorar los logros de quien las recibe.
-Mira qué bien te ha quedado eso de las “profecías autocumplidas”, escribidor, y hasta puedes haberte callado que se trata del efecto Pigmalion, por el escultor que quedó prendado de la estatua de Galatea, hasta que tomó vida corporal para unirse a él.
-Ya, no solo me he callado el nombre del efecto, sino el anhelo de transformarte de bruja arisca y áspera, sometida a la eterna obediencia a Satanás, en una cariñosa y bella mortal, con la que yo pudiera envejecer entre arrobos y complacencias amorosas. Pero esta profecía, Dios santo, no va a cumplirse nunca.
-Vade retro, que se te ha ido la olla, escribidor profético, y mientas a quien no debes si queremos tener esta conversación en paz. O vuelves a la Feria a oscuras o te oscurezco por una temporada.
-No aguantas ni siquiera un guiño cómplice, bruja de mis desvelos. Pero vamos a la Feria a oscuras, pues, en tan alegre y animosa celebración, no faltan quienes viven, y sienten, la Feria de muy distintas formas. Ya sea como espectadores con los días torcidos por la desgracia, el infortunio o la desesperanza, ya trabajadores y operarios extenuados por las intensas faenas de las jornadas, ya anónimos deambulantes por el real que buscan lo que no encuentran.
-Te estás creciendo, plumilla pretencioso, con lo fácil que sería resumirlo diciendo la Feria que no se ve, la que no se manifiesta al modo consabido y propio, la que no es Feria ni lo parece.
-O sea, bruja preclara, la que ni siquiera puede transformarse mediante un hechizo benéfico o un conjunto solidario, excluida la caridad -y no nombro más- de las virtudes, es un decir, brujescas.
-Los encantamientos, aprendiz de escribiente, son pasajeros y solo remedian el infortunio como en un intermedio de las penalidades, aunque baste con ello para resarcirse de la calamidad.
-Entonces, y aunque te ofusques, bruja satánica, bastante mejor resultarán los milagros, aunque no sean tan hacederos como esos que tú dices hechizos de pacotilla.
-Te lo has buscado, pazguato, porque me has reclamado con la Feria a oscuras para endiablarme con esos que tú dices guiños cómplices. De modo que oscuro vas a tener el entendimiento para juntar más de dos palabras.
-No mientes ruina, bruja malévola, que estar endiablada es tu estado natural y yo solo alcanzo el de aprendiz de brujo.
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