Bofetada azul en el paisaje de Triana
La Caja Negra
La contemplación de Betis desde el Paseo de Colón incluye otra agresión contra una de las mejores estampas de la ciudad
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Habla Sevilla, habla
La calle Betis debería ser una de las más mimadas de la ciudad. Su trama, su ubicación, el caserío que conserva, su condición de fachada principal del barrio y fundamental de la ciudad... Está en las rutas obligadas de la Sevilla de postal, que es la que capta los turistas que, dicen, son vitales para nuestra subsistencia. La contemplación de Sevilla desde la calle Betis constituye eso que llaman una experiencia, no digamos ya almorzar con vistas al río hasta cuando cae la lluvia. Contemplar la calle Betis desde el Paseo de Colón es una delicia... hasta que se recibe una bofetada azul por la feliz idea que tuvo alguien de pintar de ese color la fachada que se antepone al templo de Santa Ana. Estas cosas ocurren en Sevilla más veces de las deseadas. Triana fue incluida en su día en el ámbito de la declaración del conjunto histórico, como todo el centro de la ciudad y el barrio de San Bernardo. Se consideró oportuno proteger los dos arrabales, más allá de un centro que es de inabarcables dimensiones.
Es evidente que la normativa no ha servido para concienciar a los titulares de casas de la responsabilidad especial que supone ser propietario en el conjunto histórico. Ni leyes ni ordenanzas han logrado el objetivo deseable en una ciudad que tiene sus principales reclamos en el patrimonio histórico-artístico, la convivencia en la calle todo el año, las fiestas y el clima.
La bofetada azul genera una pregunta. ¿A quién se le ocurre semejante patraña? ¿En qué momento alguien considera que es una buena idea pintar una fachada de primera línea en Triana con el color del comedor de una marisquería de playa? La lista de los horrores es tan extensa que solo podemos abundar en que el gran fracaso se produce en la falta de concienciación. No tenemos límite a la hora de cantar la belleza, las bondades y las posibilidades de disfrute de la ciudad, pero no la cuidamos con la intensidad y el esmero exigibles. Alguien perpetra esta barbaridad azul, pero nadie dice nada. Aparece un buen día y la asumimos, nos la tragamos, acaso la comentamos en privado, pero todos callados. Crecen los remontes como champiñones, perdemos los tejados y azoteas en favor de las piscinas para turistas, las casas de vecinos desaparecen para acoger apartamentos, y las tabernas se adaptan a unos viajeros que invaden negocios hasta imponer sus usos, o que hacen colas de espera absurdas para entrar en otros que son de antes de ayer por la mañana.
Pero la bofetada azul no es obra de ningún turista, sino del propietario de una casa en la calle Betis, alguien al que se le supone que valora una ubicación de máxima cotización. No hay mayor tolerancia que colocarse en el monumento diseñado por Chillida y mantener la serenidad al tropezar la vista con la lengua azul que chirría delante de la silueta de la torre de Santa Ana.
No dudamos de que Sevilla era más fea en los años setenta y ochenta, como se comprueba en muchas fotografías de esas décadas que enseñan un centro negruzco y con desconchones que eran la marca estética de la Sevilla del final del franquismo y de los años previos a la Exposición Universal, todavía peor en períodos de campaña electoral cuando la cartelería se llevaba meses en fachadas y vallas. Pero una ciudad de las características de Sevilla no puede ni debe bajar la guardia en la salvaguarda de su patrimonio. La tensión debe ser cotidiana, porque cada día aparece un nuevo caso de agresión, sea en supuestas rehabilitaciones, en nuevas construcciones, en escaparates de comercios o en chirimbolos de muy diverso tipo. Una cosa es que asumamos pronto las barbaridades para sufrir menos (desde las Setas a las farolas del Puente de los Remedios, pasando por el lengüetazo azul trianero) y otra que no levantemos la mano para, al menos, dejar constancia de que se han producido. La culpa de este nuevo caso no es el turismo masivo, sino la carencia de tacto que se presume en quien es propietario en un lugar de reconocida singularidad. Tal vez sea mucho presumir.
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