‘El eterno presente’ de Cachito Vallés

El CAAC acoge la que hasta el momento es la mayor exposición del artista sevillano, proponiendo un recorrido por toda su trayectoria. Mientras que la galería Barrera Baldán muestra algunos de sus últimos trabajos.

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La obra 'Rayleigh' de Cachito Vallés, producida ex profeso para la exposición en el CAAC. / Claudia Ihrek
Guillermo Amaya Brenes

31 de enero 2026 - 11:27

La ficha

‘El eterno presente’. Cachito Vallés. Centro Andaluz de Arte Contemporáneo. Hasta el 24 de mayo.

'Noche cerrada'. Cachito Vallés. Galería Barrera Baldán. Hasta el 28 de febrero.

El trabajo de Cachito Vallés (Sevilla, 1986) parece escapar de lo que esperamos de un artista sevillano nacido en los años 80: estructuras de hierro, luces led, obras que se activan ante el paso del espectador, sonidos que no sabemos de dónde provienen, cuadros que no han sido pintados por el artista o cuadros cuya pintura aparece y desaparece. Qué agradable (y excepcional) sensación la de sentirse desconcertado al recorrer una exposición. Cachito lo consigue sobradamente. Su obra parece emerger siempre de forma imprevisible, enfrentando al espectador constantemente a lo inesperado (incluso a los que ya la conocemos bien).

Con El eterno presente el CAAC reúne 32 piezas del artista, de las cuales 10 han sido producidas ex profeso para esta exposición, recorriendo así gran parte de la trayectoria de Vallés y las diferentes líneas de trabajo que ha seguido. El proyecto expositivo, comisariado por Yolanda Torrubia (jefa del servicio de actividades y difusión del CAAC), ha sido concebido para generar un diálogo con el Claustrón Sur y el Arco de San Miguel del Monasterio de la Cartuja. En este diálogo se entremezclan lo histórico y lo contemporáneo, surgiendo la memoria del espacio como una de las materias primas en el discurso expositivo que propone el artista.

Cachito Vallés fotografiado en su estudio / Claudia Ihrek

De forma paralela y hasta el 28 de febrero, el artista sevillano expone en la galería Barrera Baldán Noche cerrada, donde pueden verse algunos de sus últimos trabajos. En esta exposición el artista reflexiona sobre el fenómeno de la noche como un espacio-tiempo efímero, donde el juego entre luces y sombras se vuelve drástico, encerrando enigmas que revolotean hasta el amanecer.

Las obras de Cachito no deben observarse de paso ni de forma superficial, están producidas para detenerse, para que el tiempo, en su transcurso lineal, sea capaz de hacerse ancho frente a ellas. Un tiempo en el que convergen la memoria del espacio, la memoria procesual de las obras y la propia experiencia que ante ellas se desencadena. Un “eterno presente” donde se articula lo cíclico y lo azaroso; un presente que se despliega en diferentes direcciones, expandiéndose más allá de lo tangible; el presente y la luz como artífices de un lapso, de una brecha profunda que se abre bajo los umbrales de un nuevo tiempo.

Un ritual donde el tiempo se detiene, pero sigue vibrando (puede oírse su pulso), desplegándose hasta las fronteras que la luz abarca.

A pesar del carácter tecnológico que envuelve gran parte del trabajo de Cachito, hay en su obra algo que evoca una y otra vez a lo pictórico. En ese juego barroco del claroscuro, el artista trata la luz no sólo como un modo de iluminar, sino también de alterar o de generar una nueva realidad (esa capacidad pictórica que trasciende la representatividad). En otro sentido, las huellas de lo manufacturado emergen en la obra como el rastro del pincel y el azar con el que son ejecutadas algunas de sus obras a través de la programación de un software, como lo fortuito que obliga al pintor a plegarse ante su propia pintura.

Otras de sus obras sí emergen (en un sentido formal) como cuadros. Estos, en ocasiones cuentan con un bastidor de aluminio y “la pintura” se conforma a través de tubos led (como en la serie Retícula), en otros la pintura es impresa en 3D, ejecutada a través de láser o plotters creados por el propio artista (como las series System, Noise o Trace) y en otros la pintura fotosensible se manifiesta tras el paso de un láser y va desapareciendo poco a poco, generando un dibujo que se transforma continuamente (en la serie Continue Forever). En estas obras se revelan las tensiones entre artista y tecnología, entre programación y ejecución. Una articulación que va pendulando a lo largo de la exposición y que hace vacilar la mirada del espectador.

La obra 'Sun Twist', bajo el arco de San Miguel del Monasterio de la Cartuja / Claudia Ihrek

En El eterno presente se revelan también las influencias que han marcado la obra de Vallés, como el trabajo de los artistas del Centro de Cálculo de Madrid (especialmente Manuel Barbadillo, Elena Asins, Geraldo Delgado y Soledad Sevilla), la experimentación del sonido y la música en relación con el tiempo de John Cage o Brian Eno o la estética minimalista de los 60 y los 70. En un sentido más conceptual, en esta exposición están muy presentes el ensayo La salvación de lo bello, del reciente ganador del Premio Princesa de Asturias, Byung-Chul Han o la idea del eterno retorno de Nietzsche. Todas estas influencias convergen en la obra de Cachito generando un lenguaje propio, con un acento (no lo debemos olvidar) de la Escuela sevillana de pintura.

En estos tiempos, donde en ocasiones la tecnología se antoja una amenaza, Cachito nos recuerda que lo tecnológico forma parte de lo humano, que no se encuentra frente, sino dentro de lo humano (y viceversa). La tecnología como un elemento que nos recorre como individuos y como sociedad de forma transversal y que él toma para hacerlo poético, para transformarlo en obra de arte. Así, obras como Continuum se activan ante la presencia del espectador, interactuando con él, acompañándolo, generando una sombra de luz a su paso. En otras, como Sun Twist o Solitude, aparece el agua, no para provocar una tragedia especular como la de Narciso, sino para espejarnos dentro de la obra, formando parte de ella y de la tecnología que la constituye.

Una de las salas expositivas de 'El eterno presente' / Claudia Ihrek

En definitiva, Cachito Vallés hace que el tiempo y la luz participen de una misma liturgia. Un ritual donde el tiempo se detiene, pero sigue vibrando (puede oírse su pulso), desplegándose hasta las fronteras que la luz abarca. Una luz que lo ilumina, lo transforma, alumbrando un nuevo tiempo donde cada sombra encierra un destello; cada ruido, una armonía. Un reflejo suspendido entre la memoria y la experiencia. Así, El eterno presente constata la solvencia de un artista que, a pesar de su juventud, ha sido capaz de articular un lenguaje propio y complejo con el que abordar la belleza de un modo exquisito.

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