Análisis

José León Castro

Catedrático de DerechoCivil de la Universidad de Sevilla

Secuelas de un fiasco

El autor reflexiona sobre la política nacional tras la celebración de las elecciones catalanas y aboga por una casa común para socialdemócratas, liberales y conservadores

A Pablo Casado sólo se le ocurre una mudanza inmobiliaria e inmovilista.

A Pablo Casado sólo se le ocurre una mudanza inmobiliaria e inmovilista.

Se cuenta que tras fallecer Rafaela Romero Renedo, esposa del célebre Rafael Molina Lagartijo, con la que no había tenido descendencia matrimonial, se presentó el suegro en el domicilio del yerno exigiéndole la mitad de sus ingresos y ahorros en concepto de liquidación de gananciales. El diestro, sorprendido, evacuó consulta con su gran amigo Romero Robledo, a la sazón ministro de Gracia y Justicia, quien le confirmó lo cierto de la pretensión y que no se metiera en pleitos. “Ah, o sea que entonces de los diez minutos que he estado yo en la cara de más de 4500 toros, la Rafi ha estado cinco minutos, toreando al alimón conmigo, ¿no?”, replicó Lagartijo.

Pues eso mismo, sino que, con bastante menos gracia, porque no tiene absolutamente ninguna, le ha venido a decir Junqueras a su cómplice Pedro Sánchez que, desde luego, eligiendo socios es aún más torpe que gobernando. Porque, en efecto, cuando el tan flamante cómo pírrico vencedor de las elecciones catalanas, Salvador Illa, le propuso una alianza al recluso en libertad provisional, éste le contestó que eran partidos antagónicos. Es decir, mutatis mutandi, lo de aquí es mío y lo de allí (en Madrid) es nuestro. ¡Manda cullons! o, mejor dicho, faltan por los madriles. Para completar el cuadro, los moraditos se postulan para lo que son, llave y bisagra de ninguna puerta. Y me pregunto, ¿se habrá percatado el pobre Illa que él no era un efecto, sino que ha resultado ser la más grotesca de las paradojas?

Ciertamente las extrapolaciones suelen ser poco consistentes, pero sí al menos sirven para extraer conclusiones. De un lado que sólo los bloques tienen alguna expectativa de consolidación y, de otro, que solamente un partido, se quiera o no, ostenta números satisfactorios. Con tan corto bagaje debo reconocer que no me interesa la política, sólo cuando es la salud espiritual de un pueblo lo que se juega y que, en todo caso, me aburre sobremanera. Respetaré siempre la idea que de la política tuvieron Felipe González o Adolfo Suárez, hombres con verdadero sentido de Estado, muy lejos de los actuales tahúres que, al modo de la sentencia machadiana, entre ellos se mienten, pero no se engañan. Ninguno de nuestros políticos hoy, sean del signo que sean, tienen programa de partido, solo de intereses personales. 

Sin embargo, el momento actual ofrece un dato algo más que curioso en Cataluña y es que ¡nadie parece haber ganado, pero tampoco haber perdido! Veamos algunas cifras que, no por más conocidas, dejan de ser muy esclarecedoras.

PI Turrión lleva cinco años despilfarrando votos en todas las elecciones, pese a ser el gran aliado de los golpistas, presos o fugados, y es por ello que ha decidido volver a sus orígenes de alentador de la camorra callejera y su particular idea de casta. Cs, él solito, pierde casi un millón de votos, 30 escaños, o 52 si se cuentan los que llegó a tener Rivera, antes de que su cerrazón condujera a la irrupción del popusanchismo.

El PP casi 80.000 votos menos. El voto independentista pierde en el camino hacia su utopía la friolera de más de 700.000 votos, aunque se tamiza en número de escaños. La abstención ha rozado el 50%, es decir casi un millón de compatriotas que decidieron no participar en la farsa. Illa sólo sacó 44.000 votos más que el bailarín Iceta. Finalmente, Vox aparece con 200.000 votos que más provienen del castigo a otras opciones que de su papel de alternativa, y cuyo gran mérito ha sido desprenderse de cualquier complejo frente a ellas. Así las cosas, vaya preparando pasta para el peaje Sr. Sánchez.

En resumidas cuentas, resulta más que curioso que el partido que más impulsó la convocatoria y que ganó en números las elecciones no ha ganado nada en realidad; que el partido que se estrenaba ha arrasado sobrepasando a grupos más o menos próximos, tampoco ha ganado; y que los soberanistas tienen que aliarse porque por separado tampoco rozan siquiera su objetivo.

En el capítulo de responsables el análisis se antoja más fácil si bien convendrá huir de visiones personalistas. Nadie es quién para meterse en si Casado o Arrimadas deben irse o quedarse, pero si la una no cesa de regalar guiños y de girar sobre sí misma olvidando que ni de niña mona ni de tonta útil la conducen a parte alguna, al otro, olvidando el consejo ignaciano, sólo se le ocurre una mudanza inmobiliaria e inmovilista. Su asesor aúlico, legendario campeón de lanzamiento de huesos de aceitunas, modalidad olímpica no homologada y restringida a inútiles palmeros, Teodoro García Egea, saca pecho por su cada vez más errático jefe, asegurando que el único responsable del ridículo catalanista es el nuevo hombre de las mil caras, Luís Bárcenas, elevado así a la categoría de “maestro armero”.

La gran lección a aprender de las elecciones catalanas es precisamente que sólo los bloques suman pero, eso sí, dentro de un orden que, además, habría de ser inequívocamente constitucionalista. En ello debería reflexionar la acomplejada oposición desde ya, en pos de cohonestar un programa ad hoc y colmar un liderazgo, hoy por hoy inexistente. No espere más Sr. Casado, actúe antes de que se lo exijan las urnas. No le queda otra, pero antes debe recapacitar, porque de nuevo ha errado el mensaje y el adversario. El mensaje se lo han trazado con nitidez Cayetana, Ayuso, Feijoo, Almeida, y todos sus mejores activos.

Asimismo, mientras siga empeñado en abatir a Vox olvidará que en ese combate tiene Sánchez su mejor aval para impedirle su llegada a Moncloa. Cs ya apenas cuenta y los corruptos radicales no merecen sino el desprecio. La renuncia a una batalla ideológica y cultural con la que combatir la zafiedad y la grosería de quiénes hasta hablando cometen faltas de ortografía, hará que se les siga votando en lugar de botando.

En suma, más que redefinir o refundar un partido, se debe buscar la vertebración de un espacio y una casa común donde convivan socialdemócratas, liberales y conservadores que no quieren una España abocada a la corrupción, la violencia, la fragmentación y, en definitiva, a la progresiva e incontenible decadencia. Sólo así podremos volver a disfrutar de esa obra monumental a la reconciliación y a la democracia que fue la Transición.

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