Un balcón, una ojiva y un guardia

Un agente de escolta pide en la bulla que se acerquen a ver la Virgen durante el año

Los costaleros del palio de los Desamparados ayudan desde fuera a sus compañeros a superar la ojiva de San Esteban.
Fernando Pérez Ávila

08 de abril 2009 - 01:00

Tres de la tarde. "Por aquí ya no se puede pasar. Dé la vuelta. Tenía usted que haber llegado antes". El diputado de seguridad de San Esteban obliga a todo el que quiere llegar hasta el templo a que lo haga rodeando la Plaza de Pilatos, saltando entre el público y sorteando a los miembros de la banda de la cruz de guía. Una madre le reprocha que ha dejado antes a su hija dentro del templo y se la ha encontrado andando por mitad de la calle Águilas. "¿Me puede explicar cómo ha salido de la iglesia?". Otro padre se entera de lo ocurrido y quiere asegurarse de que su hijo está dentro de la iglesia. "O me deja entrar o me llevo al niño".

Tres y cuarto. Se abren las puertas. No cabe nadie. Los que llevan tres horas detrás de la valla se encuentran con que se les cuela gente que viene remontando la cofradía desde la Alfalfa. "Hay que tener cara, vamos". Uno de los caraduras mira arriba, al lado contrario de la iglesia y le dice a su acompañante: "Mira, quillo, qué buen balcón". Es un edificio en obras, del que no cuelgan damascos sino un cartel de una inmobiliaria.

Tres y media. Se mueve el paso de misterio. En el balcón aparecen tres albañiles con ropa de faena, emblanquecida por el polvo, la mezcla y el yeso. Uno de ellos saca una cámara de vídeo digital y graba toda la salida del paso de misterio. Cuando éste gira, el obrero se arrodilla para filmar más de cerca. Es casi una figura más del paso. Las plumas del soldado le pasan a menos de un metro. "Joé, con el obrero", comenta, con envidia, un fotógrafo aficionado.

Cuatro de la tarde. Salen tramos de nazarenos y se preparan los costaleros para el milagro de cada año. La Virgen de los Desamparados avanza dentro del templo a los sones del himno de Valencia. Cuatro y cuarto. Se produce el milagro, con el golpetazo de rigor de la perilla del palio al diente de la ojiva.

Cuatro y media. La bulla delante del paso obliga a lucirse al guardia civil que escolta el palio, que escribe un tratado de saber estar. "Venga, vamos a andar un poquito, vámonos, hasta la Casa de Pilatos hay que llegar ahora que el paso no se puede parar". Lo dice y pega empujones, pero así, con gracia, sin malos modos, con una sonrisa en la cara, hasta parece que gusta. "También tenemos que venir a verla de vez en cuando durante el año, eh, no sólo el Martes Santo". "¿Pues sabe qué le digo, agente? Que lleva usted razón".

No hay comentarios

Ver los Comentarios

También te puede interesar

Lo último