El dorador: un saber enciclopédico para sacar luz y brillo

El Aprendiz

El taller de Abel Velarde aplica un riguroso procedimiento que implica labores de carpintería, talla, restauración y aplicación del oro

El encarecimiento de la materia prima obliga a proveerse del noble metal antes de iniciar un proyecto

El cartelista: el patio donde se creó la primera luz

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El Aprendiz El dorador Abel Velarde / Ismael Rubio

Un saber enciclopédico. Un oficio que engloba otros más. Dorar no es sólo aplicar las láminas del preciado (y carísimo) metal a la madera. Es mucho más. Especialmente cuando se trata de hacer a la perfección un trabajo que requiere de mucho tiempo y precisión. Ningún paso se pueda dar en balde, a la ligera. Las consecuencias serían nefastas. Sobre todo en unos tiempos en los que el precio del oro está disparado. Ante tal desembolso, la calidad ha de ser máxima.

En el taller de Abel Velarde Medrano suena la música de una radio fórmula de fondo. Temas exitosos del momento. Nada místicos. Hay que hacer llevaderas las largas horas de trabajo que quedan por delante. Animar una cuaresma en la que la jornada laboral se alarga hasta las 15 horas. Muchos encargos por entregar.

La trayectoria formativa de este sevillano resulta bastante curiosa. Comenzó en el oficio a los 18 años, cuando entró de aprendiz en el taller de Manolo y Antonio Doradores. A los 25 abrió su propio negocio. Lejos de conformarse con lo aprendido de sus maestros, quiso tener títulos oficiales. Por tal motivo, a los 31 años entró en la Escuela de Arte, donde cursó un grado superior de Escultura. Luego pasó a la Facultad de Bellas Artes, en la que se tituló en Restauración. No contento con ello, añadió a su currículo dos másteres: uno en Restauración y otro en Patrimonio. Defensor de que el taller es "la mejor escuela", reconoce que los estudios superiores le han aportado un gran bagaje cultural y, sobre todo, el conocimiento a la hora de "moverse en el mundo artístico".

Decapado del estuco a través del serrín mojado. / Ismael Rubio

La formación en este ámbito, además, debe ser continua, debido al complejo proceso que se acomete cada vez que una pieza -retablos, canastillas, respiraderos o candelabros de guardabrisas- llega a su obrador. Abel explica al detalle cada una de las fases. La primera es el tratamiento de la madera, labor propia de la carpintería. En caso de que se trate de un conjunto que hay que volver a dorar, se empieza por el decapado, para lo que bien se usa serrín mojado o se somete a la técnica de arena, mediante una máquina de comprensión que arranca el estuco anterior dejándola en la base.

El segundo paso consiste en la imprimación de la cola de conejo. Esta sustancia es fundamental para la unión del nuevo estuco y el dorado con la madera. A continuación, se coloca otro material, la pasta de madera para igualar la superficie. "En esta fase, si comprobamos que hay faltas importantes del material base, se reconstruyen esos trozos de madera", abunda.

Otro trabajo importante es el trapeado. A través de él, se coloca una muselina (tela fina de algodón) entre las juntas de la madera, lo que facilita las uniones de éstas. "Así se evita que cuando se aplique el estuco surjan grietas en la superficie", aclara Abel Velarde.

Tratamiento de la madera para recomponer las piezas perdidas. / Ismael Rubio

Posteriormente, se procede al estucado. "Es un componente químico que surge de la mezcla de la cola de conejo con el sulfato cálcico", añade este artesano, quien explica que la cantidad de ambos componentes ha de ir en proporción al estado que presente la madera. "Si está muy seca, hay que añadir en el estuco más cola de conejo, para hacerla más flexible", incide.

Y aún queda un paso más antes de aplicar el oro: el retallado. "Es algo en lo que hacemos mucho hincapié". Para ello se hace uso de las gubias y los rascadores. El objetivo es evitar que la talla quede embotada con el dorado. "Nuestro trabajo está pensado para engrandecer una obra, pero si lo hacemos mal, la empequeñece, de ahí que esta fase sea fundamental", aclara Velarde.

"No es un oficio que se limite al uso del oro. Engloba muchos conocimientos: carpintería, talla, pintura y restauración". Un saber prácticamente enciclopédico para potenciar el valor de los talleres que han intervenido antes en la madera.

Las delicadas láminas de oro italiano con las que trabaja el taller. / Ismael Rubio

Luego llega la fase final, el dorado propiamente dicho. En este obrador se usan láminas de oro italiano, de 23 3/4 kilates, lo que otorga "una gran pureza". Para su empleo, se requiere de cuchillos especializados para cortarlo y de pinceles para el manejo. Tal es la delicadeza del material, que si se toca con los dedos, se deshace al instante. Una vez aplicado sobre la superficie, hay que esperar al secado, que puede durar entre 5 y 24 horas, en función de las condiciones ambientales. Pasado este tiempo, toca bruñir, técnica mediante la cual -con una piedra de ágata- se pule el oro, jugando con los brillos y mates del mismo, lo que consigue dar el volumen acertado a las piezas.

Un proceso complejo en el que se tardan meses y en el que "no debe haber prisas". Cualquier fase que se acorte puede comprometer el resultado. A ello se une un factor circunstancial que ha añadido una dificultad: el encarecimiento del oro.

La labor del bruñidor. / Ismael Rubio

En los últimos meses el gramo de oro se ha llegado a situar en 152 euros. Ahora mismo está en 148. Los constantes vaivenes ha puesto en apuros al taller, que se ha visto obligado a asumir el encarecimiento del presupuesto acordado con las hermandades. Por esta razón, desde hace meses se ha decidido que antes de iniciar cualquier encargo debe proveerse de la cantidad de láminas de oro necesarias para evitar dichos desajustes. "Antes se compraba según avanzaba el trabajo, ahora hay que tenerlo antes", señala Velarde.

Todo ello sin olvidar las labores de conservación, de las que por fin se conciencian cada vez más las hermandades. Un trabajo que supone reparar regularmente la pérdida de dorado que cada año sufren los pasos tras la Semana Santa. Se evita, así, un deterioro avanzado de un material cada vez más caro. El oro es hoy todo un lujo.

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