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Amigo de Sevilla

Juan Ignacio Zoido

26 de enero 2012 - 01:00

EL mejor recuerdo que tengo de fray Carlos Amigo Vallejo, y le llamo así porque nunca le gustó perder su condición de fraile a pesar de ser cardenal de la iglesia católica, es su voz, su temple, su manera de comunicar, su calidez, su sencillez franciscana que lo hizo un arzobispo cercano al pueblo, conocedor de sus problemas e inquietudes. Supo integrarse en la vida de Sevilla como un vecino más, disfrutar de sus fiestas y costumbres, participar de sus tradiciones y hacer suyos los problemas de la ciudad en el tiempo que le tocó vivir. En los casi 30 años que estuvo en Sevilla nos enseñó la doctrina de la humildad y la comprensión, de la escucha permanente y el diálogo con todos, sin importar condición ni categoría.

De Amigo Vallejo admiro su capacidad para escuchar, reflexionar, dialogar, ceder y consensuar, no imponiendo nunca a los demás su doctrina, principios o valores. Al contrario, a partir de ellos y siendo siempre fiel a la doctrina de la Iglesia, se ponía en el papel de la otra persona, por lo que se ganó el cariño y la admiración de todos los sevillanos.

Fray Carlos obtuvo muy pronto el título de Amigo de Sevilla porque supo estar al lado de su pueblo como el pastor que cuida de sus ovejas. Esa actitud de cercanía y comprensión con los problemas de la gente, y especialmente de los más débiles, adquiere un mayor valor en una sociedad que, en el momento que le tocó dirigir los designios de la Iglesia sevillana, se encontraba en permanente crisis, radicalizada y crispada, y donde muchas veces se premiaba y ensalzaba el desprestigio del que pensaba distinto. Amigo Vallejo ha sido un gran ejemplo de puertas abiertas, de mano tendida y de saber escuchar. A nadie le pidió su carné de identidad para sentarse con él.

Carlos Amigo Vallejo supo compaginar su responsabilidad de arzobispo y su condición de cardenal con su actitud de fraile franciscano cercano a los problemas del pueblo. Igual estaba entre las grandes obras de arte del Vaticano, como en octubre de 2003 con ocasión del consistorio de donde salió como nuevo cardenal, que en las cárceles de Sevilla con los presos, o abriendo la Catedral por las noches para acoger a trabajadores concentrados en defensa de sus empleos. Sevilla lo vio ofrecer su hombro al padre de Marta del Castillo, a los hijos de Alberto y Ascensión y a la mujer de Antonio Puerta.

Y también lo vio como anfitrión del Papa en Sevilla en dos ocasiones, en los triunfos del Betis y del Sevilla, en las grandes solemnidades de la liturgia local, en la celebración de la entrada de un nuevo siglo, caminando tras los restos de Santa Angela por las calles, o de visita en la lonja de Mercasevilla conociendo en directo a esa parte de ciudad que trabaja cuando la otra descansa.

Todavía resuena su voz en defensa de los más débiles, comprometido con los temas de máxima preocupación social o condenando el terrorismo. Sin pelos en la lengua, su voz se ha oído en toda España desde Sevilla. Ningún sevillano olvidará la justa y necesaria homilía en el Altar Mayor de la Catedral en 1999 con motivo del funeral por Alberto y Ascen. Sus palabras calaron hondo, con fuerza, en un pueblo, el sevillano, herido por la bestia terrorista; y en una nación, España, donde crecían las críticas a ciertos miembros de la jerarquía eclesiástica vasca, a la que se le reprochaba una posición ambigua: "Os podemos perdonar, pero no nos pidáis que renunciemos a la búsqueda de la paz por todos los medios legítimos".

Amigo Vallejo fue un trabajador incansable, y lo hacía con una sonrisa y con el convencimiento de que nadie podría parar sus proyectos e ideas. Alcanzó sus metas y objetivos con esfuerzo, trabajo, sacrificio y mucha ilusión, y con buenos equipos a su lado, como Juan Garrido Mesa y Manuel Benigno García Vázquez, que estuvieron junto a él en tareas fundamentales para la modernización de la gestión de la Iglesia de Sevilla que hoy conocemos. Sé que ellos fueron dos de sus muchos y trascendentales apoyos. También destacó del cardenal Amigo su especial celo en el cuidado del clero, al lado de sacerdotes jóvenes y veteranos.

Siempre le he agradecido sus reiteradas defensas a los cargos públicos, a los que siempre consideró y considera como instrumentos necesarios al servicio de la sociedad.

Estoy convencido de que todos estos valores han hecho que los sevillanos hayamos tenido durante 27 años a un cardenal que ha sobrepasado al arzobispo de las brillantes homilías y acertadas cartas pastorales. Amigo Vallejo es un cardenal de todos, para todos y siempre dispuesto a todo en beneficio de la Iglesia y de Sevilla, recogiendo el mejor espíritu aperturista de una ciudad que hoy lo sigue teniendo como a su ilustre vecino.

Todavía hoy Sevilla sigue recordando a aquel arzobispo de mirada escrutadora ante una masa de fieles, y su disposición serena y firme para tener un gesto de cariño con los más pequeños, con los mayores y, por supuesto, con los discapacitados, ya fuera en el altar mayor de la Catedral o en el último pueblo de la Archidiócesis.

El galardón que va a recibir el cardenal, que lleva el nombre de don Manuel Clavero Arévalo, no es más que el reconocimiento de los sevillanos a un hombre que ha dejado una huella muy profunda en la ciudad. Un referente para varias generaciones de sevillanos, que han visto en él esfuerzo personal, entrega por las ideas y por las personas y solidez en sus convicciones. Así se ganó el cardenal el título que, estoy convencido, guarda con más cariño de toda su trayectoria: Amigo de Sevilla.

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