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El autor glosa la figura del artista Joaquín Sáenz Cembrano (1931-2017)

Saber estar sin protocolos

La excelencia de plata y oro

Joaquín Sáenz. / M. G.
José León-Castro Alonso
- Catedrático de Derecho Civil (j)

21 de febrero 2026 - 04:00

Joaquín Sáenz había nacido en la calle Alemanes, frente a la Puerta del Perdón, si bien su adolescencia y parte de su juventud se desarrolló en la imprenta, Gráficas del Sur, que su padre poseía en la calle San Eloy y de cuyos interiores nos regalaría escenas para la posteridad. Allí, en lo que para él siempre habría sido un gran laboratorio de ideas, surge el litógrafo experimentando en toda suerte de artes gráficas y dominando con maestría los colores y la luz. Pero sobre todo allí, en las horas de descanso, Joaquín descubre junto a la intuición del gran litógrafo, la emoción del inmenso pintor. Muy pronto todo ello dio paso a la serie de La Imprenta, debido en muy buena parte al entusiasmo que le mereció a Fernando Zobel. Por un corto espacio de tiempo, acude como libre oyente a la Escuela de Bellas Artes, a las clases de Miguel Pérez Aguilera. Pero Sáenz continuó siempre, desde la impresión, a la búsqueda del color, convirtiéndose en el gran maestro de las gradaciones tonales, como herencia directa de Zurbarán.

Yo lo conocí hace un buen puñado de años, a través de un buen amigo común y gran compañero del artista, Alberto García Ulecia. Mi primera impresión fue la de hallarme ante un emir árabe o un patricio romano encandilado ante las palabras de su amigo poeta, cuya mordaz ironía Joaquín trataba de combatir con una estudiada candidez. Más tarde, consolidada ya nuestra amistad, pasaba a menudo a visitarlo por su casa de la calle Gamazo, donde siempre lo hallaba “manchando algún lienzo” porque, como Buonarroti cuando eligió un determinado bloque de mármol porque dentro estaba el Moisés, también Joaquín estaba convencido de que bajo ese lienzo surgiría una auténtica obra de arte. Desde su casa, y tras ajustarse las tirantas de su sempiterno mono vaquero, gris o algo parecido, cruzábamos al bar Becerra donde frente a unas “papas aliñás” que le encantaban, podía disfrutarse de la charla amable y generosa del genio que siempre llevó dentro.

En una ocasión se me otorgó el privilegio y el placer de realizar una excursión a Conil porque Joaquín quería tomar apuntes de la playa de Bateles. Allí desembarcó con un rudimentario sombrero de paja, un pequeño caballete, una paleta y unos pinceles por todo equipaje. Y entonces surgió el milagro de unos colores y unas pinceladas que hacían fundirse idealmente, aquellas tres líneas mágicas, tierra, mar y horizonte, “la Santísima Trinidad de la pintura” que Alberto describió magistralmente en su libro A flor de tierra. Él y yo nos sentamos a una distancia razonable a espaldas del pintor y en intérvalos de quince o veinte minutos, Alberto sacaba una pequeña libreta y escribía: “..…un hombre está pintando…..La mirada del hombre se refriega bondadosa por el paisaje, como un viento que roza más no abate, como un hambre que acopia y no destruye, …..en el silencio del que está robando el paisaje que emana del paisaje. El hombre inventa la tierra en un bautismo de belleza, acumulando corazón al mundo”. Rima y color, la más sublime poesía, para dos formidables artistas y yo espectador feliz ante la emocional explosión de mis dos amigos. Y es que también para Joaquín la pintura debía cobrar su más excelso sentido cuándo arañara los entresijos del alma.

Más tarde llegarían los encargos para diversos carteles, el de la Bienal de flamenco donde consigue, como gran apasionado al cante jondo que era, recrear toda Sevilla bajo un mantón de Manila, el de la temporada taurina para la Real Maestranza, el del XXV aniversario de la Basílica de la Hermandad del Gran Poder, el de la Semana Santa donde con contenida emoción plasma al Santísimo Cristo de la Buena Muerte con la ciudad a sus pies, dando muestras de su profundo conocimiento de la obra de Francisco Pacheco, o el del tercer centenario de la factura del Cristo de la Expiración, el Cachorro, donde junto a bocetos de la cabeza, los brazos, las piernas, las manos o el sudario de la imagen, al estilo de Leonardo, el pintor traza una línea junto al muslo derecho del Crucificado para afirmar que esa es la única recta del cartel porque todo el Cachorro es una pura curva.

Podría decirse que la pintura de Joaquín Sáenz, en general, es una mezcla de técnicas impresionistas y realistas, con trazos de cubismo sobre todo en el paisaje urbano. Fue el gran pintor del río y, bajo la poderosa influencia de García Rodríguez o de Sánchez Perrier, nos legó paisajes fluviales como los marismeños desde la Cartuja, o desde el entorno de la Punta del Verde, y el aterramiento de Chapina para al fin recrearse en las luces de Triana con soberbios trazos de la amanecida. Esos cielos sutilmente irisados, los azules de algunas de las marinas que tanto había admirado en Torner, al que imprimió tonos de su personal lírica poética, y siempre el aire filtrándose por los paisajes de su memoria, eran muestra incomparable de la emoción que lo dominaba en cada una de sus creaciones. Pero también nos dejó insuperables bodegones o retratos fantásticos como el de Carmela, su gran compañera.

De las últimas veces que pude visitarlo, lo hallé frente a unos óleos, escuchando la radio, y me confesó que ya no recordaba lo que a lo largo de su vida había pintado, lo que en absoluto era óbice para que siguiera pintando, siquiera fuera haciendo acopio de sus recuerdos y describiendo la luz y el aire que había tratado de reflejar siempre en su obra. Al poco tiempo, tras una necesaria operación en una pierna que le impedía ya pintar de pie, a Joaquín le sobrevino una ceguera que la impedía hasta gozar con la recreación de sus cuadros. Alguien ha dicho, y es muy cierto, que cuando sus ojos se apagaron perdimos al pintor para encontrarnos con un conversador formidable.

Poco a poco su ánimo se fue minando aunque su trato, forzado o no, seguía siendo el de un hombre humilde y entrañable. En una ocasión recuerdo que entró un cliente a recoger un cuadro que le había encargado y con una gran carga de nostalgia se lo entregó no sin antes sugerir hasta el marco que mejor le iría. Añoro, solía repetir al final de sus días, las primaveras y los atardeceres, las verdaderas guías de mis pinceles. Y recordando una vez más a su gran amigo Alberto García Ulecia, nos consolábamos mutuamente en la certeza de que “Mundo y corazón son en el lienzo como una calentura ensimismada, la viva piel de una emoción efímera, salvada del olvido”.

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