Silencio y conmoción en una íntima despedida en Sevilla al maquinista Fernando Huerta: "Era un amor"

Familiares y amigos velan en el tanatorio de la SE-30 al sevillano fallecido el pasado martes en el accidente de tren de Rodalies

El Sevilla FC, Triana y la Macarena lloran la pérdida de Fernando Huerta, fallecido en el accidente de Rodalies

Amigos y familiares de Fernando se funden en un abrazo a las puertas del tanatorio donde se velan sus restos. / Juan Carlos Vázquez

El tanatorio de la SE-30 amaneció este sábado envuelto en un frío que no se medía sólo en el termómetro. En la calle, la mañana apenas marcaba cinco grados, pero dentro, en la segunda planta, el invierno era otro. El que se instala para siempre cuando alguien se va demasiado pronto. Allí, en la sala 16, Sevilla empezó a despedir a Fernando Huerta Jiménez, el joven maquinista muerto en el accidente de tren de Rodalies el pasado martes.

Sevillano, macareno y sevillista, la casualidad, o ese tipo de guiños que sólo cobran sentido en los momentos duros, quiso que fuera el número 16. El dorsal eterno de Antonio Puerta, otro joven sevillista que se marchó antes de tiempo y que hoy vuelve a sobrevolar la memoria colectiva de una ciudad que no termina de acostumbrarse a llorar a los suyos tan jóvenes.

Los restos mortales de Fernando habían llegado la noche del viernes, arropados por su gente, entre amigos, familiares y compañeros de vida, y rostros cansados, ojos enrojecidos y silencios largos. En las primeras horas del sábado, la intimidad marcaba el ritmo. No había prisas. Sólo abrazos lentos, palabras a media voz y miradas perdidas que buscaban entender lo incomprensible.

Varios jóvenes se abrazan a las puertas del tanatorio donde se velan los restos mortales del joven maquinista. / Juan Carlos Vázquez

La sala está llena, y llama la atención la juventud. Mucha gente joven. Demasiada. La tristeza se palpa, se cuela entre las sillas y se agarra a la garganta. "Están todos destrozados, como es natural", decía un amigo suyo, antiguo entrenador de fútbol en su infancia, con la voz rota y la mirada clavada en el suelo. No hacía falta añadir nada más.

Fernando tenía una única hermana. A su llegada al tanatorio, el tiempo parece detenerse. Se funde en un abrazo con un amigo del joven. Un abrazo largo, desesperado, de esos que no quieren soltarse porque saben que después no hay nada.

Poco a poco fueron llegando más personas. Amigos de toda la vida, del fútbol, de la Hermandad de la Macarena, de la que Fernando era hermano, o de la universidad, de aquella promoción de Periodismo que terminó, aunque luego decidiera aparcar esa carrera para perseguir un sueño distinto: ser maquinista de tren. Un sueño trabajado, ganado a pulso y cargado de ilusión.

Quienes lo conocían coinciden en lo mismo. Alegre. Comprometido. Disciplinado. De esos jóvenes que contagian ganas de hacer las cosas bien. "Era un amor", dice uno de sus amigos, y se queda sin palabras. No las encuentra para explicar "lo grande" que era Fernando. Quizá porque no se puede medir.

A pesar de la intimidad del momento y del dolor más crudo, algunos acceden a responder con frases cortas, casi suspiros. "Es una pena". La expresión se repite una y otra vez, como si el lenguaje no alcanzara para tanto. Los abrazos se suceden como la desolación, la impotencia y los ojos rojos.

Fernando había nacido en 1998, en el barrio sevillano de Las Naciones. Estudió Periodismo en la Universidad de Sevilla entre 2016 y 2022. Y después, casi sin mirar atrás, decidió lanzarse a aquello que de verdad le movía. Se formó en el Centro Europeo de Formación Ferroviaria y, tras conseguir la licencia y el diploma de maquinista, escribió en LinkedIn palabras que hoy duelen releer: ilusión, ambición, ganas de trabajar.

Llevaba apenas cuatro meses de beca en Rodalies cuando la muerte le sorprendió el pasado martes, con 27 años, mientras se formaba como maquinista, en un accidente provocado por la caída de un muro de contención sobre la vía. Fue la única víctima mortal. Este domingo será incinerado en Sevilla. El responso se celebrará a las diez de la mañana y, una hora después, llegará la despedida definitiva.

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