La ventana
Luis Carlos Peris
Del burka a Esquilache
HISTORIAS TAURINAS
En 1925 no hubo acuerdo entre Ignacio Sánchez Mejías y el gerente de la época, un tal Salgueiros. El polifacético cuñado de Joselito quedó fuera de la Feria de Abril pero aseguró al empresario de la plaza de la Maestranza que no se quedaría sin pisar el albero del Baratillo y escucharía las palmas del público. Así se las gastaban entonces: la tarde del 21 de abril, con Alfonso XIII y la reina Victoria Eugenia en el Palco del Príncipe, un espontáneo trajeado saltó al ruedo y pidió la venia al monarca, que concedió al instante. Vestido de paisano, Sánchez Mejías le sopló un histórico par de banderillas a un toro de Santacoloma y acabó con el cuadro. Fue su particular forma de arreglar un desencuentro que nos permite hilvanar esta historia que viene al pelo de los dimes y diretes que siempre despierta la presentación del abono de la temporada. Nunca llueve a gusto de todos...
El veto de Ignacio no había sido el primero. El califa cordobés Lagartijo, uno de los pilares indiscutibles de la historia del toreo, dejó de actuar en la plaza de la Maestranza –su última corrida en Sevilla fue en 1884 y se retiraría en 1892- por el acoso de un grupo de aficionados sevillanos. Pasaron muchos años antes de que su paisano Manuel Rodríguez Sánchez, el grandioso Manolete, se quedara fuera de la Feria de Abril de 1943 a raíz de un veto orquestado por los grandes empresarios de la época. Eduardo Pagés acordó junto a Orduña, Balañá y Peris, fijar un tope salarial de 30.000 pesetas en los honorarios del Monstruo. El pacto no tardaría en romperse aunque Pagés se mantuvo en sus trece doblegándose finalmente en 1944 para contratar a Manolete en Sevilla en una cifra muy superior.
Algo muy parecido ocurriría algunos años más tarde, bajo una nueva dictadura califal. Diodoro Canorea, junto a la plana mayor del empresariado taurino, peregrinó a la finca Villalobillos para pedir a Manuel Benítez El Cordobés que reconsiderara su decisión de dejar los ruedos. Había mediado una conjura para rebajar sus altísimos honorarios, que volvieron a dispararse después de que los empresarios recogieran velas firmando aquel original pacto en la misma almohada que el genial Benítez aseguraba haber “consultado”. Pero esas dos alianzas empresariales ya habían tenido precedentes: el propio Joselito El Gallo abortó una reunión de encopetados gestores taurinos en el Hotel Palace de Madrid que se había convocado para bajar los humos dinerarios al propio Gallito y a Juan Belmonte. Entró en el sala por sorpresa diciendo: “Voy al Lhardy a tomar café; si veo alguno cuando vuelva no me contrato con él jamás”. La reunión se disolvió al instante aunque cabe preguntar qué fuerza tenían aquellos toreros y cual sería–se pueden salvar dos- la de los actuales.
El estreno de Diodoro Canorea al frente de la gerencia de la empresa Pagés se había producido en 1959. Ése fue el comienzo –de paso- de una larga amistad personal y profesional con un torero que se había alternativado el mismo año en las Fallas de Valencia. Curro Romero, no es otro, debutaría esa misma temporada como matador de toros en la Feria de Abril cortando dos orejas aunque el gran triunfador del ciclo fue Antonio Ordóñez que se llevó cuatro y acabó con el cuadro. Pero había comenzado un idilio. Un año después, en 1960, Canorea tuvo que sumar una tarde a los carteles previstos para que Curro, inicialmente ausente, entrara en la Feria. Ya no faltó hasta su retirada, que fue pareja a la desaparición del propio Diodoro y al salto a la palestra de su hijo Eduardo y su yerno Ramón Valencia.
Pero aquella década prodigiosa se había visto marcada por la hegemonía cordobesista, que ya arañaba el famoso kilo de billetes que tanto mosqueaba a las empresas. Antonio Ordóñez tenía previsto reaparecer en 1965 picado por las cifras que manejaba el melenudo de Palma del Río. La agenda del rondeño no andaba plagada de contratos aunque el bueno de Diodoro Canorea se presentó en Valcargado una mañana de Navidad con una botella de Alfonso y dispuesto a contratarlo. El maestro pidió el dinero del Cordobés y Diodoro no tardó en salir de allí sin contrato y con la misma botella que, sin descorchar, repetiría idéntico viaje al año siguiente. Esta vez fue Ordóñez el que castigó a Canorea, que ahora sí venía dispuesto a aflojar el kilo de marras animado por la temporada histórica que había protagonizado el coloso de Ronda. Ausente en 1965 y 1966, Antonio Ordóñez reapareció en la plaza de la Maestranza en 1967 y acabó con todo y con todos. Pero la memoria imprescindible de su hermano Alfonso, fallecido en 2025, rescataba una anécdota que retrata el talento y la lealtad de aquellos personajes irrepetibles. Algunos años antes, en la plaza de Andújar, la taquilla presentaba un aspecto calamitoso. No se había vendido un papel pero Ordóñez pagó religiosamente a sus hombres de plata sin admitir ni un céntimo de Diodoro Canorea, que nunca consiguió que el rondeño accediera a liquidar sus honorarios.
Pasaron los años. Toreros que están, toreros que no se ajustan; toreros que vuelven. En vísperas del 92 se había organizado un festejo especial –la corrida de la Expo- con tres de los matadores más relevantes del momento. Canorea había anunciado a Ortega Cano, César Rincón y Espartaco con un encierro de Torrealta pero una inoportuna cogida del cartagenero colocó a Curro Romero como sustituto. El baile de corrales y el inicial rechazo del encierro reseñado espolearon a Rincón y Espartaco a caerse del cartel forzando una suspensión que constituyó un escándalo mayúsculo. Pero no fue el único de esa década en la que, de alguna manera, se abonaron algunos de los desencuentros que llegaron después...
La Feria de Abril de 2000 la había organizado Diodoro Canorea pero no pudo verla. Aquel mismo año se produjo la caída sucesiva de los carteles previstos para la Feria de San Miguel de Curro Romero, Manzanares padre, Morante de la Puebla, Emilio Muñoz y Rivera Ordóñez. Morante y Romero, además, se excusaron con sendos partes facultativos que presentaron el mismo día. Se organizó la mundial... El resto ya está en la historia: los dos artistas quisieron lavar la mancha actuando en un festival a beneficio de Andex. Los nuevos gestores de la plaza desestimaron el evento, que finalmente se celebró en La Algaba el 22 de octubre de 2000. Aquella misma noche se supo que Romero dejaba los ruedos...
En el mismo envite se iban a estrenar las tortuosas relaciones de la renovada empresa Pagés y Morante de la Puebla que había firmado una exclusiva con Diodoro Canorea que se convirtió en papel mojado. El diestro cigarrero se iba a quedar fuera de las ferias de 2002 y 2004 pero la tormenta definitiva llegaría en aquel bienio triste de 2024 y 2015, en medio de la asonada de las primeras figuras que siguió a aquel célebre almuerzo compartido entre la empresa y los plumillas taurinos en el que Eduardo Canorea envió a José Tomás al mismísimo Senegal. El madrileño, por cierto, no pisa el dorado albero del coso del Baratillo desde 2002. Pero ésa es otra historia...
Temas relacionados
También te puede interesar
Lo último
No hay comentarios