Andaluces con acento quechua

Vivencias de los 16 jóvenes de la región que han participado en la Ruta Quetzal BBVA 2011

Andaluces con acento quechua
Ana Fernández

17 de julio 2011 - 01:00

Suena la dulzaina de Salva y el campamento se pone en marcha. Más de 20 años lleva este titiritero haciendo de los momentos más complicados de la aventura Ruta Quetzal BBVA algo divertido. Y, sin duda, el despertar a horas tempranas, tras haber recorrido kilómetros por la montaña, es uno de ellos. A modo de despertador, las notas, muchas veces improvisadas, hacen que los jóvenes expedicionarios vuelvan a la realidad, una vida en plena naturaleza donde no hay despertadores automáticos porque, aquí, el uso de móviles y cualquier dispositivo electrónico está prohibido. Poco a poco, y en apenas una hora, el campamento ya está recogido y los ruteros emprenden la salida hacia el nuevo punto marcado en el plano. No es cómoda la vida en la ruta pero sí inolvidable. Muchas son las lecciones de compromiso, disciplina, autonomía y, sobre todo, compañerismo que los más de 200 jóvenes (16 de ellos andaluces) de entre 15 y 17 años, de 52 nacionalidades diferentes, aprenderán al final de los 1.600 kilómetros que recorrerán tras su paso por Perú, España y Lisboa. El próximo miércoles, la aventura pondrá su punto final en Madrid.

La vigésimo sexta edición de la Ruta Quetzal BBVA comenzó su andadura el pasado 15 de junio con destino a Perú. Bajo el título La aventura de Martínez Compañón en Perú. Del Desierto Moche a la Selva Amazónica, los expedicionarios han conocido la cultura y la historia del país americano, su vinculación con España y, en concreto, con Martínez Compañón, obispo de Trujillo (1778 y 1790) y arzobispo de Santa Fe de Bogotá, precursor de la fundación en el país andino de 20 pueblos, 54 escuelas, 6 seminarios y 180 leguas de caminos, entre otras construcciones.

"Lo más duro de la etapa en Perú fue subir a Kuélap (ciudad prehispánica ubicada a 3.000 metros de altitud)", comenta la sevillana Alejandra Delgado, que, una vez en España, habla de la experiencia con sus otras tres compañeras de provincia: Marina García, Esperanza Labella e Irene Herrera.

Para muchos de los jóvenes, ésta es la primera vez que viajan sin sus padres y, además, lo hacen a Latinoamérica. Unas buenas notas, trabajos elaborados (sobre la cultura Moche, Orellana, etcétera) y ganas de vivir la experiencia les han permitido convertirse en quetzales. "Yo hice el trabajo de la cultura preincaica moche", comenta la almeriense de 17 años Ana Cano mientras monta en pleno Parque Natural de Urbasa (Navarra) su hamaca de selva para pasar la noche. Estudiante de sobresaliente, su asignatura favorita es la filosofía y su punto débil el inglés, "aunque en la ruta comparto tienda con una estadounidense y una eslovena, por lo que estoy practicando bastante el idioma".

Como Ana, que también es voluntaria de Cruz Roja, la inquietud por saber y el compañerismo está presente en todo momento y la amistad sale a relucir con facilidad. "El grupo siempre tiene que estar junto", señala la onubense de Gibraleón Belén Sierra. Amante de los libros de aventuras como los de Julio Verne, Harry Potter u Oliver Twist, la joven de 17 años destaca, entre otras curiosidades del viaje por Perú, la alimentación. "Se nos hizo difícil el desayunar avena y comer casi siempre arroz con pollo, pero, la verdad, es que nos sorprendió cómo siendo tan pobres te lo daban todo. El no poder ducharnos durante varios días tampoco fue fácil".

El comprobar la dura realidad y la escasez de recursos del pueblo peruano es una de las cosas que más ha impactado al grupo de jóvenes andaluces. Así lo confirma Pablo Cumbrera (15 años), de San Fernando, Cádiz. "Me ha sorprendido la pobreza, las condiciones en las que viven y lo buenas personas que son". La ruta le ha permitido abrir los ojos y tirar por la borda falsos mitos. "De culturas prehispánicas, como la maya, me imaginaba que se sacaban el corazón y que era una cultura primitiva, atrasada. Ahora, sé que eso forma parte del mito y, por eso, estoy absorbiendo todo lo que puedo, tanto en experiencias personales como académicas".

Junto a Pablo, la granadina Ana Marín (17 años, Baza). Ambos comparten, además de viaje, su pasión por la música. "Toco la guitarra en el Conservatorio", dice Ana. "Y yo el saxofón", continúa Pablo. Son chicos de hoy. Incompatibles con la llamada generación nini, están al corriente de la actualidad política y económica del país, y, por ello, el futuro se les presenta desalentador. "Me gustaría estudiar INEF u Odontología, pero con la crisis veo cruda la salida profesional", comenta Ana. "Se ofrecen muchas carreras, pero el 80 % no lleva a nada. Es triste, pero es lo que hay. Me gusta escribir poesía y las letras, quizás estudie Derecho", concluye Pablo.

La ruta continúa y, de tierra firme, la expedición pasa a bordo del buque de la Armada Española Castilla. Durante nueve noches, los ruteros surcarán el Cantábrico hasta pasar al Atlántico para desembarcar en Lisboa. En el hangar, Nacho Barquín (17 años, Málaga) escucha atentamente las explicaciones de los mandos del buque. También comparte su pasión por la música como estudiante de flauta en el conservatorio y, por ello, en su trabajo sobre la cultura moche entregó una partitura creada por él.

Repartidos en grupo, los andaluces comparten experiencias con jóvenes de países como Haití, de donde es Dimitry: "Hace tres años hice la ruta. En esta edición vengo como ayudante, ya que desde que sucedió lo del terremoto en mi país tuve que continuar mis estudios en Barcelona".

Encargados de que todo vaya sobre ruedas, los 16 monitores. Seleccionados tras unas duras pruebas, su tarea es la de coordinar a los distintos grupos y asistirlos en todo momento. Juan Ignacio Pieras tiene 27 años y es el monitor responsable del grupo 11. Este andorrano, que trabaja en el campo de la genética en el Virgen del Rocío, se presentó a las pruebas de selección "pensando que no me iban a coger". El desafío más duro que ha tenido que superar fue la caminata hasta Gocta (Perú): "Tuve que sacar a gente de allí que estaba agotada en burro". Casi un mes después, se ha convertido en un referente para los chicos. "Es curioso ver cómo cada grupo, con el paso de los días, se parece más a su monitor". Su misión, dice, no es otra que lograr "que éste sea el verano de los chicos, su verano".

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