Dinamarca ante el reto groenlandés: un ejército pequeño para una responsabilidad gigantesca
Con unas Fuerzas Armadas que rondan los 16.000–17.000 efectivos debe garantizar la defensa de su territorio continental, Islas Feroe, y también de Groenlandia
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Dinamarca no es una gran potencia militar, pero ejerce una de las responsabilidades estratégicas más complejas de Europa. Con unas Fuerzas Armadas que rondan los 16.000–17.000 efectivos en servicio activo, el Reino danés debe garantizar la defensa no solo de su territorio continental, sino también de Groenlandia, la mayor isla del planeta y uno de los espacios más codiciados del siglo XXI. Este contraste entre capacidad militar limitada y enorme valor geoestratégico define hoy el dilema central de la política de defensa danesa.
El ejército danés es profesional, moderno y plenamente integrado en la OTAN, pero está concebido para operaciones conjuntas, no para sostener en solitario la defensa de territorios inmensos. A sus tropas activas se suman reservistas y la Guardia Nacional, lo que amplía el potencial humano disponible, aunque sin resolver del todo el desafío que supone proteger un territorio como Groenlandia: más de dos millones de kilómetros cuadrados, clima extremo y una población escasa y dispersa.
Durante décadas, la presencia militar danesa en la isla fue discreta y casi simbólica, centrada en la vigilancia marítima, el control aéreo y las labores de rescate. Sin embargo, el deshielo del Ártico ha transformado por completo el escenario. Nuevas rutas marítimas, recursos minerales estratégicos y la competencia entre grandes potencias han convertido a Groenlandia en una pieza clave para el control del Atlántico Norte y el acceso al Polo.
En este contexto, el interés de Estados Unidos por la isla —expresado de forma explícita en los últimos años— ha introducido una tensión inédita entre aliados históricos. Dinamarca ha reiterado con firmeza que Groenlandia no está en venta y que cualquier intento de modificar su estatus por la fuerza sería considerado una agresión al Reino. La legislación danesa obliga a sus Fuerzas Armadas a responder de inmediato ante cualquier ataque a su territorio, sin distinguir el origen del agresor, un mensaje político tan claro como incómodo dentro de la alianza atlántica.
Consciente de sus limitaciones, Copenhague ha optado por reforzar su presencia en el Ártico y apoyarse en la cooperación internacional. Despliegues adicionales, ejercicios militares y patrullas conjuntas con países aliados buscan transmitir una idea fundamental: Groenlandia no es un vacío de poder. La participación de otros Estados europeos y norteamericanos subraya que la seguridad del Ártico ya no es una cuestión local, sino un asunto colectivo.
Aun así, la realidad es evidente. Dinamarca no pretende dominar militarmente Groenlandia, sino anclar su soberanía política y jurídica hasta que la disuasión y la OTAN actúen como garantía última. Su fuerza no reside tanto en el número de soldados como en el respaldo internacional, el derecho y la estabilidad del sistema de alianzas.
En un Ártico cada vez más expuesto a la rivalidad global, Dinamarca camina sobre un equilibrio frágil: proteger un territorio crucial con recursos limitados, marcar líneas rojas sin romper alianzas y defender la soberanía sin provocar una escalada innecesaria. El futuro de Groenlandia, y del propio papel danés en el norte, dependerá de si ese equilibrio logra mantenerse en un mundo donde el hielo se derrite más rápido que las certezas estratégicas.
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