Una despedida tardía a Béla Tarr

Salir al cine

El pasado 6 de enero fallecía el gran cineasta húngaro, cuya mirada a los contornos del fin del mundo y a los gestos de dignidad humana se fraguó en un puñado de títulos esenciales en su mayor parte disponibles en Filmin.

BélaTarr (1955-2026) en una imagen del rodaje de 'El caballo de Turín' (2011), su última película.

Le debíamos una despedida a Béla Tarr (1955-2026), cuya muerte el pasado 6 de enero nos pilló fuera de juego. Y le debemos también aquí en Sevilla un pequeño reconocimiento a su amigo Manolo Grosso, quien lo dio a conocer al público del SEFF con la primera retrospectiva dedicada a su cine en España allá por 2005.

Por entonces, Tarr ya era objeto de culto cinéfilo, posiblemente uno de los primeros y más importantes de la era de Internet y las redes sociales. Lo habíamos descubierto parcial y tardíamente en DVDs comprados en el extranjero o en copias piratas que descargábamos y nos pasábamos entre amigos. Se cimentaba así la leyenda del último gran cineasta de la Europa comunista del Este en ser revelado, ese del que nos hablaban los textos y destacados de Susan Sontag, Jonathan Rosenbaum o Gus Van Sant, cuya trilogía Gerry, Elephant y Last Days también contribuyó a reconocer el origen de su forma sostenida en largos planos secuencia y su pesimismo en blanco y negro sobre el devenir de la condición humana y sus últimos gestos de dignidad.

En los días posteriores a su muerte han proliferado obituarios, homenajes y artículos, viejas entrevistas y documentales donde Tarr aparece como sabio y oráculo para jóvenes cineastas desde su retiro voluntario (ya no había nada más que decir) en 2011 (El caballo de Turín) y en una gira docente planetaria con sabor a supervivencia. Esta sobredosis informativa propia de los tiempos algorítmicos se nos antoja una paradoja más tratándose de un cineasta pre-digital aferrado radicalmente a una manera de hacer cine y de entender el mundo, tantas veces de la mano del último Nobel de Literatura László Krasznahorkai, que no pueden ser más opuestas al fast-reading y el elogio-píldora que hoy tanto proliferan. También hemos tenido que volver a leer que Tarr era el abanderado del ‘slow cinema’, esa etiqueta anglosajona que ha simplificado y reducido el sentido y el valor de los cineastas del tiempo a un mero tag para artículos y plataformas.

Porque el cine de Béla Tarr viene del pasado y remite a unas formas pretéritas y esenciales en las que la palabra o la gramática parecen haber sido aniquiladas como instrumentos para el lenguaje y la comunicación. Pegado a la tierra, al barro y al agua, al hombre en su esencia más profunda y despojada, su cine vincula los orígenes con el acecho del fin del mundo, es un cine sobre el tránsito existencial, sobre la materialización de la constatación de un mundo en vías de extinción, sin solución ni esperanza posibles.

Una imagen de 'Satántángó' (1994).

Sostiene Jacques Rancière (El tiempo del después, Ed. Shangrila) que, a pesar de ello, el de Tarr no es un cine formalista ni de imágenes bellas sobre la decadencia de lo humano en un mundo en descomposición, sino más bien la afirmación estética, realizada con la propia y esencial materialidad del medio, con imágenes y sonidos arrancados de las sombras, de un continuum de momentos sensibles, de recortes de duración: “el arte de Tarr, apunta, reside en construir el afecto global donde se condensan momentos de soledad donde los cuerpos se reúnen en un lugar cerrado y donde los impactos del mundo exterior se convierten en repetitivos aires de acordeón, sentimientos expresados por canciones, golpes de pies contra el piso, choques de bolas de billar, conversaciones anodinas, negociaciones secretas detrás de un cristal, peleas tras bastidores o en los baños, metafísica de guardarropa”.    

Pero antes de ese estilo de madurez que hoy celebramos, Tarr fue un joven cineasta airado y furioso (Nido familiar, El intruso, Gente prefabricada, Almanaque de otoño) enfrentado a los conflictos y el ocaso de la Hungría socialista, deseoso de sacudir la rutina burocrática y las inercias del pasado. A partir de La condena, la monumental Satántángó, Las armonías Werckmeister, El hombre de Londres y El caballo de Turín se manifiestan y asientan en su radicalidad como películas cada vez más negras donde la política está reducida a la manipulación, la promesa social a una estafa y lo colectivo a la horda salvaje y brutal. Si en las primeras late un pulso documental y agitado, en estas últimas se afirma ya el peso de la imagen-tiempo, un universo sin color y un concienzudo y musical (en tempolento) trabajo con el espacio, la duración y el sonido.

Traficantes, ladrones, estafadores, falsos profetas, niños, ancianos y animales ocuparán ya el centro de estas películas. Entre las sombras, el fango, la niebla, el viento y la miseria moral, el cine de Tarr reivindica tozudamente “el honor y el orgullo, la capacidad de los mediocres de afirmar su dignidad”. Ahí reside, concluimos con Rancière, el gran tema de su obra: la “rabia del cineasta contra todos aquellos que ofrecen a los hombres y los caballos una vida humillada”. 

> La mayor parte de las películas de Béla Tarr están disponibles en Filmin.

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