"¿Pero cuándo se han llevado al Señor?"

El Cristo de la Expiración en el Vaticano

La calle

Como cada domingo, el vecino se encamina hacia aquel viejo Patrocinio que marcaban las lindes de los campos, del ayer y del tiempo. Y de Triana. Y de Castilla. La mañana es amable, grisácea y pura; propia de un mayo que resiste el envite de la primavera más feroz y caliente. Al descorrer el portón, parece sentir que el corazón se le detiene y el pulso se le quiebra. Su esquema visual, su parecer vital, se ha visto sobresaltado y arrebatado. Con premura, e incluso cierta ansia, accede a la tienda de recuerdos y allí mismo pregunta lo que todos en esos momentos:

-¿Pero dónde está el Señor?

Y alguien responde:

-Se lo han llevado.

-¿Y cuándo se lo han llevado?

-Esta noche, de madrugada. Esta mañana, más bien.

-¿Y tú lo has visto?

-No. He venido más tarde para no verlo.

-¿Y has llorado?

Suenan las campanas. Es mediodía.

La homilía

La Virgen del Patrocinio está, como acostumbra, radiante, pletórica, pero algo ausente. A su incertidumbre concentrada en el lagrimal que no rompe se le suma la distancia, la lejanía. Aunque esté en el camino de la muerte y en la antesala de la resurrección, tenerlo cerca resulta un alivio. Ahora ni eso. Ni oye su aliento entrecortado, ni su grito ahogado por el sol, ni se asoma a su costado henchido y maltrecho. Está sola.

El cura, sabedor de la trascendencia de sus palabras, se asoma al ambón para iniciar su homilía ante la expectante e inconsolable mirada de los allí congregados. Mujeres, hombres, algún que otro niño que también se hace preguntas. La costumbre: ese engranaje que mantiene al hombre en vilo y que, cuando se resquebraja, le altera el todo conocido. Dice, textualmente: "Pues sí, hermanos. El Cachorro 'se ha pirao'. Pero 'se ha pirao' a evangelizar. No podemos ser egoístas. Esa cara que tiene Él va a convertir, probablamente, a mucha gente. A través de sus gestos. Además, mirad a quién nos ha dejado. A su madre. A la madre del Buen Pastor cuidando al rebaño. Y volverá. No os preocupéis que el Cachorro va a volver. Y aquí estaremos esperándolo".

Roma

Amanece por el Tíber. Las últimas lluvias han dejado su rastro de claridad legendaria sobre las piedras duras y antiguas. Sobre la lumbre tibia del día vuelven a levantarse cúpulas, callejas y mármoles, como fruto de una ensoñación que no vence lo imposible, como vestigio heredado de lo que, en buena medida, somos. La inmensidad del Vaticano, redondo como un disco, labra galerías de luz solidificada, de sombras sin geometrías ni ecuaciones. Una luz mortecina, pálida y amarillenta, que se concentra toda ahora en una de las oquedades de San Pedro. Concretamente en una de esas capillas que ya ha escrito su nombre en la memoria de Andalucía, la embajadora por excelencia de la religiosidad popular. La Presentación. La presentación de la muerte, de la vida, de la promesa del más allá que en sus ojos salpicados de oros y de alturas es más certeza que nunca.

Cuánto no habrás conocido, Cachorro. Cuántas praderas, cuántas costas y cuántos senderos que jamás sabremos han sido testigos mudos y desconocidos de tu travesía, de tu presencia fugaz pero fecunda. Un peregrinar impensable que nos promete un gozo irrepetible. Ahí estás, Cachorro, nuestro Cachorro, el de cada Viernes Santo, el de nuestra cava, el de nuestro río, el de nuestra muerte, abriendo el pecho a la cristiandad toda. Tan inmenso y tan solo, tan definitivo y tan en silencio. Eres el mismo, Cachorro, el que se fue pero volverá. Sé como eres. Sé como te queremos y te esperamos cada Semana Santa. Porque somos de donde tú estés.

Roma es eterna, pero Sevilla inmortal. No te olvides, Cachorro.

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