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Vivencias de un niño de la posguerra

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PRÓXIMA ENTREGA Miércoles, 20 de agosto.Tantos años como camarero en el bar Victoria le han dado a Manuel Viega Pinto una idiosincrasia formada en la Universidad de la calle, en contacto con una clientela heterogénea que le aprecia y valora su bonhomía

13 de agosto 2008 - 05:03

ES una estampa de la sociología de la post guerra, de aquellos "años del hambre" que solo conocieron bien y recordarán siempre los que vivieron los tiempos de paz más difíciles del siglo XX. Manuel Viega Pinto fue uno de aquellos niños de la nueva España negra que no tuvieron horizontes de vida, entre el estraperlo y la falta de posibilidades sociales por culpa del analfabetismo, la desprofesionalización, las orfandades, las penurias sociales que se reflejaban en la alimentación, la enseñanza, la vestimenta, la sanidad… Todavía el Hospital de las Cinco Llagas era el lugar para morir de los pobres…

Manuel Viega Pinto no le guarda rencor a la vida. En cada época supo adaptarse y afrontar las exigencias de los tiempos. Ha sido un luchador nato. Paco Correal, en las páginas de este periódico, lo ha tomado varias veces como referencia humana de una hostelería cuya memoria histórica la ha recuperado Joaquín Arbide de mostrador en mostrador.

Nacido en la huerta de Las Palmillas (1953), en el camino del cementerio, Manuel Viega Pinto comenzó a trabajar con siete años como repartidor de pan de Alcalá con un mulo con angarillas, por San Jerónimo y las huertas del entorno. Es autodidacta. No tuvo tiempo de ir a la escuela porque tuvo que cuidar de dos hermanos menores mientras su madre trabajaba como lavandera y planchadora en Villanueva del Ariscal y su padre en el campo. Su ingreso en la hostelería fue cuando apenas contaba doce años, en el Pasaje Andaluz de los hermanos San Pedro (Ángel y Juan Antonio), por un plato de comida y un bollo del día anterior. Era la norma. Este trabajo hostelero lo compaginaba ayudándole al padre en la huerta limpiando los tinaores, ordeñando las vacas y cuidándolas. Cuando tenía un día de permiso iba con su padre a recoger basuras con un carro tirado por un mulo por los alrededores del antiguo mercado de entradores de la calle Almansa.

Con diecisiete años entró a trabajar en el bar de Luis Alonso, en la calle Regina, recomendado por "El Sopa", un veterano camarero. Allí estuvo hasta 1970, cuando ingresó en el bar Victoria de la plaza del Duque. Y allí lleva cerca de cuarenta años. Antes trabajó eventualmente en Los Candiles, Casa Calvillo, Los Corales… Su destino estaba en la plaza del Duque: en el tranvía de circunvalación que le llevaba al trabajo conoció a Estrella, que entonces trabajaba en la confitería de La Campana. En 1982 se casaron y formaron una pareja feliz consagrada ante el altar de la Hermandad de los Gitanos. Estrella es ahora panadera en el despacho trianero de Concha.

Tantos años como camarero en el bar Victoria le han dado a Manuel Viega Pinto una idiosincrasia formada en la Universidad de la calle, en contacto con una clientela heterogénea. Hasta los turistas se fotografían con él. Una revista japonesa le dedicó un cariñoso reportaje. Es una estampa costumbrista y un testimonio de la infancia y juventud que sufrió la larga posguerra, ahora desconocida.

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