Menores en redes: la nueva era de la explotación infantil

La autora aporta su punto de vista como profesional de la Salud Mental y la Sexología sobre la nueva propuesta de regulación del gobierno para el acceso de menores a Redes Sociales, y aborda el impacto social de la sobreexposición a la violencia

El nuevo Dios

Menores en redes: la nueva era de la explotación infantil. / M. G.

09 de febrero 2026 - 06:40

Hace más de 10 años traté a una niña, ella tenía 14: mutismo selectivo y cortes en las muñecas; permanecía en silencio en las sesiones y justo cuando iba a hablar, se tiraba de las mangas cabizbaja y seguía en silencio durante todos los minutos restantes. Yo solo estaba allí, para ella hasta que habló tímidamente. Me contaba que “su novio” la quería mucho y vendría a buscarla pronto. Un día llegó angustiada y costosamente me contó que “había actuado como una puta y él tenía razón”. Tenía la total certeza de que su novio la vio reírse en la calle y hablar con algún chico, decía que “la veía todo el tiempo porque siempre sabía lo que había hecho”. Claro que no es difícil imaginar qué hace una niña cuando sale a la calle: reír, hablar con sus compañeros... es una manipulación sencilla.

Conforme mejoraba, repetía continuamente que ya no lo podía dejar y no me podía contar por qué. Las peores hipótesis se hicieron ciertas: le había enviado fotos íntimas, vídeos desnuda y haciendo lo que él le pedía. Cuanto más material acumulaba, más le solicitaba y más la extorsionaba. Es sorprendente lo que llega a hacer el miedo con nosotros, especialmente en la niñez cuando el terror se intercala con la ingenuidad; ella nunca lo había visto “porque a él no le funcionaba la webcam”, pero sí le había mandado fotos, decía que era muy guapo y tenía 17 años.

Solo hubo que googlear la cara del chaval para ver que se trataba de otra persona. Al otro lado del ordenador, había un hombre de 50 años que acumulaba contenido pedófilo y lo distribuía por internet. Esto fue hace más de una década, aún no lo llamábamos “grooming” y se trataba de ordenadores, imaginemos ahora todo este horror en el bolsillo, a través del teléfono móvil con ubicación 24 horas. 

Lo que no llega a medios también pasa: violaciones múltiples, contenido relacionado con menores o gore, circulan por internet sin tener que buscar demasiado; en la mayoría de casos llega a adolescentes a los que el algoritmo conduce hacia contenidos peligrosos hasta encontrarse con los más profundos infiernos. 

Unicef afirma: “uno de cada 10 adolescentes ha recibido una proposición sexual de un adulto por internet”; Save the Children: “casi uno de cada tres jóvenes en España ve legítimo ganar dinero vendiendo contenido sexual en plataformas digitales; más del 71% no identifica la venta de contenido sexual en internet como forma de explotación. El 42% ha visto vídeos sobre cómo ganar dinero con contenido sexual”.

La semana pasada vivimos otro golpe de realidad con el caso del hombre detenido en Madrid por violar a su hija y emitirlo: abusos sexuales en streaming por los que los usuarios pagaban, podemos hablar solo del padre, pero para que se pueda comercializar con una violación a una menor tiene que haber consumidores.

Estamos criando a menores que asumen la tortura como juego, a gente que se hace “viral” por maltratar a personas con trastornos mentales severos o discapacidad

Hay quienes consideran que se trata de casos aislados y otras personas que ni siquiera ven la gravedad; y esta segunda cuestión es el problema principal. Vivimos en una disociación colectiva: cuando el cerebro se expone de forma continuada a experiencias traumáticas como la violencia, los abusos sexuales y otras tantas barbaridades a las que tenemos acceso de forma cotidiana, se genera un mecanismo disociativo que implica perder la conexión emocional con la experiencia traumática. Para simplificar: el cerebro se habitúa con tanta asiduidad a la violencia que deja de verla importante, se convierte en sujeto pasivo y espectador del show como si quien está al otro lado no fuese un humano sino solo un personaje.

Si resulta estremecedor como adulto, imaginemos en la mente de un niño o niña. Estamos criando a menores que asumen la tortura como juego, que observan mientras no hacemos nada, a gente que se hace “viral” por maltratar a personas con trastornos mentales severos o discapacidad, exponiéndolo como un “juego”. Y ante esta jungla sin sentido una propuesta con algo de coherencia que afecta ya a varios países del mundo, siendo pionera en Australia: la prohibición del acceso de menores a Redes Sociales hasta los 16 años. 

Hay quienes han confundido política con fanatismo y consideran que si el bien común viene “del otro color” está mal porque el origen no es el partido propio. Y solo por eso, ya es rechazado. Pero en este sentido hay que ser contundente: a quien le interese tener a menores en redes es porque quiere algo de ellos, no hay más.

La educación requiere límites claros y firmes, la salud mental también. Podemos trabajar en educación vial sin dejar que un menor de 18 años “pruebe a ver qué tal” con nuestro coche; y si lo hacemos, habría una sanción real. Si seguimos con los ejemplos prácticos tenemos, ya no solo que un menor no puede entrar en determinados espacios, como discotecas; es que además le añadimos que si nos encontramos a un menor deambulando solo por la calle y somos “buenas personas”, informaremos a la Policía y se buscará a sus tutores legales para saber que está ocurriendo. Si somos “malas personas” igual nadie vuelve a ver al niño. 

Las evidencias son tan claras que este artículo no tendría sentido, salvo que hay quienes eligen no hacerse cargo de ellas.

Como profesional de la salud mental, no necesito cuestionar qué poderes económicos caminan libremente tras el circo de los horrores que se esconde en los entresijos de internet; lo que tengo claro es que estamos destrozando las infancias y las futuras identidades de nuestros niños y niñas, porque las redes se han convertido en un paraíso para pedófilos y pederastas, la pornografía infantil campa a sus anchas entre nosotros, y se nos olvida que por mucho que eduquemos, existen delincuentes que vuelven a reincidir.

Hay quienes consideran que esto ha ocurrido siempre, y lo peor es que tienen razón; pero no es excusa para que siga ocurriendo, ni muchísimo menos para que les favorezcamos sus “quehaceres” proporcionándoles “carne cruda” en forma de menores.

No es posicionamiento hacia un partido político, es un ajuste de cuentas con el sentido común.

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