Sevilla
  • Dos familias especialmente afectadas por el apagón de las Tres Mil Viviendas relatan cómo están sufriendo la falta de luz eléctrica

  • Un hombre que padece apnea del sueño severa no puede encender su respirador para dormir

  • Un matrimonio con seis hijos admite que sólo están bañando a los niños una vez por semana en casa de un familiar

"Llevamos casi un mes viviendo sin luz, esto empieza a ser inhumano"

Antonio Iglesias, enfermo de apnea del sueño, afectado por el apagón de las Tres Mil Viviendas. / José Ángel García

Escrito por

· Fernando Pérez Ávila

Periodista

Antonio Iglesias Jiménez lleva casi un mes sin dormir bien. Padece apnea del sueño. "La mía es severísima, tengo una apnea cada 15 segundos". Para su descanso es fundamental un respirador, pero no tiene donde enchufarlo porque su casa lleva casi un mes sin luz. Vive en la barriada Martínez Montañés, en la parte conocida popularmente como Las Vegas, la zona más deprimida del Polígono Sur, donde el 26 de febrero salió ardiendo el transformador que daba servicio al barrio.

Desde entonces, la mayoría de las personas que residen en Las Vegas no tienen luz eléctrica en sus casas. Para los que viven en los pisos más altos hay un problema añadido, pues el agua no llega con la suficiente presión. Antonio vive en un segundo. En su casa sí hay agua, aunque fría. Para él, la prioridad absoluta es dormir. Para poder hacerlo en condiciones, a veces se desplaza a casa de un familiar, en la cercana barriada de la Oliva, y allí enchufa la máquina y puede dormir un rato.

"Sin la máquina no soy capaz de dormir ni unos minutos. De sueño se puede morir. Los expertos dicen que se muere de sueño antes que por falta de comida. Es una enfermedad seria", explica. Considera que la situación por la que atraviesa empieza a ser "crítica". "A veces uno se desespera. Lo llevo muy mal", dice. Tiene 56 años y lleva 14 durmiendo con la ayuda del respirador.

Alba Jiménez, con su niño de año y medio, en uno de los pisos sin luz de Las Vegas. Alba Jiménez, con su niño de año y medio, en uno de los pisos sin luz de Las Vegas.

Alba Jiménez, con su niño de año y medio, en uno de los pisos sin luz de Las Vegas. / José Ángel García

En su casa viven seis personas. La unidad familiar la forman Antonio y su mujer, Marina Lozano, su hijo, Juan, su nuera, Alba, y dos nietos, una niña de 7 años y un bebé de año y medio. "Todavía los mayores nos podemos adaptar, pero los niños no. Yo me dedico a vender fruta, y ahora tengo poco porque la venta no está bien, pero ha habido épocas en las que ha habido mucho. Y uno se acostumbra a vivir con mucho o con poco. Pero eso un niño no lo puede entender. A las siete de la tarde cae la noche y esto está todo oscuro. Creo que esta situación puede afectarles".

La falta de luz eléctrica complica mucho la vida en las Tres Mil Viviendas, donde con luz tampoco es fácil vivir. Para subir las escaleras del bloque hay que recurrir a la linterna del teléfono móvil. Hace frío y Marina, la mujer de Antonio, acaba de salir de una gripe. Para lavar a los niños calientan ollas con agua. Por fortuna tienen las cocinas de butano. Lavan la ropa a mano, pero no se seca tan rápido y en estos días de lluvia se complica aún más. "Y los niños tienen que ir al colegio con su ropa limpia".

Juan Iglesias utiliza la linterna del móvil para subir las escaleras de su bloque. Juan Iglesias utiliza la linterna del móvil para subir las escaleras de su bloque.

Juan Iglesias utiliza la linterna del móvil para subir las escaleras de su bloque. / José Ángel García

Para cargar los teléfonos móviles van a una gasolinera, o a algún edificio público en el que haya algún enchufe, como el centro de salud. "Tenemos que tenerlos con batería, porque por la noche, con mi enfermedad, podemos tener una urgencia y tener que llamar al médico. No podemos tenerlos descargados".

"Entiendo que la gente se vuelque con personas que lo están pasando mal, como es el caso de los ucranianos. Es digno de ver la solidaridad que existe con el pueblo ucraniano, pero quiero que la gente sepa que aquí, en Sevilla, lo estamos pasando mal porque no tenemos luz y de momento no hay ninguna solución. Quizás nos pudieran poner una luz de obra provisional para poder cubrir nuestras necesidades más básicas", explica Antonio Iglesias.

Mujeres protestando por la falta de luz, este miércoles en el Polígono Sur. Mujeres protestando por la falta de luz, este miércoles en el Polígono Sur.

Mujeres protestando por la falta de luz, este miércoles en el Polígono Sur. / José Ángel García

Los vecinos aseguran que han intentado contratar la luz, pero de momento es imposible. La compañía no da luz si no hay contadores en los bloques, y la Junta espera regularizar las viviendas antes de instalarlos. Las viviendas no están regularizadas, no se puede acreditar la titularidad en muchos de los casos y no hay opción para poder darse de alta. La administración espera hacer un proceso de regularización, pero los residentes temen que esto se alargue en el tiempo y piden una solución temporal. 

"Estamos dispuestos a pagar. Si tenemos que comer tortilla francesa en vez de filetes, lo entendemos. Queremos tener nuestros contratos, nuestros contadores, pero no podemos estar así mucho tiempo. Llevamos casi un mes sin luz, esto empieza a ser inhumano. Y yo no sólo hablo por mí, lo hago en nombre de mucha gente. Hay vecinos que tienen camas eléctricas. No hablo de lujos, sino de necesidad", añade el afectado por la apnea del sueño.

El portavoz de la asociación Martínez Montañés, Rafael Pertegal Santiago, se ha reunido estos días con la administración tratando de encontrar una salida, aunque sea provisional. Pero por el momento no ha sido posible. El lunes estuvo en la sede de la Agencia de Vivienda y Rehabilitación de Andalucía (AVRA), propietaria de los pisos de las Vegas. "Los ciudadanos tenemos unos derechos y también unos deberes, somos muchas las personas honradas y trabajadoras que residen aquí y queremos tener nuestros contratos en regla, pero ahora mismo no podemos. Al menos, podríamos tener una luz de obra, provisional, hasta que la situación se regularice", explica Pertegal.

Rafael Pertegal Santiago, primero por la izquierda, protesta detrás de una pancarta. Rafael Pertegal Santiago, primero por la izquierda, protesta detrás de una pancarta.

Rafael Pertegal Santiago, primero por la izquierda, protesta detrás de una pancarta. / José Ángel García

El representante vecinal recuerda que incluso algunas viviendas regularizadas se entregaron con enganches ilegales y que hace falta instalar contadores en los bloques. "Aquí ha faltado mucho control, los políticos no han hecho nada durante años y ahora tenemos este grave problema. La única que ha cumplido siempre ha sido Endesa, que ha ido poniendo más potencia cada vez que había una avería. Hay muchas reuniones, muchas mesas, pero de poco sirven", añade. Pertegal solicita una reunión con el presidente de la Junta, Juanma Moreno. "Visto que los que están por debajo suya no son capaces de arreglar este problema, creo que debe ser él quien intervenga ya".

Hace unas semanas, fuentes de la compañía explicaron a este periódico que sólo hay un cliente registrado en toda la barriada, aunque la potencia que tenía daba para unas 600 viviendas. El problema de fondo es el de los cultivos de marihuana, que han proliferado en todo el barrio y que requieren una enorme carga energética. "Es cierto, pero hay personas que no se dedican a eso y que necesitan una solución", apunta Ramón Jiménez, otro vecino.

Este miércoles, un grupo numeroso de vecinos perjudicados por la falta de luz se concentraron junto al transformador incendiado para pedir la vuelta del suministro eléctrico. Durante unos minutos, posaron con pancartas con lemas como 'La luz es un derecho', 'Queremos luz' o 'Somos personas, no animales'.

La falta de luz afecta especialmente a las familias con niños. Miriam Moreno y Antonio Marín viven en otro bloque del barrio con sus seis hijos, que tienen edades comprendidas entre los 1 y los 12 años. En su casa tienen un pequeño quiosco, pero últimamente están perdiendo la clientela. "Antes venían por un refresco o una hamburguesa, y ya se llevaban chucherías o algún paquete de papas o frutos secos. Ahora no, porque no hay luz y no tengo carne ni latas frías", explica Miriam, que atiende a este periódico en su casa, con el chaquetón puesto porque tiene abierta las ventanas para intentar que se le seque la ropa de los niños. La acompaña Pepi, su vecina, que le echa una mano con los pequeños.

Antonio Marín ilumina con una pequeña lámpara a pilas el salón de su casa. Antonio Marín ilumina con una pequeña lámpara a pilas el salón de su casa.

Antonio Marín ilumina con una pequeña lámpara a pilas el salón de su casa. / José Ángel García

"Vivimos con una pensión de 800 euros, más una ayuda de 200 por los niños. Mi marido está enfermo, padece depresión y ansiedad. Si todo va bien, llego a final de mes perfectamente. Pero ahora no, porque ahora no puedo hacer compras grandes sino que tengo que ir comprando al día, y gasto más. No puedo hacer previsiones. No puedo llenar un congelador", cuenta la joven.

Asear a seis niños en una casa sin luz es un drama. "Para los más pequeños sí caliento una olla y los lavo con agua caliente. Pero con los grandes lo que estoy haciendo es que los sábados voy a casa de mi hermana y allí los lavo. No quiero molestar mucho, así que lo que están haciendo es bañarse sólo una vez por semana".

La entrada al piso de Miriam Moreno y Antonio Marín, con el quiosco que tiene ella y el retrato de Camarón al fondo. La entrada al piso de Miriam Moreno y Antonio Marín, con el quiosco que tiene ella y el retrato de Camarón al fondo.

La entrada al piso de Miriam Moreno y Antonio Marín, con el quiosco que tiene ella y el retrato de Camarón al fondo. / José Ángel García

"Preferiría que este apagón nos hubiera cogido en verano, al menos podría bañar a los niños con una manguera en la calle. Pero ahora es imposible. El viernes no pudieron ir al colegio porque no teníamos ropa limpia, la que habíamos lavado estaba mojada aún. Lavamos a mano y tarda cuatro o cinco días en secarse porque sale empapada", añade la mujer.

Miriam Moreno y su vecina, Pepi, con los chaquetones puestos dentro de la casa. Miriam Moreno y su vecina, Pepi, con los chaquetones puestos dentro de la casa.

Miriam Moreno y su vecina, Pepi, con los chaquetones puestos dentro de la casa. / José Ángel García

Preside el salón de la casa una pintura mural de Camarón de la Isla. "Es mi ídolo", dice Antonio. "A las siete de la tarde ya es de noche y se hace difícil entretener a los niños. Compramos muchos pilas para lámparas pequeñas y linternas". El profesor de una de las niñas se ha ofrecido a acogerla en su casa hasta que vuelva la luz. "Es de agradecer, la verdad, pero nos quedan otros cinco niños". Miriam tiene un hermano en Rota que también le ha ofrecido su casa. "Yo me puedo ir, pero ¿y los niños? ¿Qué hago? ¿No los llevo al colegio?".

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