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Los nervios, el peor intruso posible

La negativa reacción de futbolistas poco acostumbrados a la presión añade más incertidumbre a la situación de un Sevilla con peores señales de lo que en realidad marca la clasificación · Almeyda mantiene la calma, pero ya escucha cierto runrún

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Alexis Sánchez y Marcao, dos de los veteranos, serios en un entrenamiento. / Ismael Rubio

Muy malas señales, peores que lo que dice la clasificación en sí. Pero en este Sevilla eso puede ser incluso una cuestión muy peligrosa. Jugadores dando golpes de rabia, como Peque contra una valla de publicidad después de contestar con mirada desafiante una pregunta de un periodista o Alberto Flores al acabar el encuentro y encaminarse a los vestuarios. ¿Qué decir de la pérdida total de papeles de Carmona señalando a la prensa como culpable y calificándola de “veneno”? Por una vez los jugadores se marcharon al vestuario sin saludar ni pedir perdón a la grada y hasta la afición parece haber perdido el juicio con deseos totalmente execrables contra un culpable, sí, Del Nido Carrasco, pero que no merece –porque ninguna persona lo puede merecer– que le griten “muérete” en un campo de fútbol. Se trata esto último de un delito de odio y veremos a ver el recorrido que eso tiene y si no acaba en una sanción tras el correspondiente informe de LaLiga.

Descaradamente los nervios han entrado por la puerta del vestuario del Sevilla y es lo peor que puede pasar en una situación como la que vive la entidad. Con muchos jugadores jóvenes cargados de una responsabilidad que no les corresponde y con el entrenador diciendo por activa y por pasiva que lo que hay no vale para vivir holgadamente y que sabe a ciencia cierta que en enero no va venir nada de “lo que el equipo necesita”, el horizonte en el Sevilla al término de la primera vuelta es cuando menos inquietante.

Las lesiones se multiplican como chinches –nada nuevo por otra parte– y el cansancio se hace notar en los partidos, pues es ya habitual que varios jugadores lleguen al último cuarto de hora literalmente fundidos.

El modelo de juego que ha traído Matías Almeyda, con marcajes individuales y larguísimas persecuciones con la tremenda exigencia física que ello demanda, hace el resto. Guido Bonini, preparador físico elogiado por sus métodos en verano por la novelería de las redes sociales, roza peligrosamente la línea de fatigar el músculo hasta romperlo. A las pruebas hay que remitirse...

El futbolista repite hasta la extenuación que el grupo está a muerte con el entrenador y se escuchan ese tipo de frases que suelen ser la antesala de una crisis mayor si los resultados no llegan pronto. A Almeyda sólo le queda defender su discurso y no apartarse de la línea marcada, pero ya empieza a tener que responder preguntas sobre si ve amenazado su puesto.

Los nervios han entrado por la puerta del vestuario y, analizándolo fríamente, no debe haber motivos para ello todavía, pero no hay que dejar de lado que es un intruso molesto y para nada deseable.

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