Ignacio Valduérteles
Dolor, amor, hermandades
Por fin tengo la edad, y voy por la calle vestido de nazareno, serio y solemne como solo un niño sabe estarlo. Sigo a mi padre camino del templo. Voy concentrado en cumplir las reglas, en no hablar ni hacer caso a la gente que nos ve pasar y comenta. Solo pendiente de no perderlo de vista, de no confundirlo con otros nazarenos. Pero se me escapa, y sé que no debo llorar, porque ya soy mayor y tengo que seguir adelante, y mis hijas vienen detrás, concentradas en no perderme de vista a mí. Aunque también es posible que yo ya no esté, y sean ellas ahora las que se esfuercen por seguir adelante echándome de menos, sabiendo que sus pasos los siguen otros pasos infantiles, tan nerviosos por estrenarse como yo en aquella tarde inaugural.
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