La clave está en la Canina

Puerta de los Palos

Una buena forma de conocer al sevillano en Semana Santa es preguntarle por sus preferencias el Sábado Santo, por lo que hace antes de acudir al encuentro de la Soledad y despedir la Pasión

Un ratito junto a esa cruz de guía

La otra memoria

La Canina en la Campana / Juan Carlos Vázquez
El Fiscal

22 de febrero 2026 - 04:00

Hay muchas formas de conocer al sevillano, no solo escrutar sus inclinaciones futbolísticas o su preferencia por las playas de Huelva o las de Cádiz. Una ciudad se conoce por sus mercados y por el cementerio, un bar por su ensaladilla y las croquetas, un amigo en las mudanzas y a un sevillano al que le gusta la Semana Santa por su relación con la Canina. La de la guadaña en lo alto del paso marca mucho los perfiles personales. Recordamos a un célebre maestro de priostes que se quitaba de en medio cuando llegaban los últimos nazarenos con ropones negros y cera roja del paso del Triunfo de la Santa Cruz. ¿Y la de sevillanos que cruzan los dedos si el capataz manda arriar el paso justo delante? Mete la mano en la zambrana, da el golpe de llamador y las personas que están justo en ese sitio reaccionan de diversas formas. Unas, miran con normalidad. Otras, sueltan risitas nerviosas que liberan la tensión y algún comentario sobre el dragón con la manzana en la boca. Y siempre, como en los aviones, hay alguien con el rostro descompuesto. La Canina da jindama porque casi nadie ve la alegoría del Triunfo, sino la parca. El otro día le preguntamos al alcalde Sanz por su relación con la Canina. ¡Oh, sorpresa! Oseluí no es nada caninero. No le gusta. Como alcalde de Sevilla sale en la procesión con los tiros largos, pero se libra de ver la Canina porque la Corporación municipal bajo mazas se sitúa alejada del primer paso. Cuando el alcalde sale –ya en formación– del atrio de San Antonio Abad, la Canina enfila Sierpes con sus cuatro velones, muchas veces apagados por el cañón de aire que baja desde la Puerta Real por la calle Alfonso XII. Por eso dice Sanz que espera estar muchos años sin cruzarse la mirada con la Canina, señal de que retiene el bastón de alcalde. Las urnas dirán.

Sevilla tiene un alcalde de ruan, pero no es caninero. También le preguntamos esta semana a Carlos Herrera, que se considera un fervoroso caninero. No falta a la cita con la Canina en los palcos de la plaza. Le gusta verla venir por Sierpes y despedirla con la mirada cuando ella se marcha con sigilo camino del Banco de España en ese paso neogótico con esa decoración de hiedras, cardos y pitas.

Tan sevillano es el que la busca como el que la rehúye, el que bisbisea oraciones a su paso como el que le dedica la espalda, el que pregunta si durante el año está en algún altar de la iglesia de San Gregorio como el que cruza los dedos. La Canina no pasa nunca desapercibida, no deja a nadie indiferente. Y se le echa de menos cuando no sale. O cuando no está, como cuando dejó un vacío al ser cedida para una exposición sobre el barroco en Granada. Canina por la A-49, Canina vertebrando el Oriente andaluz. La Canina tiene mala fama, pero es aliada del buen humor, como cuando preguntábamos por ella al inolvidable Daniel Jiménez-Quirós. Siempre nos respondía con en ese estilo que tanto añoramos: “Está mejorcita, está mejorcita...” Qué feliz hubiera sido Dani con el pregón de Juan Miguel Vega, que puso a la Canina en el sitio que se merece, porque con Jiménez-Quirós siempre nos quejábamos de que la Canina, otro año más, había sido ninguneada el Domingo de Pasión, o acaso despachada con alguna alusión vaga. La Canina tuvo su pasaje con Vega. Y se acabó con una desconsideración que sumaba años. Desde 1993, con Javierre, la Canina no tenía el protagonismo merecido.

Cuando hablen de Semana Santa en este tiempo de ruido y excesos, saquen la cuestión de la Canina. Si quiere conocer a alguien de verdad, pregúntenle un asunto capital: dónde fue la última vez que vio la Canina. Ni verso o prosa, ni capa o cola, ni bulla o palco, ni vísperas o comienzo de la Semana Santa el Domingo de Ramos. En la relación con la Canina hay información sensible, de esa que buscan los expertos en recursos humanos para trazar el perfil del candidato a un puesto. El peor, sin duda, es el que ni habla de la Canina. No contrate a nadie que conciba la Semana Santa sin mentarla. O se busca, o se evita. Pero no se ningunea a la Canina. Ella es la única que tiene asegurada el asiento en Semana Santa. Reflexiona en tiempos de prisas, de cabreos por las vallas y de un público crispado en la primera fila que siempre lleva “dos horas esperando a la Virgen”. Ella guarda el silencio necesario en el final de la Semana Santa, antesala para irnos para siempre con la Soledad. Y caminar detrás de la Virgen como un nazareno más de los que cierra el cortejo con un cirio apagao, símbolo del final, símbolo del comienzo.

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