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El gran simulacro de Silicon Valley: Cuando gastar en IA se convierte en estrategia

¿Realmente necesitan las grandes tecnológicas gastar tanto en infraestructuras de inteligencia artificial? Probablemente no

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Amazon, Microsoft, Apple, Google, Meta, Tesla.

Los resultados del cuarto trimestre de 2025 de las grandes tecnológicas cuentan una interesante historia sobre cómo funciona realmente el capitalismo contemporáneo.

No es la historia que sus directivos quieren contar -revolución, transformación e inteligencia artificial salvando al mundo-, sino una mucho más prosaica sobre empresas extraordinariamente rentables que han descubierto que la única forma de seguir creciendo es gastar cantidades obscenas de dinero en tecnologías cuya utilidad comercial aún está por demostrar.

Es decir, la era donde la visión se mide en miles de millones invertidos, no en productos que la gente quiere comprar.

Podríamos llamarlo el gran simulacro de Silicon Valley. O, si tenemos en cuenta de dónde siguen obteniendo estos gigantes la mayoría de sus beneficios, también podemos recurrir a los clásicos y tirar de la máxima gatopardista: que todo cambie para que todo siga igual.

La carrera armamentística que nadie puede abandonar

Si sumamos las cifras, Amazon anuncia 200.000 millones de dólares de inversión para 2026; Alphabet prevé entre 175.000 y 185.000 millones; Microsoft ha quemado 65.000 millones en los últimos seis meses; Meta proyecta gastar hasta 135.000 millones.

Son más de 600.000 millones de dólares concentrados en construir infraestructura para la inteligencia artificial. (Aún faltan por conocer los números de Nvidia, que los dará a conocer a finales de febrero).

Para contextualizar: es aproximadamente el PIB de Suiza. O el equivalente a lo que costó el programa Apollo que puso al hombre en la Luna, ajustado por inflación, multiplicado por diez.

Todo destinado a centros de datos, chips especializados, sistemas de refrigeración y capacidad de computación para entrenar modelos de IA cada vez más grandes.

La pregunta obvia es: ¿por qué? ¿Realmente necesitan gastar tanto? Probablemente no, pero están atrapadas en una huida hacia adelante colectiva, una carrera armamentística tecnológica donde el que pare primero admite la derrota.

Lo curioso es que han transformado esa carrera en un relato sobre el futuro de la humanidad. No es "estamos gastando cientos de miles de millones porque no sabemos qué más hacer con tanto dinero", sino "estamos liderando la revolución de la inteligencia artificial que transformará el mundo". Suena mejor en las presentaciones a inversores.

Dos modelos, la misma incertidumbre

Las seis grandes se dividen claramente en dos grupos. Por un lado, Amazon y Apple, que han adoptado una especie de pragmatismo calculado; por otro, Alphabet, Microsoft y Meta, envueltas en algo que solo puede describirse como inversión especulativa a escala planetaria. Tesla juega en su propia liga de radicalismo estratégico.

Amazon

Es quizás la única que presenta un plan que se entiende a la primera. Sus 200.000 millones van a infraestructura que ya sabe monetizar porque lleva años haciéndolo. AWS creció un 24% en el último trimestre vendiendo exactamente lo que todas las demás necesitan: servidores para entrenar modelos.

Han desarrollado chips propios (Trainium y Graviton) que facturan más de 10.000 millones anuales, reduciendo dependencia de Nvidia y su asistente Rufus ha generado 12.000 millones en ventas incrementales haciendo exactamente lo que se supone que debe hacer: que la gente compre más cosas.

No es glamouroso ni va a generar charlas TED inspiradoras, pero funciona. Amazon ha entendido algo fundamental: en la fiebre del oro de la IA, los que se hacen ricos no son necesariamente los que buscan pepitas, sino los que venden picos y palas.

Apple

Por su parte, Apple ha decidido que no necesita entrar en la competición de quién gasta más. Su inversión en I+D creció un 31,7% hasta casi 11.000 millones trimestrales, cifras modestas comparadas con sus competidores. Su apuesta: integrar IA directamente en los dispositivos, no construir imperios de centros de datos.

El resultado son 85.000 millones de dólares en ventas de iPhone en un trimestre, un crecimiento del 23,3%. Los consumidores están renovando teléfonos atraídos por funciones de IA que, aunque no sean tan impresionantes como ChatGPT, están perfectamente integradas en su experiencia diaria.

Es la estrategia clásica de Apple: no ser los primeros, pero sí los que mejor lo hacen y de forma más rentable. Mientras otros construyen catedrales de la IA, Apple vende iPhones más caros con Siri mejorada. Menos épico, más rentable.

La huida hacia adelante como filosofía corporativa

En el otro extremo del espectro están los que han convertido gastar dinero en su estrategia principal.

Alphabet

Es el caso más ilustrativo. La compañía anuncia que duplica su inversión anual hasta 185.000 millones mientras su margen operativo se mantiene plano en el 32%. Es decir, están gastando muchísimo más dinero, pero ese gasto no se traduce en márgenes mejores.

Durante la presentación de resultados, Sundar Pichai repitió la palabra "IA" como un mantra. Gemini 3, usuarios activos mensuales, tokens procesados por minuto.

El mensaje: están liderando la revolución, aunque los números cuentan otra historia: el 75% de sus ingresos siguen viniendo de mostrar anuncios cuando la gente busca cosas en Google. Exactamente igual que hace dos décadas, solo que ahora con inteligencia artificial para hacer las búsquedas "más relevantes".

Alphabet presume de 750 millones de usuarios activos de Gemini y más de 10.000 millones de tokens procesados por minuto. Cifras impresionantes, sí, pero ¿cuánto dinero generan realmente? La compañía no lo especifica: métricas espectaculares de uso, opacidad total sobre monetización.

Microsoft

El gigante de Redmond ejecuta una maniobra aún más arriesgada: transformarse de vendedor de software (márgenes altísimos, inversión baja) a operador de infraestructura física masiva (márgenes menores, inversión estratosférica).

Han gastado 37.500 millones en solo tres meses en centros de datos, un 66% más que el año anterior. Afirman haber construido "un negocio de IA más grande que algunas de sus mayores franquicias", pero no especifican cuánto factura. Azure creció un 39%, "impulsado significativamente por la IA". ¿Cuánto es "significativamente"? Misterio.

Lo que sí sabemos es que su margen bruto en la nube ha bajado del 70% al 67%. Hacer funcionar la IA es más caro que el software tradicional. Cada consulta a un modelo de lenguaje consume mucha más energía y requiere chips mucho más caros que enviar un correo por Outlook. Están sacrificando rentabilidad presente apostando a que la demanda futura justificará la inversión.

Meta y el arte de quemar dinero con estilo

Si alguien ha perfeccionado el arte de gastar en proyectos que no generan ingresos, es Meta.

Reality Labs, su división de metaverso y realidad virtual, perdió 17.700 millones de dólares en 2025. Ingresó 2.800 millones y gastó seis veces esa cantidad manteniendo vivo el sueño. La compañía promete que las pérdidas continuarán "a niveles similares" en 2026, un eufemismo para decir que el grifo seguirá abierto indefinidamente.

Mark Zuckerberg ya no habla de redes sociales. Ahora predica sobre "superinteligencia personal". Pero esta revolución se financia enteramente vendiendo exactamente lo mismo que vendía hace una década: espacios publicitarios en Facebook e Instagram. Meta facturó 201.000 millones en 2025, de los cuales 196.000 millones provinieron de publicidad. El 97% de sus ingresos es el negocio tradicional.

La compañía puede permitirse quemar miles de millones porque su negocio publicitario es una máquina de generar beneficios con márgenes del 48%. Pero esos márgenes se comprimieron al 41% en el último trimestre por sus inversiones en IA y metaverso. Meta está ganando menos por cada dólar que factura porque está gastando agresivamente en construir su futuro.

Lo fascinante es la coherencia narrativa. Zuckerberg ha conseguido convencer a Wall Street de que una empresa de publicidad que pierde miles de millones en experimentos de realidad virtual es en realidad una compañía de infraestructura de inteligencia artificial. Marketing corporativo elevado a arte conceptual.

Tesla o cómo desmantelar un negocio antes de construir el siguiente

Si Meta representa la ambición desmedida financiada por un negocio sólido, Tesla representa algo diferente: la destrucción creativa llevada al extremo. Elon Musk ha decidido matar a sus hijos predilectos: el Model S y el Model X desaparecerán en los próximos meses porque la planta de Fremont dejará de fabricar coches para producir robots humanoides.

Los números de Tesla son un caso de estudio sobre cómo ejecutar una transición corporativa sin red de seguridad. La compañía entregó un 9% menos de vehículos en 2025, el primer descenso en su historia moderna. Sus beneficios netos cayeron un 46%. Los márgenes operativos se desplomaron del 7,2% al 4,6%. Pero cerró el año con 44.000 millones en efectivo y su negocio de almacenamiento energético creció un 49%.

Tesla está apostando a que el futuro no está en vender coches eléctricos, sino en robotaxis autónomos y robots humanoides.

Los robotaxis acumularon apenas 700.000 millas de servicio pagado en 2025, una cifra modesta. El robot Optimus aspira a producir un millón de unidades anuales de un producto del que aún no se conoce cliente, caso de uso comercial validado ni precio de venta.

Es la apuesta más radical del sector. No es mejorar el negocio existente con IA. Es desmantelarlo activamente para construir algo completamente diferente. Puede que Musk sea un genio adelantado a su tiempo. O puede que esté destruyendo un negocio rentable persiguiendo una visión que nunca se materializará del todo. La respuesta se conocerá en unos años.

El negocio real vs. el relato corporativo

Aquí está la clave de esta era: las empresas más ricas de la historia están invirtiendo cantidades sin precedentes en tecnologías futuras mientras sus beneficios reales provienen de negocios establecidos hace décadas.

Google invierte 185.000 millones para mejorar un negocio de búsqueda que ya genera márgenes del 42%. Meta quema miles de millones en metaverso mientras su dinero real viene de anuncios en Instagram. Microsoft gasta decenas de miles de millones en infraestructura de IA mientras Office y Azure siguen siendo sus vacas lecheras. Amazon sacrifica liquidez (su flujo de caja libre se desplomó de 38.200 millones a 11.200 millones) construyendo más centros de datos.

El único que ha conseguido que la IA genere ingresos inmediatos es Apple, pero no mediante servicios revolucionarios sino vendiendo más teléfonos caros con funciones útiles integradas. Es la estrategia menos glamourosa pero más efectiva.

Lo que vemos es una industria que se ha convencido a sí misma de que la única forma de mantenerse relevante es gastar cantidades cada vez más obscenas en la próxima gran cosa. Y como todos lo hacen, nadie puede permitirse detenerse.

Las señales que nadie quiere ver

Hay datos que deberían generar más inquietud de la que generan. Microsoft presume de contratos firmados por 625.000 millones que aún no ha facturado, el doble que el año pasado. Significa que grandes corporaciones están comprometiendo presupuestos multimillonarios para servicios que muchas veces aún están definiéndose. Es validación de mercado, pero también una presión enorme: si las empresas no encuentran el valor prometido, esos contratos podrían no renovarse.

Los márgenes cuentan una historia incómoda. Amazon mantiene márgenes del 35,4% en AWS pero apenas del 6,9% en e-commerce. Meta opera con márgenes del 48% en publicidad pero los comprime al 41% por sus inversiones. Microsoft ve bajar su margen en la nube del 70% al 67%. La IA no está mejorando la rentabilidad; la está erosionando.

Y luego está la cuestión energética. Construir y operar esta infraestructura de IA tiene un coste energético monumental. Los centros de datos de estas compañías consumirán más electricidad que países enteros. Prometen un futuro más eficiente mientras construyen la infraestructura más intensiva en energía de la historia. Esa contradicción tendrá consecuencias, ya sean regulatorias, económicas o reputacionales.

Y no, los centros de datos que quiere poner Elon Musk en el espacio no son ni de lejos la solución.

¿Y si tienen razón?

Por supuesto, existe la posibilidad de que estas empresas estén en lo cierto. Que la IA realmente transforme la productividad de forma tan profunda que estos 600.000 millones parezcan, en retrospectiva, una inversión modesta. Que dentro de cinco años sea imposible imaginar empresas operando sin asistentes de IA integrados en cada proceso.

Amazon tiene una tesis coherente sobre vender infraestructura. Apple ha demostrado que la IA puede impulsar ventas de hardware inmediatas. Los 625.000 millones en contratos de Microsoft sugieren que muchas empresas apuestan por ese futuro. Y quizás Zuckerberg tenga razón sobre la superinteligencia personal.

Pero también es posible que estemos ante una de esas burbujas de inversión que periódicamente sacuden la tecnología. Donde la presión por no quedarse atrás lleva a las empresas a gastar masivamente en tecnologías cuyo valor real aún está por demostrar. Donde todos construyen capacidad al mismo tiempo, creando exceso de oferta y destruyendo márgenes.

La diferencia entre un visionario y un temerario solo se conoce en retrospectiva. Y Silicon Valley está lleno de ejemplos de ambos.

El simulacro continúa

Los resultados del cuarto trimestre de 2025 revelan una industria en plena transformación, aunque no necesariamente la transformación que sus líderes describen.

Lo han envuelto en una narrativa grandilocuente sobre el futuro de la humanidad, pero la realidad es más simple: Google sigue ganando dinero con búsquedas, Meta con anuncios en redes sociales, Amazon alquilando servidores, Microsoft vendiendo software empresarial, Apple con iPhones premium.

La inteligencia artificial es real, funciona, y tendrá impacto. Pero la distancia entre esa realidad y el relato corporativo que las Big Tech han construido es considerable. Están gastando como si el futuro llegara mañana mientras sus beneficios siguen anclados en el presente.

Quizás lo impactante no sea la tecnología en sí, sino la capacidad de estas empresas para convencer al mundo -y quizás a sí mismas- de que gastar 600.000 millones de dólares en infraestructura para una revolución que aún no ha llegado es la única estrategia.

Mientras tanto, seguirán haciendo exactamente lo que mejor se les da: mostrar anuncios, vender dispositivos, alquilar servidores. Solo que ahora con centros de datos carísimos de fondo y un relato mucho más épico sobre qué están construyendo realmente.

El gran simulacro de Silicon Valley continúa. Y, por ahora, todos siguen jugando.

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